Mostrando entradas con la etiqueta abogado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abogado. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de febrero de 2014

Elogio de la brevedad

El caso Collini, Ferdinand von Schirach


Esta nueva joya del tremendo narrador alemán comienza con la descripción de un asesinato. Con nombre y apellidos. Quiero decir, el “caso” del que tratará la novela ya de entrada está resuelto. Hace poco comenté aquí otra en la que pasaba algo similar. Desde luego, en ambas novelas queda mucho por contar después de ese “misterio develado” inicial. Pero mientras aquella desarrollaba una trama tendiente a una explicación lógica, al descubrimiento de un engaño, a la demostración de una inocencia, en esta Von Schirach deja todo eso de lado. Como si fueran artificios infantiles de los que no valiera la pena ocuparse. Elige en cambio otro camino, la narración de otra historia: una reflexión sobre la culpa, la venganza, el deber, la bajeza, la ley. Y logra en su primera novela, que es en verdad nouvelle, la misma altura que había alcanzado con sus relatos en Crímenes y Culpa. Lo que es mucho decir.

La historia la protagoniza Caspar Leinen, un joven e idealista abogado. Como defensor de oficio, le cae este caso. Collini, un italiano en sus sesenta y pico, ha asesinado a un encumbrado industrial, ya anciano, en un hotel de Berlín. Fue algo muy planeado, pero no diría que a sangre fría: hay mucha saña, mucha violencia. El asunto es que Collini no quiere defenderse, ni develar su móvil. Para colmo, Leinen descubre que la víctima es alguien con quien lo ha unido un profundo afecto desde su infancia. Cuando intenta desligarse del caso ya es tarde: para los procedimientos penales, pero sobre todo para su conciencia. Leinen concluye que Collini merece la mejor de las defensas, y se propone trabajar para ello.

La novela narra el juicio, y cómo, luchando contra sus afectos y su propia historia, Leinen revela el móvil de Collini. En ese proceso, el joven abogado trae a la superficie un artilugio oculto en la maquinaria legal alemana, que, introducido entre gallos y medianoche allá por finales de los sesenta, garantizó la impunidad a una pila de jerarcas nazis a través de la prescripción de sus delitos. Algo relacionado con el concepto de obediencia debida (término que, lamentablemente, también es demasiado familiar por estas pampas).

El caso Collini es un libro magistral. En general, por los mismos motivos que hicieron best seller al autor con sus anteriores colecciones de relatos. Y aunque parezca una paradoja, esta nouvelle (menos de 150 páginas), primer texto “largo” del autor, tiene su mayor fortaleza en la brevedad. Sólo un maestro puede contar todo lo que cuenta en tan pocas páginas, manteniendo caliente el interés del lector devorando páginas. Y eso que estamos hablando de un libro acerca de un juicio. No es una persecución de espías por diez ciudades de Europa, no: ¡es un juicio! En esas pocas páginas, con una economía y una sequedad de lenguaje asombrosas, en las que el más mínimo detalle narra, asistimos a un par de escenas brutales de asesinato (*), a la historia de la infancia de Leinen, a sus dilemas morales como abogado. Y, como si todo eso fuera poco, Von Schirach se las arregla para presentarnos de forma clara un asunto técnico como el hueco legal mencionado. Hueco a través del cual todavía asoma la culpa que arrastra toda la sociedad alemana por los crímenes del nazismo.

Ferdinand von Schirach es pocas palabras y mucha literatura: un narrador extraordinario.

Traducción: María José Díez Pérez

1/14


(*): esconderse en un rincón de la librería para la LGC1 (“lectura gratuita del capítulo 1”) y apreciar el uso narrativo de los detalles en la brutal escena del crimen: las manchas de la piel en las manos del anciano Meyer, los clavos del zapato de Collini arañando el mármol.

martes, 11 de junio de 2013

De lluvias y destinos

Los hombres mojados no temen la lluvia, Juan Madrid

El creador de Toni Romano vuelve con esta historia, ganadora del XIV premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones. Como admirador confeso de su obra, no tardé en conseguirme un ejemplar.

