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lunes, 28 de julio de 2014

Una de piratas

Yibuti, Elmore Leonard

A esta altura del partido, cuando cuento en mi biblioteca con veinte novelas de Leonard, ya no sé si lo mío es fanatismo, coleccionismo o qué, pero sigo en la misma: voy a leer todas y cada una de las novelas del Dutch que pueda manotear. Así que hoy llega el turno de Yibuti, la última traducida al castellano.

Raro en una historia de Leonard, esta vez el escenario elegido no es Miami, ni Los Ángeles no Detroit. Yibuti se sitúa en el cuerno de África, justo en la salida del Mar Rojo. Una zona en la que los piratas somalíes hacían de las suyas hace unos años. Hasta allí llega Dara Barr, una joven y galardonada cineasta, con el plan de filmar un documental acerca de esta actividad. La acompaña su asistente, el viejo lobo de mar Xavier LeBo. Durante su trabajo encontrarán a excéntricos piratas representados por caros abogados londinenses; al millonario texano Billy Wynn, especie de paranoico espía freelance, quien con su novia Helene recorre el mundo en velero; y a Jama Raisuli, un loco que dice haberse convertido al Islam, y trabajar ahora para Al Qaeda... ¿Qué plan tendrán para ese carguero secuestrado, con sus tanques llenos de gas licuado? ¿No es una perfecta bomba flotante de camino a New Orleans? En fin, un cóctel de personajes e intenciones que vuelve bastante peligroso aquel plan inicial de documentar operaciones piratas.

Yibuti contiene todos los “elementos Leonard” que conocemos. Apoyado en su formidable manejo de los diálogos, nos presenta personajes ambiguos —esos criminales que nos caen simpáticos hasta que se despachan con actos de violencia escalofriante—, sus protagonistas siempre cancheros, ingeniosos, seductores, en suma, gente cool —como Dara y Xavier, que se mueven con la misma soltura entre millonarios y asesinos, a quienes son capaces de desarmar solo usando palabras—, la tensión sexual siempre presente, las referencias cinéfilas en las que se filtra el oficio de guionista del autor. En ese sentido, Yibuti no va a defraudar a los seguidores del maestro Elmore.

Sin embargo, puede no ser la mejor novela de Leonard para entrar en su obra. Lo digo por dos motivos. El primero es que hay que “bancar” a Leonard, algunos de cuyos personajes a veces se pasan de extravagantes o, como se dijo arriba, cool. Como ejemplos, aquí tenemos al par Dara-Xavier —cineasta joven, bella y exitosa y septuagenario curtido, negro y muy vivaz—, cuya atracción mutua es evidente. O al mismo Jama, un exconvicto que abrazó el Islam y anhela participar en un golpe terrorista, pero que, cuando Mahoma no mira, es un  bebedor, mujeriego y bisexual que no duda en volarle la cabeza a cualquiera que se le ponga en el medio, independientemente de lo infiel que sea. Para el lector no lenoardiano este tipo de personajes pueden resultar algo chocantes, e incluso inverosímiles.

El segundo motivo es que Leonard se arriesga un poco de más —algo que, a esa altura de su carrera solo pudo ser meritorio— en cuanto a algunas estructuras temporales, por ponerle un nombre, que sigue la narración. Motorizando como siempre la trama a través de las conversaciones entre sus personajes, Leonard va un poco más allá en esta ocasión, en una especie de “rulo” que no estoy seguro de que termine siendo favorable. Sucede cuando Dara y Xavier repasan el material filmado que tienen y comentan sobre él para que el lector sepa qué fue lo que se dijo o qué pasaba durante la filmación. Aunque la conversación siempre es ágil y bien lograda —es Leonard, no olvidemos—, puede resultar extraño que dos personajes que estuvieron presentes vuelvan a relatarse entre sí algo que ya vivieron: se hace demasiado evidente que es necesario para que el lector “escuche”. No obstante, es un recurso al que conviene pegarle un vistazo, tratar de ver cómo lo arma Leonard, que de diálogos y puntos de vista sabe un rato largo. Por otra parte, y como contrapartida, algunos de estos pasajes resultan discusiones interesantes en términos de cine: qué dejar, qué editar, voces en off, montaje.

No creo que el viejo Elmore haya tenido un objetivo de ahondar en la realidad de esa zona del planeta, de la relación de la piratería con la miseria y la situación política inestable en esos países, ni la postura de la comunidad internacional ni de los EEUU ni el terrorismo ni nada, nada de eso. Nada de testimoniar. Simplemente, creo que eligió un escenario distinto para entregarnos lo de siempre: otra novela que es entretenimiento puro.

Una de esas que te hacen sonreír y que no podés dejar de leer.

Una de esas “marca Leonard”, ya sabés.

