viernes, 3 de febrero de 2012

Decálogo


No traicionarás.
No dejarás abandonado a tu compañero en un hecho.
No te encamarás con su hermana.
No descuidarás a su familia.
Será biducha el o los rati con los que pierda tu compañero.
Le pondrás el pecho a la plata y no te comerás los mocos.
Se la darás al que tiene la astilla y nunca al que le hace falta.
No harás ruido.
Cuando tengas la astilla sabrás abrocharte.
Y cuando te toque bailar con la más fea, Guns N’ Roses… serás ciego, sordomudo, como canta la Shakira.

Esos son los diez mandamientos del gremio.



(Leonardo Oyola, Chamamé,  Madrid, Salto de página, 2007, pg 105)

miércoles, 1 de febrero de 2012

Para bailar rocanrol


—Quiero que me enseñes a bailar.
Julia me podía. La verdad, me podía.
—Manejás media hora con cualquiera de los brazos. Con la zurda arrancás justo en el minuto treinta y volvés al cero, contrariando las agujas del reloj. Marcás de vuelta media hora y de nuevo al minuto cero —la guié dibujando el semicírculo—. La derecha es la que completa los otros treinta minutos del recorrido. La que va de la media hasta la hora. De esto no te olvides nunca: tus hombros y los de tu pareja, siempre paralelos. Estamos corriendo una picada y ninguno de los dos se saca ventaja, ¿entendés?
  
Rockin' it hard 
(Leonardo Oyola, Chamamé, Madrid, Salto de página, 2007, pg 62)

lunes, 30 de enero de 2012

Un violento sapucai

Chamamé, Leonardo Oyola



Como ya he dicho, este blog obedece exclusivamente a mis caprichos de lector, a la vez que pretende ser un registro más o menos minucioso de todas mis lecturas que se encuadren en el género. Cuando digo todas son todas. Y si de pronto me hago fan de un autor, y se me ocurre leer una serie entera de diez libros del mismo detective… y bueno, habrá que fumarse la tira de comentarios. Es lo que hay.

Hecha la aclaración, ahora sí: ¡otra lectura de una novela de Leo Oyola!

De entradas anteriores creo que ha quedado clara mi admiración por su obra, así que en el párrafo dedicado al autor sólo diré que Chamamé confirma todo lo que pienso de Oyola: tiene una sangre distinta, un motor tuneado que viaja por el carril rápido, lejos de la mayoría de los escritores de su “generación”.

El Perro narra esta historia. Se llama Manuel Ovejero, y a lo largo de la novela, con permanentes flashbacks, nos irá poniendo al corriente de su vida de delincuencia, que hoy por hoy tiene un solo sentido:  vengarse de un viejo socio y actual archienemigo, el Pastor Noé.

Si uno quisiera simplificar mucho, pero muuucho, podría decir que Chamamé es básicamente eso: una historia de venganza, un ajuste de cuentas. Ahora, entre nosotros, yo diría algunas cosas más, a ver si puedo neutralizar mi torpeza y transmitirles algo de todo lo que es Chamamé, además de “una historia de venganza”.

Empezaría por ese maravilloso par de personajes que son el Perro y el Pastor. El Perro, que arranca su historia en un puterío de ruta, allá cerca de la Triple Frontera. Perro sensible y violento, que ha sufrido por amor y que recuerda los frentokis de su viejo. Ladrón endurecido y perdedor, termina dando con sus huesos en una miserable y caliente cárcel de provincia. Más precisamente en el pabellón de los evangelistas, donde supone que podría pasársela un poco mejor. Lo que no sabe es que ahí se cruzará con el Pastor Noé. Loco, embustero, asesino sanguinario, traidor: todos esos calificativos le caben a Noé, pero no alcanzan ni para un borrador de este terrible personaje.

El Perro y Noé: socios que se salvan la vida mutuamente, y luego a fuerza de traición se hacen enemigos a muerte. Enemigos de esos que son motor maldito que impulsa, dueños del sueño y del insomnio. El Perro y Noé: dos caras, misma moneda.

Después de los personajes, seguiría por la música. Permanente FM de los ochenta, de fondo en todas las novelas de Oyola, en Chamamé la música es más que eso: es material narrativo. Lecciones de rocanrol al pie de un jukebox caprichoso, herramienta de levante pueblerino; palabra de Dios que baja en los versos de Turf o la Bersuit. Vista así, Chamamé es también un musical hecho libro.