Conocí entonces a Liberto Ruano, su protagonista y uno de los narradores. Líber es un abogado de mediana edad, que ejerce en Madrid. Tiene como socio a Feiman, un argentino exiliado desde la época de la dictadura. Crisis de por medio, al bufete no le sobran los clientes: Líber está por estos días más flexible a la hora de elegirlos. Para un abogado soltero, liberal y muy mujeriego, esto puede ser un arma de doble filo. Ruano y Feiman lo comprueban cuando, recomendada por una amiga del primero, llega al bufete Jenifer. Ese no es su nombre real sino el que la chica usa para trabajar de prostituta en los hoteles de Madrid. El asunto que la trae tiene relación con un DVD comprometedor, un intento de chantaje, un hombre poderoso. Y amenazas. Serias amenazas. Tan serias que Jenifer no tarda en aparecer asesinada en su departamento. ¿A quién se lo señala como sospechoso? A Liberto Ruano.

También conocí a Aurelio Pescador. Aurelio es calabrés, descendiente de españoles que se asentaron en la península hace un par de siglos. Habla poco Aurelio —en la novela, y en general—, pero supe que es un asesino que trabaja para la mafia calabresa, la ‘ndrangheta. Viene haciendo su trabajo en España desde los años sesenta. Eran otros tiempos, florecientes de negocios sucios. Igual que ahora, sólo que Aurelio ahora está viejo y por retirarse. Apenas hace algunos trabajos de investigador para un bufete de abogados. El de Ruano y Feiman, por supuesto.

En la búsqueda de entender lo que le pasó a Jenifer, Liberto se sumerge en una red en la que aparecen las grandes corporaciones, los bancos y las vinculaciones de estos con la mafia calabresa. Esta es la trama negrocriminal de la novela. Pero no es la única. Porque paralelamente vamos conociendo —gracias también a la voz de Aurelio— aspectos de la vida del propio Liberto. Zonas grises de su historia. Sus tortuosas relaciones con las mujeres. Su afición por las prostitutas. Una madre que muere joven y que visita sus sueños. Una nodriza que lo cría y lo enamora. La casona familiar intacta y solitaria, reliquias de significado borroso. En suma, un destino que Liberto va descubriendo y del que no podrá liberarse (releo esta frase y pienso en la importancia de elegir un nombre para un personaje).

Como en varias de sus novelas, en Los hombres mojados… vuelve a aparecer el alter ego del autor, el escritor Juan Delforo. Los brillantes diálogos entre Liberto y Delforo —antiguo cliente del abogado— recorren la actual crisis, la política, la ideología y la literatura. No sólo la de Nabokov, Hemingway, Flaubert o Borges, sino también la del propio Madrid, en un guiño cálido para los que admiramos y conocemos su obra. Pero aquí además aparece el dueño de una pensión de Salobreña, “El Jardín de las Letras”, que se llama Juan y es escritor. Cualquier parecido con la realidad…   

Debo decir que como lector suyo que soy tengo una sospecha: mucho, muchísimo más allá de una trama negra de corrupción, más allá del drama familiar de Liberto Ruano, esta es una novela de Juan Madrid y sobre Juan Madrid. Voy a tratar de explicarlo así: casi siempre me pasa con las novelas del malagueño —bastante más en esta ocasión— que no puedo evitar identificar a sus personajes con el propio Madrid. Por supuesto, no lo conozco personalmente al escritor. Aunque no creo que ninguno hable como él —y allí reside el gran mérito—, imagino que Juan Madrid tiene algo de Toni Romano, algo de Liberto Ruano, mucho de Juan Delforo. Que los escenarios que sus personajes transitan y aman son los mismos que él ama transitar, una Madrid actual que duele, una que ya no está y se añora. En suma, no me extrañaría que Juan Madrid fuera un gran amigo de sus propios personajes, que tuviera con ellos coincidencias filosóficas, ideológicas, gastronómicas, etílicas. En fin, un comentario personal de escaso interés desde lo crítico, pero que quise escribir porque creo que dice algo acerca de este gran autor y sus historias. Y porque encontré que no soy el único que sintió esto al leer Los hombres mojados no temen la lluvia: el escritor Jesús Lens, que parece que lo conoce bastante a Madrid, lo dice mucho mejor que yo en este comentario publicado en su blog.


Con los mismos diálogos perfectos de siempre, de estilo seco y máxima eficacia, con sus personajes nuevos y conocidos, con su intransigente visión del calamitoso estado de situación, Los hombres mojados no temen la lluvia es un Juan Madrid en estado de máxima pureza. Altamente recomendable.

