jueves, 23 de mayo de 2013

Vivir sin música


… ella se levantó de la mesa, fue hasta el equipo de música, se agachó y se puso a curiosear entre mis escasos cedés. Sigue sin gustarte la música, Gafitas, dijo entonces. Algo parecido dice mi hija, respondí. Pero no es verdad. Lo que pasa es que la escucho poco. ¿Y eso?, preguntó Tere. Iba a decir que no tenía tiempo de escucharla, pero me callé. Mirando las carátulas de los cedés, Tere añadió, entre divertida y decepcionada: Y encima no conozco a nadie. Me levanté de la mesa, me agaché junto a Tere, cogí un cedé de Chet Baker y puse una canción que se titula “I fall in love too easily”. Cuando la música empezó a sonar, Tere se incorporó y dijo: Suena vieja, pero bonita. Luego se puso a bailar sola, con la copa de vino en la mano y los ojos cerrados, como buscando el ritmo oculto de la canción; cuando pareció que lo encontraba dejó la copa sobre el equipo de música, se acercó a mí, me echó los brazos al cuello y dijo: No se puede vivir sin música, Gafitas.

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 224)



miércoles, 22 de mayo de 2013

La frontera azul


—Era una especie de versión oriental de Robin Hood. Me acuerdo muy bien de la carátula: con una melodía de fondo que aún podría tararear, las imágenes mostraban un ejército informal de hombres a pie y a caballo cargados con armas y estandartes, mientras la voz en off del narrador recitaba un par de frases siempre idénticas: “Los antiguos sabios decían que no hay que despreciar a la serpiente por no tener cuernos; quizás algún día reencarne en dragón. Del mismo modo, un hombre solo puede convertirse en ejército”. El argumento general era simple. Estaba ambientada en la Edad Media, cuando gobernaba China no sé qué dinastía y el imperio había caído en manos de Kao Chiu, el favorito del emperador, un hombre corrupto y cruel que había convertido una tierra próspera en un desierto sin futuro. Contra la opresión solo se levantaba un grupo de hombres rectos capitaneado por el antiguo guardia imperial Lin Chung; entre ellos había una mujer: Hu San-Niang, el lugarteniente más fiel de Lin Chung. Los integrantes de ese grupo estaban condenados por la justicia del opresor a una vida de forajidos en las riberas del Liang Shan Po, un río cercano a la capital que también era la frontera azul del título, una frontera real pero sobre todo una frontera simbólica: la frontera entre el bien y el mal, entre la justicia y la injusticia. Por lo demás, todos los episodios de la seri seguían un esquema parecido: a causa de las vejaciones infligidas por Kao Chiu, uno o varios ciudadanos honrados se veían obligados a cruzar al otro lado del Liang Shan Po para unirse a los bandoleros honrados de Lin Chung y Hu San-Niang. Esa era la hisotia que se repetía sin demasiadas variaciones en cada capítulo.
—Y usted de algún modo empezó a identificarse con ella.
—Quite el de algún modo: ¿para qué sirven las historias si no es para identificarse ellas? Y sobre todo: ¿para qué le sirven a un adolescente?

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 76)


martes, 21 de mayo de 2013

Ósmosis


—Además de un abogado de éxito es usted un abogado curioso.
—¿Qué quiere decir?
—Que antes de ser abogado fue delincuente, lo que significa que conoce de primera mano los dos lados de la ley. Eso no es tan común.
—No lo sé. Lo que sí sé es que un abogado y un delincuente no están en los dos lados de la ley, porque un abogado no es un representante de la ley sino un intermediario entre la ley y el delincuente. Esto nos convierte en tipos equívocos, de moral dudosa: nos pasamos la vida tratando con ladrones, asesinos y psicópatas y, como los seres humanos funcionamos por ósmosis, lo normal es que acabemos contaminados por la moral de ladrones, asesinos y psicópatas.

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 190)

lunes, 20 de mayo de 2013

Justicia


—¿Sabe? Yo creo que para ser un buen abogado hay que ser un poco cínico, porque el abogado tiene la obligación de defender a ladrones y asesinos, y encima, como es natural, se alegra si los ladrones y asesinos que defiende no son condenados. En esa injusticia se basa la justicia: hasta el peor de los hombres tiene derecho a que alguien lo defienda; de lo contrario no hay justicia. Esto puede parecerle desagradable, y lo es, pero la verdad casi nunca es agradable.

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 240)

sábado, 18 de mayo de 2013

Fronterizos


Las leyes de la frontera, Javier Cercas

En los primeros años del postfranquismo, un chico de clase media que vive en la ciudad de Girona, Ignacio Cañas, no sabe que su vida está por torcer el rumbo para siempre. Él es un charnego, hijo de inmigrantes españoles llegados a Cataluña, que reparte sus días entre la escuela y los “recreativos” (como si fueran los fichines nuestros). Un día conoce a una banda de pibes que vagabundean por la ciudad, fumando porros y tomado cerveza. La lidera un tal Zarco, y a su lado brilla con luz propia la que parece su novia, Tere. Son quinquis de las afueras. Ignacio, a quien han apodado “Gafitas”, casi sin darse cuenta pero atraído por una Tere inalcanzable, cruza la frontera y empieza a frecuentarlos.

La banda, aburrida de perder el tiempo entre billares y alcohol, comienza a dar pequeños golpes para hacerse con algo de plata y seguir de juerga. Luego vienen golpes más grandes, hasta que un día el asalto a una mansión termina mal. Alguien sopló el dato y la policía los espera. El Zarco —a esas alturas un mito de la delincuencia juvenil conocido en toda España— cae preso. Tere y otros también, pero el Gafitas no. El Gafitas logra escapar.

