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miércoles, 18 de febrero de 2015

Pánico y locura en Carabanchel

Te quiero porque me das de comer, David Llorente

Como bitácora de lecturas que es este blog, debo dejar constancia de que la obra de Llorente también ha pasado por aquí. Sin embargo, consciente de lo mucho, pero mucho, que se ha escrito sobre esta novela (*), me pregunto si estoy en condiciones de agregar algo más. Me respondo que es difícil, pero lo voy a intentar. Breve, lo prometo.

Una de las cosas buenas de esta novela deslumbrante, hipnótica es que exige al lector. Especialmente al comienzo, hasta entender que lo que propone Llorente no es ruido sino música. Como en una sinfonía, hay que escuchar todos los instrumentos juntos para disfrutar del sistema.

Se ha hablado mucho de simultaneidad al tratar de describir la forma en que está escrita. No me convence esa palabra, al menos en el sentido que se le ha dado, incluso en la contratapa. Narrar sucesos que ocurren simultáneamente no es un invento de Llorente ni mucho menos. Parece trivial aclararlo, pero conviene. Hemos leído infinidad de novelas en las que las tramas suceden al mismo tiempo. Pero no es eso lo que resulta novedoso en la propuesta de Llorente: lo que él hace —administrando con maestría una complejidad suficiente para enloquecer a cualquier autor—, es entretejer textos. No narra “sucesos simultáneos”, sino que “narra simultáneamente sucesos (simultáneos o no)”. El resultado es un continuo envolvente que arrastra al lector. Desde luego, Llorente echa mano de todas las herramientas disponibles para lograr ese efecto, incluso de la valiosísima puntuación.

Hay quienes piensan que Llorente ha inventado la pólvora nuevamente. Me resulta exagerado. En cambio, sí es justo valorar que ha tomado un riesgo cuando optó por esta estructura para narrar una novela de género: le ha salido más que bien a él y al género mismo, enriquecido por esta intervención.

Pero esta novela dura, roñosa, explícita y, en algún punto, vergonzante, no tiene su único mérito en la forma. A la misma altura está su contenido. Las infinitas subtramas que se abren y cierran permanentemente, con sus monstruosos protagonistas, conforman ese Jardín de las Delicias aterrador cuyos detalles y recovecos llevan al lector a contemplar el todo, el verdadero Protagonista con mayúscula: el barrio de Carabanchel. Es decir, el mundo del siglo XXI.

Te quiero porque me das de comer es una joya que brilla tanto por su trama como por su estructura, por su forma como por su contenido. Es en la combinación de ambos aspectos (¿acaso se puede, tiene sentido, pensarlos separados?) lo que hace de esta locura de novela una lectura imprescindible entre las novedades del 2014.

10/14

(*): como ejemplos, las reseñas publicadas por algunos blogueros conocidos: el amigo Aramys, Jesús Lens y Sergio Torrijos.


Seguí pinchando: no hay nada parecido en cuanto a la forma. Sin embargo, en la Cámara Gesell de Saccomanno se respira el mismo aire viciado que en este Carabanchel. Y ya que estamos, ¿por qué no mirar el barrio de gitanos y chabolas que crea Aníbal Malvar aquí?

lunes, 11 de agosto de 2014

Tracción a bourbon

Cuchillada en la oscuridad, Lawrence Block

Siempre se dice que en la novela negra la trama no suele ser lo más importante. Que, a menudo, lo que la novela negra tiene para decir lo dice por afuera de una trama. Esto no es tan cierto en aquellas obras más cercanas al whodunit o al “quién-lo-hizo”, donde sí, el entramado de sucesos importa en la explicación del enigma. Sin embargo, en las novelas de Lawrence Block que protagoniza Matthew Scudder, sólidas historias negras-con-enigma, la trama y casi cualquier otra cosa son arrasadas por un vendaval poderoso: el propio personaje de Matt Scudder.

El recuerdo que te quedará, lector, luego de leer cualquier novela de esta serie tiene un nombre: Matthew Scudder.

Scudder es un expolicía de Nueva York. Abandonó el cuerpo luego de participar de un tiroteo en el que una bala perdida mató a una niña. También abandonó a su familia y se acercó al bourbon. Se alojó en un hotel en Midtown Manhattan, y empezó a trabajar como detective sin licencia. “Hago favores a amigos, y en compensación me dan dinero” es su forma de definirlo. Y mientras los hace patea los bares, tironeando con el alcohol, metiéndose en las iglesias siempre a pensar, nunca a rezar. Este hombre reflexivo y tozudo y honesto y sediento de justicia tiene un solo motor: la culpa. Culpa por Estrellita Rivera, la niña aquella de la bala perdida.

