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martes, 26 de febrero de 2013

Mientras llega la gran ola


El club del amanecer, Don Winslow

Piensen en un amigo. Pero un amigo de esos de hace mucho, de toda la vida. El tipo con el que te fumaste el primer faso, o con el que te agarraste a trompadas allá lejos, cuando las tardes estaban hechas de fulbito sobre adoquines. El tipo que te llevó a casa cuando no te tenías en pie, el hombro en el que lloraste. Piensen en esa clase de amigo. De vínculo cicatrizado y resistente. Ese amigo.

Desde que escribió El poder del perro, Don Winslow es, para mí y para este blog, esa clase de amigo literario. Podrá escribir una novela extraordinaria como aquella, o una muy buena como El invierno de Frankie Machine, o alguna no tan buena como Vida y muerte de Bobby Z. No importa lo que escriba. Ni siquiera importa que Oliver Stone adapte Salvajes: voy a leer todo lo que pueda de Don Winslow, porque nuestra amistad literaria es así. Nada puede romperla. Como decimos por acá, “lo banco”. Y a Fresán, que fue quien me lo presentó en Roja&Negra, le debo una.

Dicho esto, se entiende que me haya hecho con un ejemplar de El club del amanecer. Y con él unas cuantas horas de entretenimiento puro.

Uno de los protagonistas de esta muy buena novela es Boone Daniels. Ex policía y actual detective privado, Boone tiene sus prioridades tan claras que dan un poco de envidia: primero el surf y los amigos, luego el trabajo. No tiene un peso, pero es feliz. Desayuna gratis en The Sundowner, a cambio de controlar a los borrachos en ese mismo bar por las noches. Por supuesto, debe meses de alquiler, pero su casero lo aguanta, porque Boone es un tipo querido.

Podría decir que los otros personajes de esta novela son sus amigos de El Club del Amanecer, una banda pintoresca que se junta todas las mañanas a montar olas en la rompiente de Pacific Beach, en San Diego. Después se cambian, se comen uno de esos desayunos inexplicables que comen los yanquis, y se van a trabajar, cada uno a lo suyo: la bella Sunny Day, David el Adonis, el Marea Alta, Johnny Banzai y el Doce Dedos. Una cofradía de la ola que, por estos días, se encuentra bastante excitada: en 48 horas llegará a la costa “la” ola. La gran ladera de agua, la “trituradora rugiente” con la que todos sueñan, y que aparece más o menos con cada cambio de gobierno. Se respira un ambiente de “ahora o nunca”…

Podría decirse que Petra Hall es otro de los personajes. Es abogada, y necesita la ayuda de Daniels para encontrar a Tammy, una estríper que tiene que atestiguar en un juicio y que desapareció misteriosamente. Hay que encontrarla urgente, antes de que lo haga el mafioso Dan Silver —dueño del bar en el que ella trabaja, y potencial perjudicado con el testimonio de la bailarina—, o Eddie el Rojo, traficante y amigo del propio Daniels. Y urgente porque, claro, se acerca "la" ola...

Podría decirse que todos ellos son los personajes que animan esta trama, y no estaría mal decirlo. Lo que sí estaría mal sería no mencionar al otro gran protagonista de esta historia: el surf. El surf como modo de vida, como original “contracultura”, hoy ya mercantilizada pero que aún funciona para la gente de a pie como forma de amistad, con los hombres y con el mar. Como en todas las novelas que le conozco, Winslow vuelve a ambientar su historia en esa triple frontera en la que se siente tan cómodo. La de California, México y el Pacífico. Geografía que resulta perfecta para esta historia que, a partir de la búsqueda de Tammy, se deriva a un entrevero de “espaldas mojadas” y prostitución infantil. Asunto este último, el del abuso de niños, que le pega mal a Boone, que le agita antiguos fantasmas de un caso mal resuelto.

Un Winslow en su mejor forma. Con su humor de siempre, apoyado en sus diálogos precisos, te va a llevar por la playa, te va a hablar de olas, de tablas y de técnicas. Te va a contar la historia del surf en el sur de California, y de la amistad que se sella arriba de las olas.

