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sábado, 21 de marzo de 2015

Mordiscones

—Eso eran vueltos —siguió Paraná—. Platita de arriba, pero poco y nada. —Inclinó el vaso de Sebastián, dejó que la cerveza corriera contra el vidrio—. La cosa se complicó después del pico de prensión de mi abuela. Aprendí bastante durante este año. No me quedó otra, porque la cosa se puso durazna en serio. Además me junté con una gente repiola.
“Pico de prensión”, pensó Sebas, “Gente repiola”. Y alzó el vaso invitándolo a brindar.
—¿Te parece? —le dijo Paraná echando un vistazo a su alrededor—. Como entre nosotros, acá brindar queda muy de maraca.
—Dale —lo apuró Seba. Por el reencuentro, amigo.
Ya brindando, Seba lo notó incómodo a Paraná: creería que hasta los señalaban y todo. Nada de eso: jugando al pool o cagándose de risa, la gente andaba en la suya. Después del trago, Paraná lo miró fijo a Seba y le dijo:
—Vos estuviste fumando antes de venir.
—Un poco. Para relajar, nomás.
—O sea que ahora te va el faso.
—Me cabe, sí. Date cuenta de que entre vos y yo hay cada vez más cosas en común.
Paraná sonrío y bajó los ojos.
—Fumado corrés con ventaja, Seba.
—¿Con ventaja para qué?
—Para largar la que se te ocurra.
A Seba le vino a la mente una palabra: “impunidad”. Y la dijo:
—Impunidad, se llama eso. ¿Vos no te sentís así? ¿Impune?
 Paraná volvió a fijar su vista en la de Seba. Ahora miraba distinto, con la expresión de quien intenta comprender lo que se le está diciendo. Seba siguío:
—Acordate de la madrugada aquella. Habíamos salido de acá mismo, del Cuervo Blanco. Intentabas explicarme lo que te pasaba. Entonces nos cruzamos al perro atrapado entre las rejas. Y lo que hiciste lo hiciste sin culpa, Paraná. Sin culpa. En la más pura de las impunidades.
Paraná no bajaba la mirada. Apretaba las muelas como punto de gritar. Seba agregó:
—Y al final cruzaste otra raya al cortarle la oreja. ¿Por qué las orejas, Paraná?
Paraná de pronto le dijo:
—Te destrozaría a mordiscones, hijo de puta.
A mordiscones, sí. Aunque escupidas con furia, esas palabras no lo espantaron a Sebastián, sino más bien lo contrario: había un abismo ahí. Un fondo oscuro.
—Llevame a tu pieza, entonces —le contestó.

(Pablo Forcinito, En tu mundo raro y por ti aprendí, Bernal, Metalúcida, 2014, pág 87)


viernes, 20 de marzo de 2015

El final de un perejil

Sin otros autos a la vista, bordeó el terraplén. Palpó la navaja, rejuntó un puñado de rulemanes del bolsillo y se acercó al semáforo tanto como pudo. Lo vio al conductor: ocupaba sus manos en encender un cigarrillo. Paraná lanzó los rulemanes, que llovieron en el capó. Aprovechó el sobresalto del tipo, que frenó mal. Empuñando el .38 alcanzó en una corrida la ventanilla. No bien lo cazó de los pelos, le dijo:
—Te lleno de plomo, hijo de puta —Paraná le apretaba la punta del caño contra el cachete. Un nuevo auto se aparecería en cualquier momento. De reojo creyó advertir una luz—. Desviate para esa cortada —siguió—. Rápido, dale.
—Pe-pero…
—¡Dale, conchitumadre, dale!
El tipo puso primera y avanzó a dos por hora.
Reafirmándosele del pelo y caminando a la par del auto, Paraná lo arreaba a punta de revólver. El callejón daba al interior del puente. Ya se perdían en las sombras cuando Paraná oyó autos por la avenida.
—Afuera —ordenó—. Y sin hacerte el pija.
Siempre intentando mostrar las manos libres, el tipo destrabó la puerta. Bajó.
—Llévatelo, flaquito. Es tuyo.
—¿”Flaquito”, la puta que te parió? Flaquito tendrás el choto, pelotudo. Dame el celular.
Señalando, el tipo dijo:
—En el asiento del acompañante, está.
Paraná miro de reojo, sin dejar de apuntar. El tipo no mentía.
—Pegá la vuelta que te vas.
Un brillo de tranquilidad apareció en los ojos del pescado aquel.
—Me voy, sí. Lo que mandés, amigo.
Paraná le embocó un sopapo. Le dijo:
—Que salís, mogo, que te des vuelta. Y te me ponés las manos sobre el auto.
Enseguida Paraná lo bolsilleó. Encontró una billetera, lo único. Por lo cargada, prometía. Se la guardó sin ni siquiera revisarla. Hizo a un lado al tipo, siempre apuntando.
—Ahora caminá. Derechito y al frente.
—Dejame vivir —el tipo juntó las manos, suplicaba—. Es lo único que te pido.
—Pará de llorar, la concha de tu madre. —Haciéndolo avanzar, Paraná le tironeó la camisa por el hombro—. Obedece, puto.
Lo seguía por detrás. El tipo meta decir:
—Por la virgen te lo estoy pidiendo, amigo. No me...
 De un culatazo lo calló y le dijo:
—Dale, la puta que te parió, cerrá el orto y caminá. Si quería matarte, ya lo hubiese hecho.
Se detuvieron frente un pilón de ramas y hojas. Paraná le dijo:
—Ahora mantenete sin volver la vista y con los ojos bien cerrados. Quiero escucharte contar hasta cien. Cuando terminás, te puede dar vuelta. ¿Entendiste, pelotudo?
El perejil hizo que sí con la cabeza.
—Empezá, dale. Uno, dos, tres…
—Tres —repitió el tipo, que apenas le salía la voz—, cuatro, cinco, seis…
—Eso —dijo Paraná y se calzó el .38 al cinturón. Abrió la navaja.
—… quince —ya contaba el tipo cuando el filo le traspasó el cogote.

