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lunes, 5 de mayo de 2014

Dos a quererse


Mi ángel tiene alas negras, Elliott Chaze

Pensando en los grandes libros y en las tramas simples se me vino la imagen de un par de vías de tren. Una trama puede ser como las vías de un tren: sencilla, recta, plana. Hasta repetida. Sin embargo, sobre esa vía puede correr desde una modesta zorra, hasta un lujoso tren de pasajeros o un infinito convoy de carga, impulsado por varias locomotoras poderosas. Eso es lo que importa: la historia que se cuenta, que va arriba de esa trama sencilla. Y todo eso lo pensaba a propósito de esta pequeña joya que es Mi ángel tiene alas negras.

Tim Sunblade es el antihéroe de esta historia. Es un muchacho de veintisiete años, sureño, que estuvo preso, que fue operario petrolero y soldado en el Pacífico, y que está “harto de ser pobre”. En el sur de Louisiana conoce a Victoria, una prostituta. No tardan en emprender juntos un viaje “a cualquier parte”. Pero resulta que no es tan cualquiera: es Denver, en Colorado, donde Tim piensa ejecutar su plan para el robo a un camión de caudales. Como resulta que Victoria también está huyendo, le viene bien asociarse con Tim para dar el golpe y cambiar la suerte. Digamos que, hasta acá, es una trama de tantas, motorizada por el dinero y el sexo. Una par de vías sobre las que Chaze lanza a correr su tren, la historia que quiere contar: una historia de amor y de derrota.

Porque Mi ángel tiene alas negras es eso y no otra cosa: la historia de un amor extraño. Enroscado, con vaivenes de tormenta, con desconfianza y desenfreno, pero amor al fin. Claro que contado en clave de novela negra: con un protagonista perdedor y una mujer fatal, atrapados en una sociedad que no sólo se ríe de sus desventuras sino que los invita al delito, en la creencia de que la libertad está en nadar un mar de billetes, ¿qué otra cosa puede ser si no una novela negra?

Y una de las buenas, en este caso. De esas que uno agradece cuando se le cruzan en el camino. Porque encontrarse con un estilo como el de Chaze, y con una traducción como la de Carlos Gardini —ese gran escritor argentino cuyas traducciones me hicieron amar a Ellroy— es cualquier cosa menos frecuente. Una escritura depurada, con brillo poético en las descripciones, perfecta para moldear y pulir estos personajes sólidos. Con la voz de Tim como narrador en primera persona, con el humor justo que se destila del cinismo y la ironía manejados con maestría, Chaze nos lleva a ver los corazones desgarrados de este dúo, cruzando medio país hasta alcanzar el más melancólico de los finales.

Una novela brillante de un autor desconocido —aun cuando Elliott Chaze fue un narrador y periodista prolífico y de culto en su país, esta sería su única obra traducida al castellano—, que se convierten en el secreto negro mejor guardado del excelente catálogo que está construyendo La Bestia Equilátera.

Traducción: Carlos Gardini

3/14

Seguí pinchando: Por el vuelo de su estilo, por los personajes, por el viaje hacia “cualquier parte”, si te interesó esta obra, tal vez te interese conocer a otro autor de culto comentado aquí: Marc Behm, en especial su novela La mirada del observador.

lunes, 14 de abril de 2014

Descendió a los infiernos

El diablo a todas horas, Donald Ray Pollock


En el lenguaje del fútbol se usa, para ciertos jugadores, el calificativo de “diferente”. “Diferente” es el jugador inesperado, el que siempre descoloca. Es ese mismo concepto, amplísimo, es el primero —y solo el primero— que me dispara una obra como El diablo a todas horas. Una novela singular, que elude todo encasillamiento fácil, excepto uno: es gran literatura.

En el período que va desde el final de la guerra y los años sesenta, en algún lugar sumergido entre Ohio y Virginia Occidental, transcurren las historias que se entrelazan en esta novela, tan magnética como horrorosa. Que comienza y termina, perfecto círculo, en el mismo lugar: un altar precario en medio de un bosque. Un tronco para rezar, impregnado con la sangre de mil sacrificios. En ambos extremos de la historia se encuentra Arvin, el protagonista principal. El hijo de Willard y Charlotte, criado por Emma, hermano adoptivo de Lenora. Su camino se cruzará con el de Carl y Sandy —serial killers carreteros con pretensiones de artistas—, con el del thompsoniano sheriff Bodecker, con el de Roy Laferty y el tullido Theodore —monstruos de circo asesinos y fugitivos—, con el del demoníaco predicador Teagardin. Todos ellos son las criaturas que pueblan este escenario de brutalidad extrema, este verdadero valle de lágrimas.

