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jueves, 18 de abril de 2013

Dos detectives tras una bala perdida


Algodón en Harlem, Chester Himes

Qué bueno que es volver a leer a un clásico. Hacía una punta de años que no me encontraba con el viejo Chester y con sus dos monstruos, Ataúdes Ed Jones y Sepulturero Johnson. La lectura de un clásico suele tener un efecto especial en mí, una sensación de orden, de que las cosas (las novelas en este caso, el género negro todo) vuelven a estar en su lugar. En este sentido, es una práctica recomendable aquella de “volver a las fuentes”, a leer a los tipos que inventaron todo esto. Que dejaron su huella. ¿Quién puede dudar que Chester Himes fue uno de ellos?

Esta novela, como todas las protagonizadas por los dos detectives, también transcurre en Harlem. Que en los años sesenta todavía era un barrio bajo. Un ghetto. La pobreza y la exclusión lo hacían el escenario ideal para situar novelas negras, si uno quería hablar de los temas de los que Chester Himes siempre quiso hablar.

En Algodón en Harlem la “anécdota” es el robo (“modalidad comando” dirían hoy los cronistas cómodos de la tele) de ochenta y siete mil dólares durante un evento popular de tintes religiosos. Por supuesto, Ataúdes y Sepulturero serán los encargados de resolver el caso. Y hasta ahí, es una novela del montón.

La literatura de Himes se empieza a despegar de ese ordinario suceso policial cuando sabemos más detalles de la trama. Veamos: el botín robado está formado por los aportes de familias negras que entregaron todos sus ahorros (87 familias, cada una ¡mil dólares!) a cambio de una promesa. Unas hectáreas de tierra, una mula, unas semillas, y un viaje a África, la tierra prometida, el lugar de la libertad. Si bien la víctima aparente del robo es el “Movimiento de regreso a África”, liderado por el reverendo O’Malley, las víctimas reales son los negros de Harlem que han sido convencidos por él. Engañados sería una palabra más adecuada, ya que el carismático reverendo no es otro que Deke O’Hara, un ladrón que acaba de salir de la cárcel y que ha montado el “movimiento” para hacerse con el dinero de los ingenuos.

Sucede que los ladrones esconden el botín en una bala de algodón (no en una bolsa, no en una caja ni en ninguna otra cosa: en una bala de algodón), y la pierden durante la huida. De modo que, instantáneamente, Harlem hierve con un montón de gente buscando el botín: los detectives, el propio Deke, los ladrones. Y hasta el sospechoso Coronel Calhoun, un atildado caballero sureño que aparece al frente de un nuevo “Movimiento de regreso al Sur”. Propone a las familias que vuelvan al “feliz Sur” en lugar de ir a hambrearse a “la desdichada África”. El coronel, que luce distintivos de los Confederados, ofrece mil dólares a quienes se sumen siempre y cuando se presenten trayendo … una bala de algodón. 

Ataúdes Ed y Sepulturero Jones caminan entonces el barrio, ese escenario de la negritud. Se hundirán en calles sucias, tomarán sus copas en bares oscuros, hablarán con ladrones, prostitutas, estafadores. Cuando parece que están trabajando para resolver el caso, siguiendo las órdenes de sus jefes, ellos están, en realidad, haciendo otra cosa. Ataúdes y Sepulturero están persiguiendo justicia. Que no siempre es lo mismo que resolver un caso. Los dos detectives —brutales y violentos hasta un nivel que hoy sería señalado por el dedo biempensante— persiguen justicia porque tienen una muy clara conciencia de lo que significa ser negro en los Estados Unidos, incluso en la liberal Nueva York de los sesenta. Aún trabajando bajo las órdenes de policías blancos —el teniente Anderson, con el que hay un mutuo respeto— esta conciencia está presente en toda la actividad de los detectives, y podría decirse que es el núcleo mismo de la literatura de Himes. Que, no por casualidad, es novela negra de la mejor.

Luego de su paso por la cárcel, Himes comienza a ganarse la vida escribiendo relatos. Su temática siempre gira acerca del racismo y la opresión de la gente de color. Dada su maestría para los diálogos, sus vívidas descripciones, su manejo del humor y del sarcasmo, resulta hasta natural que Himes haya adoptado la novela negra como vehículo para expresarse, dejándonos algunas de las obras más importantes del género.

