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sábado, 22 de marzo de 2014

Viajante

Se pusieron a hablar. Aquel tipo tenía algo que le inspiraba confianza y, al mismo tiempo, le molestaba. Con una conversación sobre la cerveza en Alemania se puede discutir la noche entera, pero Blum tenía prisa y cambió de tema rápidamente. El hombre de marrón le comunicó que era viajante. Recorría los mercados y las zonas peatonales de las pequeñas ciudades desde el Bajo del Rin hasta Sauerland con unos productos de limpieza de calidad dudosa. Blum podía imaginárselo bajo el mapa mojado por la lluvia en la zona peatonal de Neheim-Hüsten con el jabón de espuma «despertar de la primavera» y el detergente «lana de oveja», dos productos que entablaban desde hacía cincuenta y siete años una batalla perdida contra Henkel, ante dos amas de casa con migraña y tres niños en edad escolar, dos de ellos de Asia Menor, un jueves por la tarde, con 13,30 marcos en el bolsillo y, como plan nocturno, una salchicha con ensalada de patata y una cama fría en el albergue cristiano. Aunque uno pudiera imaginárselo, eso no significaba que le fuera a pasar lo mismo, pero no obstante a Blum le entró un escalofrío por la espalda; un miedo más profundo que el que le tenía a todas las mafias.

(Jörg Fauser, El hombre de nieve, Madrid, Ediciones Akal, 2009)


viernes, 21 de marzo de 2014

Old Spice

Cuando llegó al número 316 dejó la caja sobre la cama, se quitó la chaqueta, subió la calefacción, echó un vistazo por la ventana y corrió la cortina.
Espuma de afeitar.
Espuma de afeitar Old Spice.
Una caja de espuma de afeitar Old Spice en la consigna de la estación central de Múnich. El resguardo de la consigna pegado a la peluca de un italiano que supuestamente se llamaba Rossi y al que se le vio por última vez el 13 de marzo en la Villa Aurora, bahía de San Pablo, Malta. Malta, estado insular del Mediterráneo, a medio camino entre Sicilia y África; forma de gobierno «república democrática» de «confesión católica», ¿no es cierto, inspector? 320.000 habitantes, exportaciones: hortalizas tempranas, frutas tropicales, emigrantes y señoras de la limpieza. Y ningún tesoro artístico. Un nido de traficantes, había dicho Larry. ¿Traficantes de Old Spice? ¿Adónde? ¿A Yida? Quizá mister Faq habría visto aquí una oportunidad de hacer negocios. Perdón: mister Haq. Hassan Abdul Haq. Madonna Salvani.
Al final, abrió la caja.
[…]
Blum se fue al baño y soltó una bola de espuma de afeitar en la bañera. Entonces el bote emitió un suspiro y ya no salió nada más. Demasiado poco para 300 mililitros. Una ausencia llamativa. No obstante, el bote aún pesaba. Doscientos gramos como poco, quizás algo más. Y comprobó que los otros también pesaban lo mismo. Blum sintió un hormigueo por debajo de la piel del cráneo. «Aléjate de esto, chico», le avisó una Voz, aunque hablaba demasiado bajo. No podía imponerse a las otras voces y, sobre todo, no podía imponerse al hormigueo. Se sentó en la moqueta con el bote y una navaja, y quitó el difusor de plástico. A una distancia de dos cigarrillos se encontraba una bolsa de celofán con polvo blanco. La sacó, abrió la bolsa, se humedeció el dedo y, después de introducirlo en el polvo, la probó.

(Jörg Fauser, El hombre de nieve, Madrid, Ediciones Akal, 2009)


jueves, 20 de marzo de 2014

Sexo en la jukebox

Una cucaracha macho agarró entre sus patas delanteras a una hembra y la montó. Cuando resbalaron hasta el título Don't go breaking my heart, Blum metió una moneda por la ranura de la gramola, apretó el botón y contempló cómo se apareaban. La jukebox estaba llena de cucarachas, tanto muertas como vivas. «Locas por el rock —pensó Blum—. Bailan sobre el vientre caliente y eléctrico de la máquina, bailan y follan hasta reventar. Espero que os divirtáis». El macho dejó ir a la hembra, que se arrastró sobre Sailing y La Barca, y se quedó inmóvil sobre Please don´t go. «El macho la ha matado. Entre los escorpiones es la hembra y entre las cucarachas, el macho. Así es la vida, pequeña». Blum cogió su cerveza y volvió a mirar hacia el callejón donde, en medio del estruendo de la música, las jóvenes acechaban a los turistas, que dudaban entre gastarse el dinero en media botella de vino para acompañar la comida o en comprarle a su mujer una camiseta en la que se leía: I lost my heart in Malta.