5/13

martes, 22 de enero de 2013

Cuando nada es lo que parece


Culpa, Ferdinand von Schirach

¿Qué tienen en común la física de partículas, el ikebana, la cría del esturión atlántico europeo, el derecho penal y la crítica literaria? Que son conceptos o áreas con las que la mayoría de nosotros no está familiarizado. Hay que ser un especialista para arriesgar una definición, y casi siempre se hará evidente para quien escucha que estamos “verseando”. En cambio, ¿quién no está familiarizado con el concepto de justicia? ¿Y con el de culpa? Papá, mamá, maestras, curas y psicoanalistas han dejado sus improntas en nuestro chip. Después, Hollywood, pochoclo y finales felices hicieron el resto. Lo cierto es que sabemos lo que es justo y lo que no, y que sentimos culpa cuando no somos buenos chicos. Nunca pareció complicado, ¿no?

Bueno, la idea que queda luego de leer esta magnífica segunda entrega de los relatos de Ferdinand von Schirach es que, ejem, no, no es tan sencillo. Al igual que en Crímenes, en Culpa el autor nos lleva a reflexionar sobre asuntos que creemos conocer, hasta volverlos extraños. ¿No es eso lo que se espera de una obra literaria? Que ataque las certezas, que las dé vuelta como una media y las muestre desde todos los ángulos posibles. Que nos haga ganar perspectiva, y crecer un poco.

Lo bueno es que Von Schirach lo logra narrando con una destreza y una parquedad que conmueven. No le sobra una palabra, y las que elige le alcanzan para llegar hondo. Examinando las variaciones de la culpa en delincuentes, víctimas, abogados y jueces, el bueno de Ferdinand aterroriza y emociona. No sólo es efectista —en el buen sentido, en el sentido de Poe—, sino que también es tremendamente eficaz. Como las bellas máquinas simples, su narrativa funciona sólida, tanto en forma como en contenido. Digo esto porque me pasa que cuando leo en una contratapa que el autor nos habla del “insondable comportamiento humano” desconfío un poco: es la clase de afirmación apta para presentar autores que confunden finales abiertos con historias mal cerradas. Nada más lejos de Von Schirach, que pega fuerte y duro, siempre con la técnica adecuada.

Cuando te metas en estas historias negras y criminales —ojalá puedas hacerlo pronto— te vas a cruzar con un par de jóvenes abogados que pierden la inocencia al defender con éxito a una banda de violadores. Y con mujeres maltratadas y vecinos solidarios. Entenderás la diferencia entre llamarte Turan y Tarun. Sabrás de la crueldad de los chicos de un colegio caro, y de lo que es capaz de hacer una niña celosa. En “La llave” —una de mis preferidas, una novela negra concentrada— conocerás narcos rusos que asesinan chechenos, unas pastillas que vienen de Ámsterdam, un perro que se traga una llave. En “Secretos” —redondísima, brillante, de lo mejor—, a un adorable loco que te sorprenderá en el final.

Culpa es otra brillante colección de historias. Es adictiva como toda buena literatura. Recuerdo que me hice con mi ejemplar un día cualquiera. Estaría leyendo, como es habitual, mis dos o tres libros simultáneos. Pero fue abrir este y congelar a todos los demás. Por unas horas, no necesité otra cosa que estas páginas. Y fue maravilloso.

Traducción: María José Diez Pérez

12/12

lunes, 13 de febrero de 2012

Sobre una fina capa de hielo

Crímenes, Ferdinand von Schirach



Se sabe que el relato corto participa del origen del género negro. La revista Black Mask, y toda esa movida que acompañó a la Gran Depresión. Y eso para no hablar del estadío evolutivo previo, con Poe y su investigador Dupin. Sin embargo, en mi experiencia personal, el canal ancho de acercamiento al género fue siempre la novela. Incluyendo las de esos mismos autores que publicaban en aquellas revistas baratas. Desde luego, coleccionadicto como soy, he leído más tarde aquí y allá los relatos cortos de Chandler, alguno de Hammet, o de Ross Macdonald. Pero fueron excepciones, breves paseos por las afueras de la fortaleza, para siempre volver a la seguridad de la novela. ¿Será que no hemos tenido por estas latitudas las revistas de relatos tan populares en el norte? Quién lo sabe.

El asunto es que hoy voy a escribir sobre una excelente colección de relatos. Eso es Crímenes, de un autor hasta ahora desconocido para mí, y creo que para muchos lectores en español. Fenómeno de ventas en Alemania, donde creo que ya ha editado un par de libros posteriores a este, Von Schirach es un abogado penalista que ejerce en Berlín, y a quien se le dio por escribir ficciones basadas en/inspiradas en/con elementos de los casos en los que se ha visto envuelto. Y lo hace maravillosamente bien.

