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jueves, 22 de septiembre de 2011

El país sin límites

En fin, aún faltaba un largo trecho para andar juntos, esa noche y los días que siguieran. La noche es larga, me dije, y el mañana siempre es incierto. Y en consecuencia, la pregunta que me hacía mientras atravesaba la ciudad de Corrientes, que dormía con la misma unanimidad con que reza y con que canta, no era ni cuándo ni cómo, no era ni siquiera por qué. La pregunta que me hacía era acerca de los límites. ¿Dónde estaban los límites? Y la respuesta era, obviamente, que no había límites, que ya no los había porque yo era hijo, y quizás uno de los hijos más sinceros, de un país en el que lo único que estaba verdadera y rotundamente claro era que lo ilimitado era norma, que todo lo que cualquier imaginación quisiese inventar era posible y que en todo caso se trataba de ver cuán pródiga o frenética era la propia.

(Mempo Giardinelli, El décimo infierno, Buenos Aires, Ediciones B, 2010, pág 68)

lunes, 19 de septiembre de 2011

Matando con el enemigo

El décimo Infierno, Mempo Giardinelli

El décimo infierno narra una historia de pasiones desbocadas, desenfrenadas, descontroladas. En fin, de pasiones. Y de muerte, mucha muerte. El escenario es nuevamente el caliente Chaco, lugar de nacimiento del propio Giardinelli, pero esta vez no estamos en época de la dictadura sino en los albores del tercer milenio.
Alfredo Romero es un operador inmobiliario de Resistencia. En este Payton Place argentino, Alfredo tiene una caliente relación íntima con Griselda, la apetecible esposa de su socio. Testigos de la inexplicable abulia de este último, y algo irritados por semejante pasividad, deciden matarlo. Así nomás, en una charla casual: “¿Y cómo lo haríamos?”
El plan de Alfredo y Griselda es la ausencia de plan: lo liquidan de un fierrazo. Y escapan. ¿Adónde? Al patio trasero del patio trasero, es decir, al Paraguay. Ese camino es un reguero de sangre vertiginoso que no da respiro al lector. En ese periplo tan violento como entretenido, Alfredo y Griselda eligen arrasar con la moral biempensante “clasemedia argenta” para vivir lejos de sus ataduras. ¿Que el precio es cargarse a unos cuantos infelices? ¿Y a quién le importa?
Recordando la recientemente comentada Luna caliente, da la sensación de que para un escritor de la talla de Giardinelli escribir El décimo infierno fue apenas un entretenimiento menor, un pasatiempo entre la escritura de obras mayores, ¿quién lo sabe? Pero no deja de ser una apreciación errónea. Escribir una nouvelle —apenas alcanza las 100 páginas— como esta no es un trabajo fácil o al alcance de cualquiera. Para nada. La novela se lee de un tirón, lo que es un mérito enorme. Está plagada de buenos cliffhangers que obligan a dar vuelta la página en busca del siguiente capítulo. A su vez reflexiona con agudeza sobre los frívolos noventa, y sobre la doble moral y la hipocresía de ciertos sectores de nuestra sociedad. Y lo que más me gustó: la forma en que el horror y la locura van carcomiendo esa relación entre Alfredo y Griselda, que son primero amantes, luego cómplices y luego…
El final de la novela no me pareció de lo más redondo, tal vez por lo ambiguo de la resolución. Pero el mismo no le quita ni un gramo de interés: bueno novela, muy entretenida, y muy bien escrita.
9/11

jueves, 25 de agosto de 2011

Menos asesino

No era posible, y sin embargo… Carajo, otra vez no estaba soñando. Se quedó en la cama, mirando el techo, asombrado y reconociendo sentimientos contradictorios: lo aliviaba saberse menos asesino, pero a la vez sentía rabia por todo lo que había pasado, y que pudo no suceder si se hubiese dado cuenta… Pero, ¿qué era eso de sentirse menos asesino? ¿Qué era sino una comprobación ridícula?

Primero fue De Quincey, se dijo, y luego Dostoievski, los que señalaron que los humanos, en alarde de cinismo o de ociosidad, gozamos con el crimen. En algún lugar nuestro disfrutamos, admirativos, el horror de un asesinato. Podemos condenarlo, después, y seremos jueces implacables, pero en un primer momento el crimen nos deslumbra, nos impacta hasta la admiración.

No es posible ser “menos asesino”. Así como si un solo ser te falta, todo está despoblado, así una muerte producida por mis manos es todas las muertes.

(Mempo Giardinelli, Luna caliente, Buenos Aires, Edhasa, 2009, pág 49)

lunes, 22 de agosto de 2011

Cómo mata el viento norte

Luna caliente, Mempo Giardinelli

Un joven y promisorio abogado, con estudios doctorales realizados en Francia, regresa a su tierra natal, el Chaco. Es recibido con honores. Lo espera un futuro como funcionario público o como juez.

Un asesino escondido en una húmeda habitación del Hotel Guaraní, en Asunción. La culpa se le está volviendo paranoia y terror: sabe que de un momento a otro lo vendrán a buscar.

El primero y el segundo no son dos personajes distintos de Luna caliente, sino uno solo: Ramiro Bernárdez. Lo que media entre aquel brillante doctor y este fugitivo acorralado se llama Araceli, una niña de trece años que arrasó con todo, como un viento caliente del páramo chaqueño.

Luna caliente es una historia sórdida de sangre y erotismo, cuya oscuridad se ve potenciada por el ambiente ominoso de la dictadura, cuando los retenes militares en las rutas podían significar algo mucho peor que un control de documentación. Una historia cuyo disparador es, ni más ni menos, el deseo sexual de un adulto por una nena de trece años, que encima corresponde a ese deseo. Es un tema delicado si los hay, pero en la mano maestra de Giardinelli logra transmitir al lector la angustia, la desesperación y el dolor que provoca el deseo cuando es ingobernable.

Novela negrísima sobre las pasiones humanas y su potencial para trastornar los planes, las vidas, las almas, el mundo, Luna caliente debería ser considerada a estas alturas un clásico de la literatura de género negro escrita en Argentina. Con un registro estilístico perfecto —seco, filoso, frases cortas, diálogos precisos—, con la economía de recursos y la unidad de efecto que se espera de un cuento —no en vano, Giardinelli es considerado uno de nuestros mejores cuentistas vivos— esta nouvelle de poco más de 120 páginas, se lee de un tirón.

Un viaje estremecedor al Chaco de la dictadura, a los arroyos infestados de mosquitos en los que espera la muerte. Un viaje al sexo prohibido de Ramiro y Araceli.

Todos lugares tan calientes y húmedos como el mismísimo Infierno.

8/11