viernes, 3 de abril de 2015

Gordos Anónimos

En las reuniones de Gordos Anónimos no hay silencios; cuando alguien termina de contar algo, el grupo responde a coro como en una tragedia griega, como en una secta satánica, y a veces hasta pienso que aparecerá Bette Davis, y querrá convertirme, como a todos los habitantes del pueblo, y yo trataré de escapar, correré entre las plantaciones de maíz, inútilmente, porque susojos me estarán esperando por donde sea que salga.
Son patéticos, los odio, a veces les tengo miedo.
Otro toma la palabra, sin intervalos. Si llora, lo consuela. Si no llora, le preguntan.
Nunca se produce un vacío.
Todos consolamos a Ada, pobre Ada, seis meses haciendo dieta para ir a esa fiesta, seis meses de arduo camino para llegar a esa silla y derrumbarse ante la risa de la gente.
—¿Alguien quiere sugerirle a Ada una estrategia para esta próxima semana? —pregunta Susana.
Bien, Susana, esta chica ha hecho los deberes, ha leído el capítulo exacto del manual.
Todos apoyamos, todos sugerimos como una gran voz.
Exigido a fondo el mecanismo funciona, el manual rinde lo suyo, y por eso estamos acá. A medida que pasa el rato yo también sugiero, consuelo, pregunto y aconsejo. Un hombre con cintura desbordante dice haber bajado dos kilos, lo felicitamos, lo aplaudimos; Adriana cuenta que no pudo resistirse a una mousse de chocolate con nueces, la entendemos, la confortamos, la animamos hacer más fuerte. En algún momento dejo de ser yo y empiezo a ser ellos; me sorprende, cada vez me sorprende escuchar mi voz en el coro, sentir mis palmas cumpliendo su rol en los aplausos, intervenir en el ritual que antes y después critico. ¿Cómo lo logran, cuándo y por qué abandonó la reticencias, qué hacen para reclutarme? Soy una mujer manipulable, pienso, un día vendrá ese personaje de Bette Davis y yo seré de los suyos sin oponer resistencia, me uniré a la cofradía del pueblo que rinde culto al dios de las cosechas y sacrifica forasteros, integraré el aquelarre sin dudas ni cuestionamientos, sólo para sentirme cobijada por algo que me proteja.

(Mercedes Rosende, Mujer equivocada, Buenos Aires, Punto de Encuentro, 2014, pág 20)


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