… ella se levantó de la mesa, fue hasta el equipo de música, se agachó y se
puso a curiosear entre mis escasos cedés. Sigue sin gustarte la música,
Gafitas, dijo entonces. Algo parecido dice mi hija, respondí. Pero no es
verdad. Lo que pasa es que la escucho poco. ¿Y eso?, preguntó Tere. Iba a decir
que no tenía tiempo de escucharla, pero me callé. Mirando las carátulas de los
cedés, Tere añadió, entre divertida y decepcionada: Y encima no conozco a
nadie. Me levanté de la mesa, me agaché junto a Tere, cogí un cedé de Chet
Baker y puse una canción que se titula “I fall in love too easily”. Cuando la
música empezó a sonar, Tere se incorporó y dijo: Suena vieja, pero bonita.
Luego se puso a bailar sola, con la copa de vino en la mano y los ojos
cerrados, como buscando el ritmo oculto de la canción; cuando pareció que lo
encontraba dejó la copa sobre el equipo de música, se acercó a mí, me echó los
brazos al cuello y dijo: No se puede vivir sin música, Gafitas.
jueves, 23 de mayo de 2013
miércoles, 22 de mayo de 2013
La frontera azul
—Era una especie de versión oriental de Robin Hood. Me acuerdo muy bien de
la carátula: con una melodía de fondo que aún podría tararear, las imágenes
mostraban un ejército informal de hombres a pie y a caballo cargados con armas
y estandartes, mientras la voz en off del narrador recitaba un par de frases
siempre idénticas: “Los antiguos sabios decían que no hay que despreciar a la
serpiente por no tener cuernos; quizás algún día reencarne en dragón. Del mismo
modo, un hombre solo puede convertirse en ejército”. El argumento general era
simple. Estaba ambientada en la Edad Media, cuando gobernaba China no sé qué
dinastía y el imperio había caído en manos de Kao Chiu, el favorito del
emperador, un hombre corrupto y cruel que había convertido una tierra próspera
en un desierto sin futuro. Contra la opresión solo se levantaba un grupo de
hombres rectos capitaneado por el antiguo guardia imperial Lin Chung; entre
ellos había una mujer: Hu San-Niang, el lugarteniente más fiel de Lin Chung.
Los integrantes de ese grupo estaban condenados por la justicia del opresor a
una vida de forajidos en las riberas del Liang Shan Po, un río cercano a la
capital que también era la frontera azul del título, una frontera real pero
sobre todo una frontera simbólica: la frontera entre el bien y el mal, entre la
justicia y la injusticia. Por lo demás, todos los episodios de la seri seguían
un esquema parecido: a causa de las vejaciones infligidas por Kao Chiu, uno o
varios ciudadanos honrados se veían obligados a cruzar al otro lado del Liang
Shan Po para unirse a los bandoleros honrados de Lin Chung y Hu San-Niang. Esa
era la hisotia que se repetía sin demasiadas variaciones en cada capítulo.
—Y usted de algún modo empezó a identificarse con ella.
—Quite el de algún modo: ¿para qué sirven las historias si no es para
identificarse ellas? Y sobre todo: ¿para qué le sirven a un adolescente?
martes, 21 de mayo de 2013
Ósmosis
—Además de un abogado de éxito es usted un abogado curioso.
—¿Qué quiere decir?
—Que antes de ser abogado fue delincuente, lo que significa que conoce de
primera mano los dos lados de la ley. Eso no es tan común.
—No lo sé. Lo que sí sé es que un abogado y un delincuente no están en los
dos lados de la ley, porque un abogado no es un representante de la ley sino un
intermediario entre la ley y el delincuente. Esto nos convierte en tipos
equívocos, de moral dudosa: nos pasamos la vida tratando con ladrones, asesinos
y psicópatas y, como los seres humanos funcionamos por ósmosis, lo normal es
que acabemos contaminados por la moral de ladrones, asesinos y psicópatas.
lunes, 20 de mayo de 2013
Justicia
—¿Sabe? Yo creo que para ser un buen abogado hay que ser un poco cínico,
porque el abogado tiene la obligación de defender a ladrones y asesinos, y
encima, como es natural, se alegra si los ladrones y asesinos que defiende no
son condenados. En esa injusticia se basa la justicia: hasta el peor de los
hombres tiene derecho a que alguien lo defienda; de lo contrario no hay
justicia. Esto puede parecerle desagradable, y lo es, pero la verdad casi nunca
es agradable.
sábado, 18 de mayo de 2013
Fronterizos
Las leyes de la
frontera, Javier Cercas
En los primeros años
del postfranquismo, un chico de clase media que vive en la ciudad de Girona, Ignacio
Cañas, no sabe que su vida está por torcer el rumbo para siempre. Él es un charnego,
hijo de inmigrantes españoles llegados a Cataluña, que reparte sus días entre
la escuela y los “recreativos” (como si fueran los fichines nuestros). Un día
conoce a una banda de pibes que vagabundean por la ciudad, fumando porros y
tomado cerveza. La lidera un tal Zarco, y a su lado brilla con luz propia la
que parece su novia, Tere. Son quinquis de las afueras. Ignacio, a quien han
apodado “Gafitas”, casi sin darse cuenta pero atraído por una Tere inalcanzable,
cruza la frontera y empieza a frecuentarlos.
La banda, aburrida de
perder el tiempo entre billares y alcohol, comienza a dar pequeños golpes para
hacerse con algo de plata y seguir de juerga. Luego vienen golpes más grandes,
hasta que un día el asalto a una mansión termina mal. Alguien sopló el dato y
la policía los espera. El Zarco —a esas alturas un mito de la delincuencia
juvenil conocido en toda España— cae preso. Tere y otros también, pero el Gafitas
no. El Gafitas logra escapar.