Y antes de que te des cuenta, mientras estés pensando en poner a los Beach Boys, vas a estar metido de cabeza en un policial duro y violento que no vas a querer soltar hasta que llegue la gran ola y los barra a todos.

Qué buen amigo este Don Winslow.

Traducción: Alejandra Devoto

2/13

lunes, 13 de junio de 2011

Vértigo livianito

Muerte y vida de Bobby Z, Don Winslow
Supongamos que conocen a un autor, del que han leído dos novelas. La primera de ellas digamos que entra cómoda en cualquier Top Ten de la novela negra contemporánea (por respeto, dejemos afuera a los clásicos). La segunda fue apenas excelente. Resulta que aparece una tercera novela del mismo autor: ¿qué harían ustedes en mi lugar? Correcto, lo mismo que hice yo: zambullirme de cabeza en la primera librería y hacerme de un ejemplar de Muerte y vida de Bobby Z, la última novela de Don Winslow editada por Roja & Negra. ¿El resultado? Les cuento…
Tim Kearney es un perdedor al que todo le sale mal. Estando en la cárcel, preso por atraco a mano armada, le corta el cuello a Skindog, un integrante de los temibles Hell´s Angels. Esto lo convierte en triple reincidente o, peor aún, en hombre muerto apenas vuelva a asomar la nariz al patio de la cárcel.
Conocedor de esta circunstancia, un agente de la DEA llamado Tad Gruzsa, secundado por su secuaz Escobar, le hace una oferta a Tim: debe hacerse pasar por Bobby Z, un narco surfero muerto en un confuso episodio en el sudeste asiático, con quien tiene un asombroso parecido físico. Es sólo por un tiempo, le dice. Después, le darán a cambio una nueva identidad y la libertad absoluta. Tim no se muestra muy convencido, pero con unos golpes bien aplicados, termina tomando la decisión “correcta”.
El asunto es que Tim/Bobby debe ser canjeado por otro agente de la DEA, capturado por Don Huertero, poderoso zar de la droga. Por supuesto, el canje, al mejor estilo guerra fría pero en la frontera mexicana, fracasa. Hay un tiroteo en el desierto y Tim se escapa. Así comienza un agitado periplo en el que Tim/Bobby —ahora buscado prácticamente por todo el mundo— se cruza con la más variopinta galería de personajes. El cowboy Johnson, el indio Rojas y Brian el gordo. La hermosa Elizabeth y el pequeño Kit. El Monje, excómplice de Z, y el loco One Way.
Winslow maneja con astucia esta narración vertiginosa, entretenida, que se lee fácil y al final de cada corto capítulo no te queda otra opción que dar vuelta la página para averiguar qué pasó. Sin embargo, Muerte y vida de Bobby Z no es una novela deslumbrante como las dos citadas al comienzo (por si algún lector necesita aclaración, aquellas dos novelas son la tremenda, enorme El poder del perro y la violenta y a la vez intimista El invierno de Frankie Machine, comentada en este blog, aquí). Escrita íntegramente durante sus viajes en tren al trabajo, “cuando ya daba por terminada mi carrera de escritor”, Muerte y vida de Bobby Z no alcanza aquellas alturas literarias: es una buena novela, y punto.
Tim Kearney es el clásico perdedor que habita ese universo tan bien plasmado por las películas de Tarantino y los Coen (no en vano Fresán los menciona en el prólogo) o por las novelas de Elmore Leonard. Un maleante que, combinando torpeza, mala suerte y simpatía, termina haciéndose querer. ¿En qué falla entonces? En el humor. La narración es por momentos una seguidilla de situaciones ridículas y comentarios pretendidamente graciosos, como si Winslow quisiera mostrarnos que él también es capaz de “guionar” una historia violenta y pochoclera que nos mantenga despiertos dos horas frente a la pantalla. Lo logra, lo que no es poco. Pero no logra la profundidad dramática que, habiendo leído sus anteriores obras, uno espera del gran escritor que es Don W.
La traducción de Eduardo G. Murillo es correcta pero muy ardua para quiénes no hablamos el español castizo de la península. Muchos gilipollas, tías/os, coños, pollas, trena, trullo, chaval… en fin, más de lo mismo.
5/11