Y qué decir de los escenarios y la puesta en escena. Pueblos paupérrimos, pisos de tierra, calor y rutas desiertas. Autos poderosos y fantasmales que levantan polvo en persecusiones de cine; armas con nombre propio; peleas coreografiadas y forajidos tarantinianos como los Paraguas Asesinos.

Chamamé es western tumbero y musical negro. Chamamé es road movie litoraleña y pulp. Chamamé es una gran novela que no vas poder largar hasta dar vuelta la última página.


1/12

viernes, 27 de enero de 2012

Minado


—¿Por qué te vas?
¿Qué iba a decirle? ¿Qué estaba domesticado, minado irremediablemente por los años de cobardía, de sueldos miserables, de deudas, de pequeños y grandes renuncios, de horarios estrictos, de mezquindades y humillaciones, de impulsos reprimidos? Que era cierto: uno podía trasponer un día los límtes de ese mundo mezquino y asomarse, como lo hiciera, a una realidad más rica, diferente en todo caso, pero había que tener más coraje que él para quedarse allí definitivamente: en la inseguridad constante, en la más absoluta transitoriedad, en el borde de la locura. Y por último, que aun si resultaba con resto como para lanzarse a vivir a la que saliera, no iba a alcanzarle para acostumbrarse a la muerte, a tenerla cerca, agazapada, acechado, en las propias manos, como se viera un rato antes. No se aprende de un día para otro a apretar el cuello a un tipo como si no existieran sus gemidos roncos, ni sus convulsiones, ni su sangre detenida en las arterias.



(Rubén Tizziani, El desquite, Buenos Aires, Emecé, 1978, pg 266)

miércoles, 25 de enero de 2012

Un cuarentón cualquiera


La calle era apenas frío y soledad a las cuatro de la mañana. Caminaron despacio y en silencio hacia el auto estacionado a media cuadra. Había algo de rito lúgubre en esa repetición de lo que había vivido unos días atrás: los dos saliendo al amanecer de un hospital, aplastados por la angustia y la tristeza. Sin embargo, estaba tan lejana la otra madrugada, empezaba a ser tan borrosa la imagen de Celco apretando mientras moría la mano de la mujer que ahora estaba a su lado. Se preguntó qué había sucedido en esos pocos días —además de ese acontecimiento fatal, definitivo que era la muerte del otro— para que todo le pareciera tan distinto, como ajeno. Y por qué sentía que la mayor parte había pasado dentro suyo si el seguía siendo lo que era la noche de ese domingo: un cuarentón cualquiera, tímido, indeciso, insatisfecho; marido en fin, empleado con doce años en la empresa. La misma cara seria, indefinida y tosca que la mujer miró apenas cuando se lo presentaron y olvidó en cuanto él se dio vuelta y empezó a caminar hacia la escalera.


Paseando por la noche

(Rubén Tizziani, El desquite, Buenos Aires, Emecé, 1978, pg 180)

lunes, 23 de enero de 2012

Siempre hay revancha

El desquite, Rubén Tizziani



Si no fuera por este blog, no estaría comentando un libro de Tizziani… en este blog. Bueno, está bien, intentaré explicarme. Esta actividad de comentar libros me ha puesto en contacto con otros blogueros y con autores de los libros comentados. Gracias a algunos de ellos —Guillermo, Kike, Nico— me enteré de una charla en la SEA. Una Noche de Novela Negra. El homenajeado sería Rubén Tizziani, y entre los participantes de la mesa estarían Guillermo Orsi y Álvaro Abós. Allá fui. Nunca había leído una novela de Tizziani. Pero sí había visto, en los lejanos ochentas, dos películas basadas en libros suyos. El desquite, de Juan Carlos Desanzo, con un inolvidable Rodolfo Ranni protagónico, fue una de ellas. De modo que me conseguí un ejemplar de una vieja edición de Emecé, y me lancé a la lectura.