En Cuchillada en la oscuridad Scudder debe aclarar un asesinato sucedido nueve años antes. En aquel entonces, al “asesino del piolet” había aterrorizado con sus crímenes a todo Brooklyn. El tipo, recientemente detenido, confiesa todos los crímenes que se le habían atribuido, menos uno. El de Barbara Ettinger. Y es el padre de Barbara el que viene a ver a Matt con la pregunta: si no fue él, ¿quién mató a mi hija?

Recorriendo medio Nueva York —cuyas calles son esencial parte de cualquier historia de Scudder—, gastando monedas en los teléfonos públicos, deslizando algún que otro billete entre sus viejos colegas, Matt encontrará la explicación que finalmente dará la paz al señor Ettinger y al alma de su hija. Pero no es eso lo que importa.

Lo que importa es Matthew Scudder.

Durante esta investigación él conoce a Janice. Se caen bien, y en poco tiempo terminan durmiendo juntos. No es que empiecen una relación ni nada, pero los une un vínculo muy poderoso: el alcohol. Y es ella, Janice, quien al final de la novela pondrá por primera vez —al menos por lo que recuerdo— a Scudder frente a su realidad de alcohólico. Desde luego, Matthew se escapa, se niega, pero ya no será el mismo.

Por desgracia, las novelas de Scudder no han recibido, desde lo editorial, ni por asomo la consideración que se merecen. Se las ha traducido y publicado sin ningún criterio lógico, y los lectores tenemos que rastrearlas “como una cerda ciega” y leerlas en cualquier orden. Por eso, tal vez te pase como a mí, que primero leí a un Scudder yendo a reuniones de Alcohólicos Anónimos, y saliendo con Elaine, y recién ahora a este que, aun perdiendo la batalla con el bourbon, todavía cree que “puede parar cuando quiera”. Parece que RBA ahora está reeditando varias de las historias, no sé si todas, no sé si en orden. En todo caso, eso es algo que pasa lejos, en España…

Lawrence Block es uno de esos autores en los que se encuentran la escritura precisa, con la sequedad justa, los diálogos perfectos, el personaje sólido, la trama que engancha. Que además ha escrito una pila de libros (a la serie de Scudder se suman la del ladrón Rhodenbarr y la del asesino Keller y la de Evan Tanner, y unos cuantos libros sobre escritura), lo que lo convierte en un mainstream de calidad como sólo suele darnos la literatura norteamericana. Un best seller a la altura de un Donald Westlake, por nombrar a otro autor de su generación, que los lectores del género en castellano no tenemos la suerte de disfrutar como deberíamos.

Que te quede claro: te va a ser difícil leer toda la serie de Scudder, diseminada en distintas colecciones a lo largo de décadas, pero creeme que cualquier esfuerzo que debas hacer será poco, y se verá recompensado con la lectura de un autor extraordinario y un personaje que no se olvida.

Traducción: Jane Mary Hayes

5/14


Seguí pinchando: no hay en el blog comentarios de otras novelas de Block. Ni de la serie de Scudder, ni de la de Keller ni de la de Rhodenbarr: imperdonable. Por eso, hoy te invito a que sigas pinchando por más info del personaje y el autor en los excelentes blogs amigos de Alice Silver, Mis detectives favoritos, o en el de Aramys, Viaje alrededor de una mesa, que saben mucho, pero mucho.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuando pasó el temblor

Tokio año cero, David Peace

Hay quien señala a David Peace como la voz más renovadora de la novela negra del siglo XXI. Yo le respondo: eso es quedarse corto por todos lados. ¿Cuál es el carril ultrarrápido por el que viaja este tipo, que los demás no lo vemos, no lo podemos seguir? ¿Entra la literatura que hace en algún género? ¿Es de verdad novela negra? ¿Es terror? ¿Es algo nuevo? ¿Drama criminal, novela negra psiquiátrica, neurocriminal?

De Peace vengo leyendo todo lo que cae en mis manos. Y aunque no sepa cómo clasificarlo, tengo claro algo: voy a seguir leyendo todo lo que el tipo escriba. Hoy ya no es necesario traerse sus libros de España o recurrir al formato digital: Roja & Negra pone esta novela, este viaje al infierno, al alcance de los lectores argentinos. De modo que, amigos, permítanme decirles que se acabaron las excusas. Peace ya está aquí: quien quiera leer, que lea.