A las pocas páginas ya queda claro que El diablo a todas horas no es una novela negra que apele a los elementos clásicos del género: nada de investigación, detective, negocios turbios, corrupción, misterio. Nada de eso. Sin embargo, a esta altura del siglo XXI sabemos que la novela negra ya no se nutre solamente de esos elementos clásicos “de la novela negra”. Ya no. La novela negra se ha reformulado, ampliado, para hablar con nuevas formas, por nuevos canales, de lo que siempre ha hablado: de lo negro en el hombre, como individuo o como organismo social. Los ejemplos abundan, incluso comentados en este blog. Y en este sentido, la de Pollock es también una novela negrísima, que bebe del mismo arroyo que Cain y que Thompson.

Pollock elige situar a sus aberraciones, sus monstruos, en la misma geografía de su aclamado libro de cuentos, Knockemstiff. Un escenario de pobreza extrema, de ignorancia, de almas perdidas por el alcohol, donde la violencia es un modo de vida. Un lugar en el que Dios está ausente, pero no su amenaza: castigo y pecado y sacrificio son los pilares de una religiosidad terrorífica y deforme. Una tierra de fanáticos que no puede generar más que desgracias.

Quien se le anime a esta historia encontrará un lenguaje que ha perturbado a más de uno por su sordidez y crudeza. Sin embargo, poner el foco en ese “escándalo” no deja de ser, por lo menos, una visión corta para una obra tan poderosa. Es cierto que hay sangre, abusos, podredumbre y crimen por todos lados. Pero nada tiene un propósito gratuito —aun cuando, hay que admitirlo, por momentos ahoga tanto que uno tiende a abandonar la lectura—, sino que hasta el último gusano tienen su sentido al servicio de la historia.

Pollock elige para su relato un narrador omnisciente que, como debe ser, nunca juzga. Pero es a través del manejo muy cuidado del punto de vista de sus embrutecidos personajes que nos permite vislumbrar destellos de humanidad que subsisten en algunos de ellos. Y esto, en medio de la mugre que todo lo contamina, es un enorme mérito. Creo que el mayor de toda la novela: hacernos creer que en algún rincón de esas almas perversas, hijas de un Dios monstruoso y que arrastrarán para siempre sus manchas de sangre, se mantenga la posibilidad de lo bueno. Eso es lo mejor que logra Pollock en esta novela que, te puede asegurar, no vas a olvidar fácilmente.

La traducción es de Javier Calvo, y estoy seguro de que mucho tiene que ver con el brillante resultado.

3/14


Seguí pinchando: si te interesa esta obra, tal vez te interese la de otros autores comentados en este blog, de esos que transitan el terreno gris entre la novela negra y el realismo sucio: Bunker, Carpenter o Fante son ejemplos. Woodrell también: sus hillbillies bien podrían ser descendientes de los de Pollock, una vez que se mudaron unas millas al noroeste, a las Ozark Mountains…

lunes, 24 de febrero de 2014

Gracias por el pulp

La luna de los asesinos, Donald Westlake

Hubo una época en que los libros venían en papel rústico de verdad, papel pulp, porque debían ser baratos. Una época en la que salían cientos de esos libros por semana, porque eran un entretenimiento tan bueno como cualquier otro, pero más accesible. Esos autores sacaban tres o cuatro novelas por año, porque ese era el ritmo que les permitía parar la olla. Una época de mil seudónimos, de tracción a sangre, papel carbónico y letras de fundición. Donald Westlake (1933-2008), con sus más de cien libros, es de esa época. Entonces no parecía una buena idea emular a los clásicos, ahondar en los grandes dilemas morales de la condición humana, pulir el estilo, aspirar al mármol. No: había que escribir, entregar, vender, cobrar. Comer. Era una escritura industrial. Pop. Para entretener. De personajes muy duros, ajenos a toda corrección política. Habrá pilas de autores de esa época hundidos en el olvido. Pero hay otros que, a fuerza de teclear y teclear, páginas y páginas, brillan con luz propia en ese universo. Westlake es uno de ellos. ¿Qué esperamos para llamarlo Clásico, así, con C mayúscula? ¡Es el tipo que inventó a Parker, alguien debería inaugurar un Hall of Fame para él solo!