Merece mención aparte la traducción de E. Mallorquí. No suelo juzgar por buenas o malas a las traducciones. Casi nunca tengo a mano versiones originales como para emitir esa clase de juicio. Sí puedo decir cuando una traducción suena ardua o forzada (desconcierta el uso indistinto de los apodos Coffins y Grave Digger y sus versiones en castellano) o demasiado castiza para nosotros los americanos. Y esta tiene casi todos esos problemitas. Eso sí: al menos me dejó palabras como canguelo, corruscante y gorrinos.

Traducción: E. Mallorquí
3/13

lunes, 2 de enero de 2012

La bestia de los bajos fondos

No hay bestia tan feroz, Edward Bunker


A esta altura del partido, ¿qué parte de la obra de James Ellroy nos queda por leer? Correcto:  los prólogos. Y, en mi caso, parece que Ellroy se me está convirtiendo en un recomendador a tener en cuenta. Gracias a él conocí, entre otros, a Winslow, a Wambaugh y ahora a Edward Bunker. “La gran novela de los bajos fondos de Los Ángeles”. Así nomás.

Max Dembo sale en libertad condicional luego de ocho años en prisión. Como es lógico, todo le resulta abrumador: las calles, los ruidos, los autos, las mujeres en short. El tipo no sabe muy bien qué hacer. Desde luego, viene con el chip seteado —“voy a cambiar de vida”—, pero le falta saber el cómo. A medida que pasan los días, ese propósito firme al principio se va limando en el roce con su viejo mundo —sus amigos delincuentes, los compañeros yonquis, white trash de “chabolas” y trailers— y pasa a ser apenas una tibia expresión de deseos. Hasta que, luego de soportar las humillaciones del despreciable Rosenthal, su agente de la condicional, Max tira todo por la borda: se “libera” por segunda vez y asume frontalmente su condición de delincuente.

A lo largo de un raid por esos bajos fondos que menciona James, vamos conociendo a la fauna habitual de ladrones, putas, traficantes, pobres chicas maltratadas y tontas chicas que buscan aventura. Max y dos excompañeros de la prisión que están en apuros deciden dar un golpe maestro: el asalto a una joyería (tanto en este como en otros pasajes de la novela el detalle y la minuciosidad en el planeamiento asombran al punto en que, como lectores, aprendemos una buena cantidad de yeites del negocio del asalto a mano armada). Por supuesto, las cosas ahí no salen como estaban previstas, pero no seré yo quien les cuente para dónde sale el tiro.

Es mucho lo que se ha dicho de Edward Bunker, y todo está en internet. Recomiendo que le echen un vistazo a su vida alucinante, en la que pasó de ladrón a actor —se soprenderán al saber que lo han visto en rol secundario en alguna peli famosa— y a solicitado guionista en su Hollywood natal. Sólo les diré acá que la escritura que despliega en esta, su primera novela, escrita en la cárcel, es demoledora. De una eficacia y una agilidad atrapantes. Con personajes sólidos que hablan diálogos creíbles.

Pero no es sólo por eso que hay que leerlo a Bunker. Agrego mis tres razones. La primera: la aguda, corrosiva y feroz crítica a la sociedad yanqui y su sueño americano. A la manera de un Bukowski no tan borracho pero más violento, Bunker también levanta la alfombra y nos muestra lo que se esconde debajo, de donde es difícili salir. La segunda: el magnífico viaje al interior de la mente del criminal, del marginado, del rechazado. Con reflexiones profundas, a veces de una contundencia brutal, otras rozando la autocomplacencia, Max nos enseña su particular forma de ver el mundo. Un mundo determinista en el que si sos un delincuente, vas a morir como un delincuente. Curiosamente, una afirmación que la propia vida de Bunker parece desmentir. Y, hablando de vida, pasamos a la tercera de mis razones: No hay bestia tan feroz —y calculo que también las otras obras de Bunker— constituye todo un ejemplo a considerar cuando se reflexione sobre la relación entre la propia experiencia y la escritura. ¿Cuánto del mérito de esta novela se debe al pasado criminal y carcelario de Bunker, “reciclado” después en escritor exitoso? ¿Es posible escribir una novela así sin haber vivido así? ¿Qué plus hace falta?

Lectura imprescindible.
Traducción: Laura Sales Gutiérrez
12/11