Treinta años más
tarde, un escritor recibe el encargo de producir un libro acerca del mito del
Zarco. Para eso contacta a Ignacio Cañas, por entonces un prestigioso abogado
de Girona, con su familia bien constituida. También contacta al inspector
Cuenca, un policía que persiguió a la banda por aquellos años, y al director de
la prisión de Girona. Pero es el testimonio de Cañas el que hila toda la trama
de esta muy interesante novela. Porque él es el paralelo de la vida de el
Zarco: su cómplice primero, su abogado después, su competidor siempre.
Estructurada como un
diálogo de largos monólogos, por decirlo de alguna manera, la narración transcribe
las entrevistas entre el escritor y estos tres personajes. El escritor los hace
hablar, preguntándoles lo mínimo indispensable para que ellos mismos muevan la
narración, recordando los hechos de aquellos años. Esta característica de “entrevista”
que evoca sucesos del pasado invita a los entrevistados a la reflexión, a la
introspección. Y uno de los tantos méritos de Cercas es que, a pesar de ese
tono por momentos reflexivo, el ritmo de la historia nunca decae. Mantuvo perfectamente
mi interés. Es una estructura interesante la que elige el autor, pero que exige
al máximo su solvencia técnica para darle fluidez a un relato que cambia todo
el tiempo de discurso directo a indirecto y viceversa. Muy buen ejemplo para
estudiar en este aspecto.
Hay que decir que Las leyes de la frontera no es una
novela negra tradicional. Tiene un costado negro en la historia del mítico delincuente
juvenil, ese a quien el propio sistema gusta de etiquetar como “el rebelde
anti-sistema”, sin molestarse en ir más allá del rédito mediático que pueda
sacarle. Delincuentes que existieron en la España de la transición, y existen hoy
en todas las sociedades. También puede leerse como un relato histórico de
aquellos primeros años de democracia incipiente en España, lo que naturalmente interesará
más a los lectores españoles. Pero este libro es, por sobre todo, una historia
dramática del amor enfermizo — de esos amores que marcan para toda la vida— entre
tres: el Zarco, Tere y el Gafitas. Es una historia sobre los orígenes, el
destino y las fronteras —geográficas, sociales, morales— que se cruzan, y de
las que no siempre se vuelve.
Y en ese sentido
tiene, como todas las buenas novelas, un valor universal.
4/13
martes, 7 de mayo de 2013
Marselleses
Eran de Marsella. Marselleses antes que árabes. Con la misma convicción que
nuestros padres. Como lo éramos Ugo, Manu y yo a los quince años. Un día, Ugo
preguntó: “En mi casa, en casa de Fabio, se habla napolitano. En tu casa,
habláis español. En clase aprendemos francés. Pero, al final, ¿qué somos?”
—Pues moros, está claro —respondió Manu.
Casi nos morimos de risa. Y ahí estaban ellos ahora. Reviviendo nuestra
miseria. En las casas de nuestros padres. Tomándose esto como un paraíso en
mano y rezando para que durase. Mi padre me dijo una vez: “No te olvides:
cuando llegué aquí, a primera hora de la mañana, no sabíamos si comeríamos al
mediodía o no, pero al final comíamos”. Ésa era la historia de Marsella. Su
eternidad. Una utopía. La única utopía del mundo. Un lugar en el que cualquier
persona, de cualquier color, podía bajar de un barco, o de un tren, con la
maleta en la mano, sin un duro en el bolsillo y fundirse en la marea de los
demás. Una ciudad en la que, nada más poner el pie en el suelo, ese hombre
podía decir: “Aquí es. Estoy en mi casa”.
Marsella pertenece a quienes viven en ella.
lunes, 6 de mayo de 2013
La amistad no soporta deudas
Me gustaba mucho esta travesía. Contemplando el paso entre los dos fuertes,
Saint-Nicolas y Saint-Jean, que custodian la entrada de Marsella y miran hacia
alta mar y no hacia La Cannebière. Adrede. Marsella, puerta de Oriente. Lo
otro. La aventura, el sueño. A los marselleses no les gustan los viajes. Todo
el mundo los cree marineros, aventureros, que su padre o su abuelo han dado la
vuelta al mundo, por lo menos una vez. Como mucho, habían llegado hasta Niolon.
O al Cap Croisette. En las familias burguesas el mar estaba prohibido para los
niños. El puerto propiciaba los negocios, pero el mar estaba sucio. Por ahí es
por donde venía el vicio. Y la peste. Desde que empezaba a hacer bueno, la
gente se iba al campo. A Aix y sus tierras, sus masías y sus bastidas. El mar
se lo dejaban a los pobres.
El puerto fue el terreno de juego de nuestra infancia. Aprendimos a nadar
entre los dos fuertes. Un día había que conseguir hacer la ida y vuelta. Para
ser un hombre, para impresionar a las chicas. La primera vez, tuvieron que
venir Manu y Ugo a rescatarme. Me iba a pique, medio ahogado.
—¿Has pasado miedo?
—No. Me he quedado sin respiración.
Respiración tenía. Pero había pasado miedo.
Manu y Ugo ya no estaban ahí para venir a socorrerme. Se habían ahogado y
yo no había podido acudir en su ayuda. Ugo no había intentado verme. Lole había
huido. Estaba solo, y me iba a hundir en la mierda. Sólo para estar en paz con
ellos. Con nuestra juventud desbaratada. La amistad no soporta las deudas. Al
final de la travesía quedaría sólo yo. Si conseguía llegar. Todavía me hacía
algunas ilusiones sobre el mundo. Perduraban en mí viejos sueños tenaces. No
estoy seguro de saber vivir ahora.
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