Así fue que me reencontré con Parini, un mediocre editor en sus cuarenta. Casado con Teresa, dos hijos, piensa que está tranquilo y feliz con su vida chata. Cierto día, revisando viejas cartas, se le mete en la cabeza ubicar a Celco, amigo de andanzas de su juventud. Lo encuentra: es el dueño del Brasilia, un boliche en la Panamericana, y de El Gato, un cabaret del bajo. Celco es, en suma, un hombre de la noche. Tiene una joven mujer, Elena, y a Silvio y a Bermúdez, su gente de confianza. Pero también tiene un muy serio problema: un tal Heredia y sus matones necesitan de lugares como el Brasilia y El Gato para poder ubicar su producto. Pero Celco se planta y rechaza las “invitaciones” para comerciar drogas en sus locales. El resultado es el esperable con gente como esta, que te quita del medio sin el menor remordimiento: Celco recibe dos balazos en el cuello.

Pero es aquí donde comienza la historia. Porque Celco, agonizando en el hospital, en un dramático testamento hablado, les entrega a Elena, Silvio y Parini todas sus propiedades. Entre ellas, los dos boliches. “Pero que mande Parini”, dice, “el 51 por ciento para él”.

Es este legado de Celco el que planta a Parini frente a la posibilidad inesperada de una vida nueva, de un desquite. La noche, universo violento y veloz con sus propias reglas, se abre ante él. Lo deberá encarar, entre el deseo y el terror, tanto para enfrentar a Heredia como para llevarse a la joven Elena. Pero a la vez, con la irrupción de ese mundo de luces, de rojos brillantes, Parini comprende por primera vez el horrible gris en el que ha vivido, en el que se resquebraja su matrimonio con Teresa, fosilizado y frágil por la costumbre.

Con un registro bien negro, del “policial sin policias”, Tizziani nos narra la historia del quiebre de la vida de un hombre común, de cómo lo extraordinario puede siempre aparecer en la diaria “normalidad”. Una historia plena de violencia —no es política la violencia de El desquite, pero estamos en los 70 en Buenos Aires, donde todo es violento—, pero en la que no faltan los momentos de introspección de Parini, las exploraciones de Teresa, que escapan a las convenciones del género puro y duro. El estilo de Tizziani brilla tanto en la frase larga y pulida, evocadora de Onetti y Saer, como en el diálogo cortante y frío. Su forma trabaja a la perfección con la estructura elegida por él para la historia y con los personajes que la protagonizan.

Dice el DRAE que “desquitar” es “reintegrarse de lo perdido, restaurar una pérdida”. Ojalá que charlas como la de la SEA, o la difusión de su obra a través de Internet, sirvan también como un desquite para Tizziani —tanto como para otros autores de aquella generación de los 70—, y hagan que su obra llegue a nuevos lectores.

Como me llegó a mí.
12/11

domingo, 22 de enero de 2012

Un asesino de cisnes

Cosas de Galway.
No le conté a Margaret lo del asesino de cisnes. Una vez, cerca de la iglesia, lo vi apoyado contra la imagen de la Santa Virgen. Y me refiero a apoyándose, su espalda contra la de ella, con las piernas extendidas, como si fueran colegas. En otra época el sacerdote habría salido, lo habría cogido de la oreja, y le habría dicho:
—Tú, niñato impertinente, ¿quién es tu padre?
Pero ya no. Los curas se habían vuelto demasiado cobardes. Con la avalancha de escándalos, el clero ya no esperaba el respeto de la gente; se conformaba con evitar linchamientos.
Ronan, por supuesto, me saludó con la mano.
—¿Lo conoces? —me preguntó Margaret.
¿Cómo responder a eso?
—De vista —contesté.
—Se está apoyando contra Nuestra Señora —dijo, sin quitarle el ojo.
—Ya veo.
Se movió y rodeó con el brazo derecho el busto de la estatua. Margaret se puso furiosa.
—Alguien debería hablar con él.
La petición de moda. Y a pesar de que los disturbios públicos se incrementaban, y de que los gamberros eran cada vez más descarados, la petición era desoída.
—Olvídalo —dije, como hacen otros muchos.
Y seguimos caminando, contribuyendo con nuestro propio y pequeño trocito al enorme océano de vaga responsabilidad que come de la estructura de la decencia.



(Ken Bruen, El dramaturgo, Barcelona, Editorial VíaMagna, 2004, pg 162)