La luna de los asesinos es la decimosexta novela de Parker (*). Publicada en 1974, doce años después de la inicial, A quemarropa, es la que cierra la primera etapa de ese personaje (volvería a salir una recién en 1997, por lo que durante mucho tiempo fue la “última” de la serie). La trama tiene ciertos puntos de contacto con aquella. Aquí también Parker vuelve a buscar algo que es suyo. Esta vez es a Tyler, una ciudad de Mississippi. Allí tuvo que dejar, hace unos años, un botín escondido en un parque de diversiones. Con su socio, el actor y ladrón Alan Grofield, Parker confirma que la plata ya no está donde la habían dejado. Entonces comienza a apretar a Lozini, el jefe mafioso de la ciudad. Como suele pasar, Parker y Grofield no llegan en buen momento: en unos días hay elecciones en Tyler, al capo Al Lozini le están serruchando el piso sus laderos, sus policías contratados. Y encima le cae Parker, que lo único que quiere es llevarse de vuelta sus 73.000 dólares. Cuando Grofield es herido, y tomado como rehén, digamos que se pudre todo: Parker convoca a una docena de delincuentes de todo el país con los que ya ha trabajado antes. Parker será el cerebro de una operación conjunta memorable para liberar a Grofield y arrasar con la organización, desatando una batalla sangrienta, apocalíptica.

Con casi el doble de extensión que las habituales historias de Parker, La luna de los asesinos es un Parker con todas las letras. Su estilo, su violencia extrema, los diálogos cortados a cuchillo, la acción: todos los ingredientes de la fórmula que ha llevado a Westlake al lugar de clásico que se merece están presentes en esta novela. Que, por ser “la última”, tiene algún aroma de coda, con esa convocatoria final de Parker a todos sus colegas. ¿Colegas o amigos?

Se ha dicho que Parker no tiene amigos. Que no tiene sentido moral, y que actúa y piensa —inteligencia extraordinaria— sólo de acuerdo a sus propios intereses, siempre. Lo que es real. Pero en esta novela, en cierto pasaje, Parker tiene un diálogo que ha planteado, en su momento, una controversia entre los “especialistas” en el personaje de Westlake. Que Parker no dice esas cosas, que no piensa así, que es incoherente. Desde luego, además de que Westlake resuelve con maestría esa aparente contradicción, la explicación es simple: Parker terminó siendo un personaje bastante más complejo —el propio Westlake decía de él que era “un artista, y sus trabajos son sus lienzos”— que aquel despiadado asesino que apareció en A quemarropa.

Cuando pienso en la influencia de Westlake y Parker en la ficción actual de este género vuelve a venirme a la mente el Jack Reacher de Child: una especie de Parker “legal”. Pero, hablando de influencias, bastante se ha hablado de las que Westlake ha ejercido sobre autores como Elmore Leonard (aunque, pensándolo bien y en persepectiva temporal, es más lógico hablar de ida y vuelta, de influencias mutuas en dos carreras paralelas). El humor debe ser una de ellas, y es algo que se percibe claramente en esta novela y que la diferencia de aquella primera de la serie.

Cuando uno lleva algunos años leyendo este género, se hace más fácil detectar “la escritura original”. Salta enseguida cuando uno se encuentra con ella, la que desparramó la semilla que uno viene viendo florecer acá y allá, en pilas de autores. Es esa sensación de “este tipo ya lo había inventado todo”. Como cuando escuchás a los Beatles, ponele. En este género pasa con Chandler, con Hammett, con Cain.

Y también pasa con Westlake/Stark: agarrá cualquiera de sus libros y comprobalo vos mismo.

Traducción: Bruno Suárez

1/14

(*) Todas las novelas de Parker fueron publicadas originalmente bajo el seudónimo de Richard Stark. Llama la atención que esta edición en español aparezca firmada por Donald Westlake.

Si te interesó esta reseña, date una vuelta por:
A quemarropa, Richard Stark

El enemigo, Lee Child

martes, 26 de marzo de 2013

Ojo que ve, corazón que siente


La mirada del observador, Marc Behm

¿De dónde salió Marc Behm? ¿Qué es lo que hizo a este tipo, que estuvo en Normandia en el día D, y que después amó a esa tierra invadida al punto de adoptarla como propia, que fue completamente ignorado en su país natal y que empezó a publicar de grande, qué fue lo que lo hizo el extraño escritor que es? ¿Genes, experiencia de vida, formación? ¿Qué?