Treinta años más tarde, un escritor recibe el encargo de producir un libro acerca del mito del Zarco. Para eso contacta a Ignacio Cañas, por entonces un prestigioso abogado de Girona, con su familia bien constituida. También contacta al inspector Cuenca, un policía que persiguió a la banda por aquellos años, y al director de la prisión de Girona. Pero es el testimonio de Cañas el que hila toda la trama de esta muy interesante novela. Porque él es el paralelo de la vida de el Zarco: su cómplice primero, su abogado después, su competidor siempre.

Estructurada como un diálogo de largos monólogos, por decirlo de alguna manera, la narración transcribe las entrevistas entre el escritor y estos tres personajes. El escritor los hace hablar, preguntándoles lo mínimo indispensable para que ellos mismos muevan la narración, recordando los hechos de aquellos años. Esta característica de “entrevista” que evoca sucesos del pasado invita a los entrevistados a la reflexión, a la introspección. Y uno de los tantos méritos de Cercas es que, a pesar de ese tono por momentos reflexivo, el ritmo de la historia nunca decae. Mantuvo perfectamente mi interés. Es una estructura interesante la que elige el autor, pero que exige al máximo su solvencia técnica para darle fluidez a un relato que cambia todo el tiempo de discurso directo a indirecto y viceversa. Muy buen ejemplo para estudiar en este aspecto.

Hay que decir que Las leyes de la frontera no es una novela negra tradicional. Tiene un costado negro en la historia del mítico delincuente juvenil, ese a quien el propio sistema gusta de etiquetar como “el rebelde anti-sistema”, sin molestarse en ir más allá del rédito mediático que pueda sacarle. Delincuentes que existieron en la España de la transición, y existen hoy en todas las sociedades. También puede leerse como un relato histórico de aquellos primeros años de democracia incipiente en España, lo que naturalmente interesará más a los lectores españoles. Pero este libro es, por sobre todo, una historia dramática del amor enfermizo — de esos amores que marcan para toda la vida— entre tres: el Zarco, Tere y el Gafitas. Es una historia sobre los orígenes, el destino y las fronteras —geográficas, sociales, morales— que se cruzan, y de las que no siempre se vuelve.

Y en ese sentido tiene, como todas las buenas novelas, un valor universal.
4/13

martes, 7 de mayo de 2013

Marselleses


Eran de Marsella. Marselleses antes que árabes. Con la misma convicción que nuestros padres. Como lo éramos Ugo, Manu y yo a los quince años. Un día, Ugo preguntó: “En mi casa, en casa de Fabio, se habla napolitano. En tu casa, habláis español. En clase aprendemos francés. Pero, al final, ¿qué somos?”
­—Pues moros, está claro —respondió Manu.
Casi nos morimos de risa. Y ahí estaban ellos ahora. Reviviendo nuestra miseria. En las casas de nuestros padres. Tomándose esto como un paraíso en mano y rezando para que durase. Mi padre me dijo una vez: “No te olvides: cuando llegué aquí, a primera hora de la mañana, no sabíamos si comeríamos al mediodía o no, pero al final comíamos”. Ésa era la historia de Marsella. Su eternidad. Una utopía. La única utopía del mundo. Un lugar en el que cualquier persona, de cualquier color, podía bajar de un barco, o de un tren, con la maleta en la mano, sin un duro en el bolsillo y fundirse en la marea de los demás. Una ciudad en la que, nada más poner el pie en el suelo, ese hombre podía decir: “Aquí es. Estoy en mi casa”.
Marsella pertenece a quienes viven en ella.

(Jean-Claude Izzo, Total Khéops, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 206)

lunes, 6 de mayo de 2013

La amistad no soporta deudas


Me gustaba mucho esta travesía. Contemplando el paso entre los dos fuertes, Saint-Nicolas y Saint-Jean, que custodian la entrada de Marsella y miran hacia alta mar y no hacia La Cannebière. Adrede. Marsella, puerta de Oriente. Lo otro. La aventura, el sueño. A los marselleses no les gustan los viajes. Todo el mundo los cree marineros, aventureros, que su padre o su abuelo han dado la vuelta al mundo, por lo menos una vez. Como mucho, habían llegado hasta Niolon. O al Cap Croisette. En las familias burguesas el mar estaba prohibido para los niños. El puerto propiciaba los negocios, pero el mar estaba sucio. Por ahí es por donde venía el vicio. Y la peste. Desde que empezaba a hacer bueno, la gente se iba al campo. A Aix y sus tierras, sus masías y sus bastidas. El mar se lo dejaban a los pobres.
El puerto fue el terreno de juego de nuestra infancia. Aprendimos a nadar entre los dos fuertes. Un día había que conseguir hacer la ida y vuelta. Para ser un hombre, para impresionar a las chicas. La primera vez, tuvieron que venir Manu y Ugo a rescatarme. Me iba a pique, medio ahogado.
—¿Has pasado miedo?
—No. Me he quedado sin respiración.
Respiración tenía. Pero había pasado miedo.
Manu y Ugo ya no estaban ahí para venir a socorrerme. Se habían ahogado y yo no había podido acudir en su ayuda. Ugo no había intentado verme. Lole había huido. Estaba solo, y me iba a hundir en la mierda. Sólo para estar en paz con ellos. Con nuestra juventud desbaratada. La amistad no soporta las deudas. Al final de la travesía quedaría sólo yo. Si conseguía llegar. Todavía me hacía algunas ilusiones sobre el mundo. Perduraban en mí viejos sueños tenaces. No estoy seguro de saber vivir ahora.

(Jean-Claude Izzo, Total Khéops, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 194)