(Jörg Fauser, El hombre de nieve, Madrid, Ediciones Akal, 2009)


sábado, 15 de marzo de 2014

Polvo de los ochenta

El hombre de nieve, Jörg Fauser

Bucear sin descanso en los océanos inexplorados del género negro regala, de vez en cuando, una perla. Un autor o una novela cuyo hallazgo hunde en el olvido más definitivo a los diez fiascos nórdicos que la precedieron. Esa sensación es la que tengo luego de haberme encontrado con Jörg Fauser y El hombre de nieve.

El hombre de nieve narra una historia simple: la historia de Blum. Blum es un alemán buscavidas, generalmente metido en negocios que quedan del otro lado de la ley. Recorre Europa, a comienzos de los ochenta, vendiendo cargamentos de manteca de dudoso origen, algún que otro pasaporte robado, un Tiziano falso. Un día, el tipo se encuentra de la manera más casual —que incluye una peluca abandonada, un resguardo de consigna de estación a miles de kilómetros, y unos cuantos aerosoles de crema de afeitar Old Spice—, con dos kilos y medio de cocaína peruana de pureza extraordinaria. Listo, se dice, con esto me salvo: lo vendo y me salvo. Instalaré mi bar soñado, en una playa de las Bahamas.

Error, Blum. El narcotráfico no es tan sencillo.

Esta historia simple, de un sobreviviente que intenta sin éxito convertir dos kilos y medio de peruvian flakes en los marcos que le permitan cumplir su anhelo, logró atraparme de principio a fin por algunos aspectos sobresalientes.

En primer lugar, el lenguaje ácido, bien cínico. Se sufre bastante la traducción, es cierto, pero no tanto como para no apreciar la prosa aguda de este autor, que también hacía periodismo y poesía. Un lenguaje que es la alfombra roja para que camine, en ciertos tramos, un humor con esa pizca exacta de desencanto y tristeza que lo hace casi perfecto.

En segundo lugar, la lectura me atrapó por los escenarios, y un clima de época perfectamente logrado. Sabemos que es un lugar común decir que leyendo se viaja: yo prefiero los aviones. Pero mientras no los hay, me gusta leer historias que suceden en lugares exóticos, o en ambientes extraños de lugares conocidos, que estén bien logrados, que me puedan transportar. Teniendo en cuenta esto, una historia que comienza en una comisaría en Malta, esa piedra en el medio del Mediterráneo, roba mi atención al instante. Algo parecido pasa con la época. Estamos en el cruce de los agitados setenta a los afilados ochenta. Hay que acordarse de ese mundo, en el que la coca se estaba poniendo de moda. Y resulta que me lo encuentro a Blum en La Valeta, regateando con un paquistaní por un lote de viejas revistas porno danesas. “Estos son clásicos, amigo mío. Dinamarca, 1968, es como un vino de calidad”. Y yo, la verdad, a un personaje así lo sigo hasta el fin del mundo.

Como lo seguí por media Alemania (Federal, que todavía había dos), por Holanda y Bélgica. A Blum, con la nube de incertidumbre que arrastra sobre su cabeza, con su amarga visión de su país y de Europa toda, y a la troupe de personajes que lo acompañan. Está la chica, Cora, tan bella como peligrosa, el italiano Rossi, el enigmático Hagensack, posible espía norteamericano, y Larry, un excombatiente de Vietnam. Todos ellos son los que animan esta especie de road novel desquiciada y muy divertida.

Claro que no todas son tan buenas noticias. La mala es que Jörg Fauser murió en el 87, a los 43 años, atropellado en una autopista. Una muerte que, con el debido respeto, no deja de tener su Blum Stil. Vida corta que le alcanzó para ver mucho mundo, probar muchas drogas, y dejar publicados unos cuantos libros.

Hasta donde se sabe, El hombre de nieve es la única novela suya que se ha traducido al castellano.

Traducción: Emilio José González García

2/14


Otra vez, si te interesó esta novela, tal vez te guste alguna de las de Crumley, reseñadas acá y acá. Por sus personajes delirantes también me recordó a autores como Soriano y Salem, de quienes, por ahora, no hay reseñas en este blog.