lunes, 9 de mayo de 2011

El Diablo sabe por Diablo, pero Archer sabe por viejo

La bella durmiente, Ross Macdonald

Publicada en 1973, La bella durmiente es la penúltima novela que protagoniza Lew Archer, el mítico personaje creado por Ross Macdonald que, a criterio de muchos, integra una especie de brillante podio detectivesco junto con Philip Marlowe y Sam Spade.

El bueno de Archer se encuentra en un avión desde el que avizora una enorme mancha de petróleo oscureciendo el mar. Cuando baja, se sube a su auto y, tras conducir un rato, en una playa conoce a una chica algo extraña. Ella está tratando de salvar a un ave empetrolada. Archer le ofrece ayuda a la chica, Laurel Russo, quien resulta no ser del todo ajena al desastre ecológico. Luego de un breve contacto Laurel desaparece, llevándose consigo unas pastillas para dormir: considerando sus tendencias suicidas, es como si la chica se hubiera llevado un arma de fuego. Al menos, es lo que su marido, el farmacéutico Tom Russo, le dice a Archer cuando lo contrata para que la encuentre. Lew no tarde en descubrir que Laurel es la heredera de una riquísima familia petrolera: la misma familia a la que pertenece la plataforma que está pintando de negro las costas del sur de California.

Hasta acá, el gran Ross ya ha puesto sobre la mesa todos los elementos de su historia. Porque, como muchos autores, Macdonald —en especial en sus últimas novelas— también escribe siempre más o menos sobre los mismos asuntos: las familias, las espinosas relaciones entre los hombres y las mujeres, entre padres, hijos y hermanos. En La bella durmiente se trata de los Lennox. William, viejo patriarca ya retirado, divorciado de Sylvia, fue el fundador del imperio. Su hijo Jack, casado con Marian, y padre de Laurel, conduce la compañía petrolera junto con su cuñado y antiguo camarada de armas, el Capitán Somerville, esposo de Elizabeth Lennox. Todos ellos, en mayor o menor medida, esperando quedarse con alguna herencia más o menos importante en algún momento, y a quienes la desaparición de Laurel ha golpeado de modos diversos.

A estas alturas de su vida, el rol de Archer —quien, más viejo pero más sabio, hace rato que dejó las trompadas— prácticamente se reduce a introducirse en una historia familiar para encontrar muy en el fondo, a menudo una o dos generaciones atrás, el origen del problema por el cual lo han contratado. Desde luego, lo que encuentra no siempre agrada a sus clientes, y muy ocasionalmente “soluciona” algo: las más de las veces todos —personajes y lectores— nos quedamos con esa sensación de que el mundo se ha convertido en un lugar triste, oscuro y difícil. Que los hombres somos criaturas incomprensibles y demasiado eficaces a la hora de causarnos dolor unos a otros.

En su madurez, Ross Macdonald nos vuelve a deslumbrar con la densidad psicológica de los personajes, sus diálogos brillantes y veloces y su compleja pero ajustada trama. Leerlo siempre revela su estatura de clásico, al tiempo que deja a unos cuantos autores de esos que pueblan las mesas de novedades como verdaderos novatos. Prometedores algunos, pero novatos al fin.

Traducción: Aurora C. de Merlo

3/11

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