La mirada del observador es una obra maestra. Así nomás, lo digo como para empezar y me lo saco de encima. Esperemos que al terminar de escribir este comentario me quede claro el porqué: siempre que me encuentro con algo así, de semejante estatura —no muchas veces— es más lo que sé, siento, intuyo que lo que puedo racionalmente explicar.

La mirada del observador es la historia de una persecución. Un matrimonio pudiente encarga a una agencia de detectives que vigilen a la novia de su heredero. Sospechan que se trata de una caza fortunas. La agencia asigna la tarea a uno de sus detectives. El Ojo. Así se llama, el Ojo. No parece que sea el mejor detective de la agencia. Mata las horas en su escritorio gris, resolviendo crucigramas y mirando una foto en la que se ve un aula con unas cuantas niñas. El Ojo sabe que una de ellas es su hija, pero no sabe cuál. Hace años que sueña con encontrarla. Un tipo atormentado por esa foto, este Ojo.

Y justo a él le encargan que vigile a la novia sospechosa. Con su cámara Minolta comienza a seguirla, y en poco tiempo comprende que la chica es una asesina hecha y derecha: liquida a sus maridos ni bien les despluma las cuentas bancarias. El joven heredero no es el primero, ni será el último. ¿Qué hacer con ella? ¿Entregarla a la policía, redactar un informe, resolver el caso?

Nada de eso. El Ojo comienza a perseguirla por todo el país. Al principio se limita a observar sus crímenes. Los anticipa, incluso. Se obsesiona con esta belleza de mil nombres. Más tarde comienza a protegerla, a trabajar para que esa mujer, que ignora su presencia, pueda seguir escapando. Se convierte en su cómplice oculto, y la convierte a ella en el motor que arrastra su propia vida.

Este argumento de apariencia simple es todo lo que necesitó Marc Behm para construir un hechizo en forma de novela negra. Para dejarme con la mandíbula caída, tratando de entender cómo hace lo que hace. ¿Por qué esta historia con forma de eterno loop ­—marido, crimen, viaje— resulta tan hipnótica? Ensayo mis razones.

Una, la construcción de los personajes. El de Joanna —digamos que ese es su nombre— es inolvidable. Una asesina por naturaleza, mata para vivir. Pero el de el Ojo es, además de inolvidable, innovador. Rompe con todo, es de una nueva categoría: es el “personaje omnisciente”. Un personaje que todo lo ve, y a quien nosotros vemos desesperar, enamorarse, delinquir, llorar. Volverse loco en aviones y trenes, resolviendo crucigramas absurdos, preso de un lazo que sólo podría explicarse a través de esa hija que es su anhelo último.

Pero además de los personajes, encandila el estilo de este escritor único, que se anima a todo. Lírico cuando necesita emocionar, Behm sabe resumir en una línea miles de kilómetros, y detenerse sólo en lo que importa para su historia: lo otro pasa veloz. Habrá quien lo lea y de pronto exclame “¡Ey! ¿Cómo hace el Ojo para saber qué escena de Hamlet está leyendo ella en un avión mientras un marinero intenta levantársela? ¿Cómo hace para escuchar sus conversaciones en una fiesta, sin ser detectado por ella?”. Minucias: una “verosimilitud de bajo nivel” que se le puede exigir a historias corrientes, pero no a esta. Naturalmente, Marc Behm lo sabe, y no le importa, porque lo suyo funciona igual. Sospecho que la razón es la maestría con la que el autor maneja el punto de vista de este raro personaje, dotándolo de la omnipresencia propia del narrador —la novela está narrada en tercera persona—, sin que al lector le haga el más mínimo ruido.

La osadía que se necesita para escribir así tal vez sea el rasgo sobresaliente que yo encuentre en este autor, hoy considerado de culto. Marc Behm es un escritor valiente, que se animó a escribir con voz propia y única en este género que —género al fin— tiene sus convenciones, a veces más rígidas de lo que nos gusta admitir a los aficionados a él.

El hecho de que exista tan poco material traducido de este autor, descubierto en los ochentas por Paco Ignacio Taibo II ­—que lo publicó en la recordada “Etiqueta Negra” de Júcar, en la fallida “Círculo Hueco” de Thassália, y hasta en el volumen Aullidos, publicado en la Semana Negra de Gijón— aumenta el valor de este “rescate clásico” de Serie Negra de RBA, con prólogo de Paco Camarasa.

Traducción: Beatriz Pottecher
2/13