4/14

Traducción: Catalina Martínez Muñoz


Seguí pinchando: ojalá en este momento estés interesándote en saber más de Elmore Leonard. Ojalá. Y ojalá que este blog avive esa llama con todo el material que podés encontrar acá: si le ganamos un solo lector a Leonard, el mundo será un lugar mejor. Te lo dije.

lunes, 27 de junio de 2011

A este lo vas a querer en tu equipo

El camino difícil, Lee Child

Hagamos un juego. Supongamos que te encuentras, estimado lector, en un callejón oscuro y sucio. No estás solo: hay, pongamos, cuatro o cinco tipos muy enojados. No importa la razón, pero el enojo es contigo, lector. Los tipos portan armas “no inmediatamente letales” (es decir, no pistolas, sino, por ejemplo, bates de béisbol). No hay testigos a la vista. El panorama es feo, ¿eh? Bueno, éste es el juego: te doy un segundo para pensar en un héroe de novela negra, que se materializará en el callejón y te ayudará en ese difícil trance. ¿Listo? ¿Pensaste? Yo también: el mío es y será Jack Reacher, un tipo duro de verdad. Muy duro.

Jack Reacher, el protagonista de El camino difícil, es un expolicía militar. De vez en cuando hace trabajos de investigador privado, pero no parece que sea una ocupacion estable. En esta, décima novela de una serie que ya lleva ¡dieciséis!, podría decirse que su trabajo le cae de casualidad. Una noche, Reacher se encuentra tomando un expreso en un café neoyorquino cuando observa a un hombre subirse a un auto y alejarse. Nada muy llamativo, la verdad. El café está tan bueno que, contrariando una de sus tantas normas internas —llamarlas obsesiones sería más correcto— vuelve a la noche siguiente al mismo lugar, a la misma hora. Allí lo encara un sujeto que le pregunta por el hombre y el auto que vio la noche anterior. Reacher nos sorprende con una descripción ultra detallada del vehículo, como si estuviese viéndolo en ese mismo momento. Es una de las tantas habilidades de Reacher: observar, vivir en estado de alerta.

El tipo que lo interroga resulta ser un militar británico retirado. Lo lleva al famoso edificio Dakota a ver a su jefe, el señor Lane, y a sus compañeros. Reacher detecta enseguida que todos son de alguna forma sus colegas: Marines, Deltas, Recon Marines, comandos SAS, todos combatientes de élite. Le explican que lo que presenció la noche anterior fue la entrega de un rescate millonario por un secuestro, el de la esposa y la hijastra de Lane, y que es el único que vio al secuestrador. Lane no está dispuesto a recurrir al FBI. Así que, pregunta va, respuesta viene, Reacher termina contratado por Lane, quien lo incorpora a su equipo con la misión de encontrar a las secuestradas.

Comienza así una historia interesantísima y atrapante, que nos llevará desde el Greenwich Village de Nueva York hasta la campiña inglesa, pasando por los horrores de las guerras civiles y las revueltas en pequeñas naciones africanas. Con una muy adecuada dosificación de las pistas que permiten al lector ir desentrañanado el misterio a la par de Reacher, la novela se lee de un tirón. A mí criterio no tanto por la historia sino por el personaje: la pregunta no es acá “¿qué va a pasar ahora?” sino “¿qué hará Reacher ahora?”.

Jack Reacher es un personaje muy especial. Su enorme físico, sumado a su entrenamiento militar y a su mente de extraño funcionamiento lo convierten en una especie de máquina super eficiente para el rastreo de personas. Reacher habla muy poco, sólo lo necesario. Observa todo, todo el tiempo. Almacena datos que a la mayoría de los mortales se nos pasarían por alto. Siempre sabe qué hora es gracias a su preciso reloj mental, que incluso le sirve para despertarse. No sabe de dónde le viene esta habilidad, pero la tiene. Y, encima de todo, Reacher puede ser un tipo muy violento. De esos que no se andan con vueltas a la hora de resolver por las malas cualquier situación. En suma, el tipo que te conviene tener siempre de tu lado.

Lee Child, británico al que se le nota poco su origen, escribe con mucho oficio una buena historia, no quiero dejar de mencionarlo. Muchos quisieran escribir una historia tan bien planteada como esta, no lo duden. Pero su mejor creación es este extraordinario personaje. Jack Reacher, norteamericano, y cuyas historias transcurren en Estados Unidos, es una creación muy bienvenida. Es uno de esos personajes que te hacen esperar con ansiedad su próxima novela.

El camino difícil es el primer libro de Lee Child que se puede encontrar en las librerías de Buenos Aires. Sé de alguna vieja edición de otro, y también que RBA ha sacado alguna novela más en su interesante colección Serie Negra.

Venderán al menos una el primer día en que aparezca por aquí.

Traducción (¡excelente!): Magdalena Palmer

5/11