(Pablo Forcinito, En tu mundo raro y por ti aprendí, Bernal, Metalúcida, 2014, pág 87)


lunes, 16 de marzo de 2015

Cortando oreja

En tu mundo raro y por ti aprendí, Pablo Forcinito

Hay una expresión que aprendí leyendo a los personajes de Julián Ibáñez. Viene del mundo de los toros: “cortar oreja”. Signifca que una faena fue bien realizada, con resultado óptimo. Por eso el concepto se aplica al logro de Pablo Forcinito en esta, su primera novela. Claro que la elegí como título también por otras cuestiones. Pero no nos adelantemos.

Paraná comienza la historia humillado, arrastrado por el Yeti sobre mierda de perro. Es su primer día de clases, y así se presenta el entrerriano a Seba y el Colo. Es el nuevo en el curso, y será el protagonista de esta novela de violencia de suburbio. En un mundo de códigos adolescentes y música de bailanta, la amistad de estos tres es el envoltorio, la escenografía que Forcinito elige para narrar la transformación que llevará a Paraná de ser otro chico problemático a ser un asesino despiadado y ultraviolento. Un asesino que deja una marca distintiva: corta las orejas de sus víctimas.

Los dos amigos permanecen cerca de Paraná. Miran hacia otro lado, tratan de ignorar lo que, de manera cada vez más evidente, ese marginal hace. Pero con uno de ellos, Seba, el más “clasemedia” de los dos, crece un vínculo que trasciende la amistad plana que simulan en la superficie, para el mundo exterior. Una atracción erótica que sorprende a ambos, criados en un entorno que se adivina de virilidad exacerbada —piñas, minitas, pornocumbia, fierros—, pero que, para beneficio de la historia, no los paraliza. Al contrario: en el medio de la transformación asesina de Paraná, en ese mundo raro, crecerá algo como un amor áspero que arrastrará a los dos, y al lector, hasta el final de violento dramatismo.

Ambientada en un universo de suburbio empobrecido, Forcinito elige un lenguaje crudo, callejero, por momentos chocante. A su vez, las voces que construye registran con gran acierto el habla de la periferia. "Habla" en un sentido amplio ya que, como en la vida, abundan en la novela otras formas contemporáneas de la comunicación, como los mensajes de texto y las ventanas de chat. Con criterio, sea cual sea el canal, el autor toma de esa lengua coloquial sólo aquello que mejor se ajusta a su propósito narrativo, sin abusar de slang innecesario, algo que no siempre es fácil de manejar. Es que si bien En tu mundo raro y por ti aprendí es su primera incursión en la novela, Forcinito ha trabajado antes en poesía y, sobre todo, en cuento. Conocí y admiré oportunamente su trabajo en las antologías de la Abadía de Carfax (*). En aquellos relatos, algo apartados del realismo feroz de esta novela, pero como ella instalados siempre en el conurbano de Buenos Aires, ya mezclaba eficazmente la oralidad cotidiana con elementos sobrenaturales.

Un prometedor debut, un personaje de esos que se las traen —del que ya se anuncia una segunda parte para este 2015—, y a la vez una incorporación valiosa al interesante catálogo que de a poco va reuniendo la joven editora Metalúcida.

(*): mi preferido entre aquellos siempre fue Perras in de nai.


Seguí pinchando: si te interesa una historia de violencia orillera como la de Pablo, qué mejor que darse una vuelta, aquí y aquí, por algunas de las del querido amigo Leo Oyola (quien, dicho sea de paso, es responsable de la contratapa de En tu mundo raro).