El 15 de agosto de 1945, vigésimo año de Shôwa, como se conoce al período de Hirohito, los japoneses escucharon por primera vez la voz del Emperador. Pasados los temblores de Hiroshima y Nagasaki, Hirohito anuncia por la radio que la guerra ha terminado. Japón se ha rendido. El detective Minami escucha el discurso mientras trabaja en el escenario de un crimen. Una chica violada y asesinada. La policía militar acusa allí mismo a un viejo coreano. Es el día del dolor, el de la rendición. Es el día de la furia: la espada cae sobre un hombre inocente, lo entierran vivo.

Es el día cero. La hora cero. Bienvenidos a Tokio año cero.

Un año más tarde Tokio es un caos. No hay alimentos, ni medicinas, ni cigarrillos. Lo que hay es desesperación, moscas zumbando y olor a duraznos podridos. Son cadáveres. Como los dos que aparecen en el parque Shiba. El detective Minami lidera uno de los equipos de la Policía Metropolitana de Tokio a cargo de la investigación. Van a descubrir que el culpable es un asesino serial llamado Yoshio Kodaira. Van a descubrir que hay muchas otras víctimas de Kodaira. Lo van a terminar atrapando a Kodaira. Te lo digo así de una, a propósito. Si pensás que se acabó el misterio y que este libro no vale la pena, entonces dejá de leer esta reseña: Tokio año cero no es para vos. Si lo que buscás es la resolución de un misterio, mejor ahorrate este libro arduo. Cortá acá, volvé la semana que viene que te recomiendo alguna otra cosa y seguimos amigos.

En cambio, si sentís alguna curiosidad o simpatía por el riesgo; si estás dispuesto a meterte en la boca del lobo, el lobo que aúlla en el cerebro de Peace; si estás dispuesto a que se te llene el culo de preguntas, entonces Tokio año cero es el libro. Aunque lo mejor sería que sin perder un minuto lo agarres y lo leas, directamente, dejame que intente contarte por qué creo que estamos delante de una gran novela, de un autor fuera de todo molde. Será difícil, pero lo voy a intentar. Y espero que mi torpeza no sea un obstáculo: si ves que no te convenzo, por favor leélo igual.

David Peace es el mismo que en el Red Riding Quartet, pero mejor. Está más radical, más filoso, si cabe. Y vuelve a tocar obsesiones como las que transitó en aquella descomunal tetralogía. Por ejemplo, aquí también hay un asesino de mujeres. Aquí también el ámbito geográfico, los escenarios, ¡el clima! tienen peso narrativo. De la lluvia de Yorkshire al calor aplastante de Tokio, todo lo usa Peace para asfixiarte. Peace es especialista en construir universos —geográficos, sociales, psicológicos— asfixiantes. Un experto.

A un año de la rendición, la guerra ha seguido trabajando. En las calles de escombros, en las casas pauperizadas. En los mercados clandestinos, botín de bandas criminales. En los cuerpos de las chicas arrasados por el vencedor americano. Primer motivo para leer Tokio año cero: la escalofriante pintura de la devastación de Tokio, geografía asfixiante.

Todo tiene su importancia ritual en Japón: los zapatos junto a las puertas, las reverencias interminables, las rodillas, los tatamis, los altares. ¿Ha tenido la guerra algún impacto sobre el significado de estos rituales? ¿Sobre esa forma humilde y orgullosa de ser japonés? En un pasaje de la novela Minami lee un pergamino en la oficina de su jefe, “ese pergamino salpicado de sangre en el que hay escrito: «Es hora de revelar la verdadera esencia del país»”. Y su jefe lo ve y le dice: “No es momento de olvidar nuestras obligaciones. Ellas son nuestra esencia”. Segundo motivo para leer Tokio año cero: la sociedad asfixiante en la que la rigidez y las normas son las tablas a las que aferrarse para mantener a flote la dignidad. O para ocultar secretos.

Pero la guerra también ha seguido horadando las cabezas y corazones de los sobrevivientes. Minami siente culpa por haber sobrevivido. Culpa por estar con su amante y no con su familia enferma, abandonada bajo las bombas, muerta. El detective Minami, paranoico, adicto a los calmantes y transando con los mafiosos a cambio de información. Minami, obsesionado con Kodaira. Minami, para quien nadie es quien dice ser. Ni siquiera él mismo. Tercer motivo para leer Tokio año cero: un narrador vulnerable, un gran personaje asfixiado por los impactos de la guerra.