Los sucesos que se narran, los personajes que intervienen, todos pertenecen a los ambientes del género negro: prostitutas, políticos de moral dudosa, pequeños traficantes, ladrones, pandilleros skin, asesinos profesionales y amateurs, locos diversos. Lejos de los acristalados rascacielos del poder, monumentos a la eficiencia germana, ellos sobreviven en los fríos y poco hospitalarios barrios de Kreuzberg y Neukölln, márgenes de ese fascinante laboratorio multicultural que es el Berlín post-muro.

Sin embargo, puede haber quien cuestione la pertenencia de los cuentos de Crímenes al género negro. Ya sabemos cómo son los puristas. Pero justamente, creo que ese caminar por el límite, por ese filo, es lo que hace tan bueno a este libro. Porque ese es el tema de esta obra: los límites, su fragilidad, lo etéreos, inasibles y porosos que resultan a menudo, y lo que hace que los seres humanos se encuentren con asombrosa facilidad de un lado o del otro. La “fina capa de hielo que nos separa de una muerte rápida”.

Von Schirach escribe en el atrapante prólogo que tenía un tío, juez penal, que les contaba, de niños, inentendibles casos de homicidios. Todos los empezaba con la misma frase: “La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo”. El tío, juez probo y admirado, veterano de guerra, un día se voló el bocho de un escopetazo.

Ferdinand von Schirach eligió otro camino: esquivar la escopeta escribiendo excelentes cuentos. Que siga así, por su bien y por el nuestro.

Traducción: Juan de Sola

1/12

lunes, 8 de agosto de 2011

Un poco de justicia

Inocente, Scott Turow

Ya comentada en este blog Se presume inocente, es ahora el turno de la secuela que salió este año. Inocente no es exactamente una “segunda parte”, sino más bien una nueva historia en la que se ven envueltos casi los mismos personajes.

Una mujer amanece muerta en su cama matrimonial. Su esposo la encuentra y, en lugar de llamar a la ambulancia o a la policía, la arropa, se sienta en un sillón, reflexiona sobre la vida que pasaron juntos. En fin, hace su propio velorio durante casi 24 horas. Resulta un poco sospechoso, ¿verdad? Más aún si ese esposo es alguien que, hace una veintena de años, fue juzgado por asesinato. Es cierto que fue absuelto en aquella ocasión, pero no todo el mundo estuvo igual de convencido de su inocencia.

A esta altura, todos parecen saber que Rusty es cualquier cosa menos un hombre “simple”. Todo puede esperarse de él. Pero aún así, sus seres cercanos, en especial su hijo Nat y su novia, la joven Anna, quien trabajó como pasante del mismo Sabich, se hacen la misma pregunta: ¿qué es lo que lleva a Rusty a actuar de esa manera frente a la muerte de Bárbara? ¿24 horas sentado al lado de un cadáver? Preguntas que también comienza a hacerse su eterno adversario, Tommy Molto, hoy fiscal y en otro tiempo ayudante de Nico Della Guardia. Tommy no quedó muy bien parado luego de aquel primer juicio, y desde entonces lo unió a Rusty un vínculo más de odio que de amor. Así las cosas, cuando Tommy, acicateado por su ayudante, encuentra que Rusty tuvo una aventura amorosa en los meses previos a la muerte de su esposa, y que planeaba divorciarse; y se entera de que Rusty ha trasgredido alguna norma como Juez de Apelaciones, y que anduvo averiguado sobre ciertos métodos criminales.… En fin, suman dos más dos y arman un caso. Es entonces cuando Rusty debe recurrir nuevamente al abogado argentino Alejandro “Sandy” Stern, ya en el ocaso de su carrera, para que lo defienda.

Otra vez, lejos de entregarnos un simple thriller legal, Turow nos trae con Inocente una novela de suspenso fenomenal, que reflexiona sobre la Justicia y la forma de administrarla (“Hacemos un poco de justicia, en lugar de no hacer ninguna” es lo que, sabiamente, dice Tommy Molto por ahí). Pero que también es un drama con todas las letras. Un drama que deja muy claro que el verdadero Juicio, aquel del que todos queremos salir absueltos, no ocurre afuera sino adentro, allí donde jurado y juez se funden en eso que llamamos conciencia. Y allí donde, ¡ay!, casi nunca existe apelación posible…

La novela está estructurada de manera muy inteligente. Las voces de Rusty, Nat y Anna (en primera persona) y la de Tommy (en tercera) se van alternando a lo largo de las dos partes que tiene el libro. La primera, que narra una línea temporal compleja —graficada al comienzo de cada capítulo, para gratitud del lector—incluye los sucesos que van desde el cumpleaños de Rusty hasta las elecciones para las que éste se postula, incluyendo en el medio la muerte de Bárbara. La segunda, de desarrollo temporal lineal, narra desde el comienzo del juicio a Rusty hasta el desenlace de la historia.

Dos aspectos desmienten cualquier prejuicio acerca de Turow como un escritor serial de best sellers industriales. Por un lado, lejos del estilo seco y despojado clásico de la novela negra, Turow expone una prosa que es tan elegante como contundente. En una historia que seguimos en gran parte a través de las reflexiones de sus personajes, uno jamás siente que el interés decaiga o la acción baje de intensidad, lo que habla a las claras de la gran pericia del autor. Y por otro, están esos magníficos personajes: el atormentado Nat, la vehemente Anna, el inolvidable Juez Yi (un juez que es una eminencia como jurista sin siquiera hablar bien el idioma local … si Turow nos hace creer esto —y lo hace— es capaz de casi todo), un Sandy Stern enfermo pero aún brillante.

Y claro, ese Ying y Yang que forman Rusty Sabich y Tommy Molto, las dos caras de la misma Bestia Jurídica.

Traducción: Monserrat Gurguí y Hernán Sabaté

7/11

lunes, 18 de abril de 2011

Nadie es inocente

Se presume inocente, Scott Turow

Impulsado por las buenas reseñas de la secuela, Inocente, aparecida hace poco, me dije “empecemos por el principio”, y decidí entrarle a la primera novela y famoso best-seller de Turow, Se presume inocente. Todo un clásico entre los thrillers legales, y exitosa peli adaptada con Harrison Ford como protagonista.

Mi experiencia anterior con esta suerte de subgénero se reducía a unas diez páginas soportadas a un Grisham, más una muy lejana lectura de Testigo de cargo, de la Gran Agatha. Y punto. No es un formato de historia que me atraiga en especial. De hecho, las de Mickey Haller son las novelas de Connelly que menos me gustan. Pero Se presume inocente es una novela tan buena que invita a leer una secuela. Claro que esto no tiene nada que ver con que sea un thriller legal: se debe a que es una Novela con mayúsculas.

Rozat “Rusty” Sabich es el ayudante del fiscal Horgan. Trabajan en el condado de Kindle –una ciudad ficticia pero que algunos relacionan con Chicago, lugar de origen de Turow–, donde ocurre un crimen: la bella y ascendente Carolyn Polhemus, también ayudante del fiscal, es encontrada en su departamento. Atada, violada y, por supuesto, muerta.

Hay algunos “detalles” que le agregan suspenso a la investigación del asesinato. Primero, el caso se le asigna a Rusty Sabich. Segundo, Rusty y Carolyn tuvieron una “historia”, gracias a la cual el matrimonio de Rusty hoy tambalea (como tambalea su amor propio cuando, durante la investigación descubre que Carolyn tuvo otras cuantas “historias”…). Tercero, la acción transcurre en plena campaña electoral para la reelección de Horgan.

Así las cosas, no pasa mucho tiempo hasta que el mismo Rusty es señalado como sospechoso. Debe empezar a trabajar para defenderse de las acusaciones de Nico Della Guardia (el nuevo fiscal general) y su ayudante Tommy Molto. Y para ello contrata a un brillante abogado, otrora adversario, el argentino (sí, todo es posible en Kindle County) Alejandro “Sandy” Stern.

La novela no es solamente un desfile de testigos frente a un juez, o una serie de tecnicismos expuestos por forenses y peritos. Es eso y mucho, muchísimo más. Tiene todo el suspenso de las buenas novelas de intriga. y se resuelve con una vuelta de tuerca sorprendente. Pero lo más valioso es la hondura psicológica del personaje de Rusty. Inmerso en una investigación que lo compromete emocionalmente por tantos frentes, Rusty sufre, y lo expone en sus largas, dolorosas, desesperadas reflexiones. Es inteligentísimo, y no del todo inocente, y lo sabe. De ahí que Rusty finalmente no sea de esos personajes de los que uno “se hace amigo”. Pero sí es un tipo al que uno va a recordar, y del que no viene mal tener noticias recientes. Y parece que las hay en Inocente, su nueva historia.

Traducción: Javier Sainz de Robles

2/11