Inspirado en el caso real de un asesino que actuó en los primeros días de la posguerra, Peace —investigador obsesivo (*) que ha vivido mucho tiempo en Japón— construye una novela cuya estructura parece simple. Narrador en primera persona, tiempo presente, un desarrollo lineal de la historia. Los capítulos son días, todos en orden. No hay flashbacks. ¿O sí? ¿Qué es si no esa voz en itálica que va en paralelo a la historia y que resuena dentro de la conciencia de Minami? ¿Habla del pasado, del presente? El cuarto y más importante motivo para leer Tokio año cero es este: la escritura de Peace. Una escritura que desafía al lector. Con oraciones cortas, a la vez lacónica y lírica, la prosa de Peace es opresiva. Peace lleva al extremo el recurso de la repetición como mantra, las onomatopeyas como soundtrack del tormento interior de Minami. Una prosa musical que provoca, irrita, sacude al lector. Por momentos no es una lectura fácil, ya lo advertí antes: esto no es entretenimiento puro.

Esto es literatura que te va a dejar temblando.

Esto es David Peace.

Y ya está entre nosotros: quien quiera leer, que lea.

Traducción (excelente): Javier Calvo

8/13


(*): al final del libro, junto con un útil glosario, se incluye una extensa bibliografía para los lectores interesados, algo absolutamente inusual en una obra de ficción.

viernes, 28 de junio de 2013

De justicia, venganza y culpa

El pico del Diablo, Deon Meyer

Deon Meyer es un autor sudafricano de gran reputación por sus novelas de género negro. Uno diría que está en la cresta de su carrera, generacionalmente entre el James McClure, publicado hasta en la Etiqueta Negra de Júcar, y el más nuevo Roger Smith, que ya hemos comentado en este blog.

Como primera aproximación a un autor, uno siempre hace lo más natural: echa una mirada a la contratapa del libro. Resulta interesante, pero veremos que no sólo se queda muy corta, sino que además contiene algún error (significativamente replicado por algunas reseñas que están en la web). Además, se da a entender que el protagonista de la novela será Thobela Mpayipheli. No sería raro, dado que Thobela ya protagonizó una novela anterior de Meyer. Pero no es el caso de esta trama compleja, más cercana al thriller que a la novela negra pura y dura.

La historia se teje alrededor de tres personajes, de un peso asimétrico. El mencionado Thobela, guerrero xhosa entrenado en la KGB y la Stasi, es el primero. La segunda es Chistine van Rooyen, prostituta de lujo. Y el tercero, y quien finalmente asume el motor de la novela, es el policía, muy alcohólico él, Benny Griessel.

Al comienzo del libro el hijo de Thobela es asesinado en un tiroteo en una estación de servicio. A partir de entonces, Thobela se propone cazar a los asesinos y emprender una cruzada justiciera contra todos los abusadores de niños. Se armará con su temible assegai, especie de lanza autóctona, y se convertirá en la pesadilla de Benny Griessel, responsable de atraparlo. En realidad, en la segunda pesadilla de Benny, porque la primera, hay que decirlo, es el alcohol por el que ha perdido a su familia. Benny está en un momento crucial de su vida, expulsado de su casa y peleando la última batalla contra el alcoholismo, cuando cae en sus manos este caso, el del asesino de pedófilos. Mientras tanto, de Christine apenas sabemos que es una prostituta de lujo. Algo fabuladora, con una historia dura y una hija pequeña. Y sabemos todo esto porque se lo está contando a un ministro o reverendo, en una iglesia. La historia de Christine es la que hace dudar al lector, la que no “encaja” de manera clara. 

Pero hay que seguir leyendo. Porque pasado el primer tercio del libro, algo confuso y lento, la historia parece hacer un click y cobra una velocidad que te pasa por encima. Ya no se puede largar la lectura. La vinculación de Christine y su hijita Sonia con un violento narco colombiano le dará pie a Griessel a tender una trampa al asesino serial de la assegai. Y no cuento más, para no meter un spoiler.

El pico del Diablo tiene una trama atrapante, con buenos giros, que mantiene la tensión del lector por saber qué es lo que va a suceder a continuación, cómo se van a resolver las cosas. En este sentido digo que es más un thriller que una novela negra: su motor es el suspenso.

La novela transcurre en una Sudáfrica en la que en apariencia se ha superado el conflicto racial —que sólo se toca lateralmente en la novela, por algunas tensiones entre policías— pero, salvando la elección del arma de Thobela, podría haber transcurrido en cualquier otro lugar del mundo. Es en realidad una historia que, a través de una trama de suspenso, trata de ese triángulo inestable que dibujan la justicia, la venganza y la culpa. Tres puntas que están presentes en cada uno de los tres personajes de la novela: Christine y Benny, los más reflexivos, y que por momentos rozan la autocomplacencia, y Thobela, el hombre de acción, una máquina de matar que no reflexiona sino que planifica.

El libro asusta un poco con sus 450 páginas. Pero si lo encarás y pasás el primer tercio, te vas a encontrar con lo mejor de esta novela. Vale la pena hacer el intento.

Traducción: Alberto Coscarelli

5/13