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viernes, 6 de junio de 2014

La paciencia de Mitch (de copas)

El camarero sirvió otra ronda. Era un anciano encorvado con uniforme.
—¿Adónde las vas a buscar? —dijo Mitch. El camarero se enderezó y se quedó mirándolo—. He dicho que adónde vas a buscar las copas. Será algún sitio fuera del edificio, por narices. O puede que vayas a buscarlas a un par de manzanas de aquí, que tengas que ir en taxi o algo así. Lo preguntaba por curiosidad.
—No, señor —respondió el camarero—. Solo tenemos un hombre trabajando en el servicio de almuerzos y bar y está muy ocupado. ¿Las copas están a su gusto?
—Bueno, pues, ahora que lo dices, no. Casi todo se ha evaporado para cuando llega aquí.
—Mitch —dijo Cogan. Y se dirigió al camarero—: Sí, las copas están bien.
El camarero se marchó.
—La próxima ronda le encargaré por correo —dijo Mitch—. Seguramente tendrán un cupón de esos que salen en las revistas, lo envías y cuando llegas aquí solo tardan una semana en servirte lo que quieres.
—El sitio lo elegiste tú —le dijo Cogan.
—Es el único puto sitio que conozco en todo Boston, joder.


(George V. Higgins, Mátalos suavemente, Barcelona, Libros del Asteroide, 2012, pág 155)

jueves, 5 de junio de 2014

Un amigo nuevo

—Markie llevaba una timba. Y la asaltaron. ¿Lo sabías?
—Creo que algo he oído.
—Pues sí. —Cogan bebió su cerveza y dijo el camarero—: Ponme otra. ¿Quieres una? —preguntó a Frankie.
—Creo que estoy servido.
—Bien. —Cogan aceptó la nueva jarra y bebió—. Bien —repitió, secándose la boca—. No hay nada como una cerveza fría, lo digo siempre. Pues bueno, Trattman llevaba esa timba desde hacía años, la llevaba desde hacía mucho tiempo. Y ya la habían robado. ¿Y sabes? Esa vez había sido cosa de Markie.
—A lo mejor volvió a hacerlo —dijo Frankie.
—Hay muchos idiotas que van por ahí con ese cuento, yo también lo he oído. Y me ha cabreado. Porque no es que Markie fuese amigo mío, creo que solo hablé con él un par de veces en toda mi vida: si se mete en líos no es asunto mío, no iré a aclararle las cosas. ¿Quién soy yo? Solo un conocido. ¿Por qué iba escucharme? Pero después de lo de anoche, creo que tendría que haberlo hecho. Porque todas esas historias que corrían por ahí eran mentira. Markie no volvería a dar el palo, era demasiado listo para hacer algo así. Pero ves, a eso voy. Él tenía que saber, tenía que saber lo que decían de él y tendría que haber sido lo bastante listo, como China, para hacer algo al respecto. Para que algún soplapollas no decida que para hacer amigos no tiene más que cargarse a Trattman. Ah, el mundo está loco.
“Verás, Frankie —continuó Cogan, volviéndose un poco hacia él—. Me parece que eso es lo que piensan China y los otros, los amigos que se preocupan por ti. Piensan... bueno, ellos no saben cuánto has madurado desde que saliste. Creen que necesitas que alguien, alguien enterado, te aconseje.
—Sí.
—Que te enseñe a salvar el culo. Como te decía, no es tanto lo que hayas hecho como lo que creen que has hecho, eso es lo que hay que cuidar. En cuanto pasa algo así, hay que estar preparado para actuar.
—Sí.
—Pues bien, ¿dónde estará mañana por la noche?
—¿Quién?
—Johnny Amato. Mañana por la noche. ¿Dónde estará?
—No lo sé.
—Frank, recuerda lo que te he dicho. Tus amigos están preocupados por ti. Son tus amigos los que quieren que algún día puedas echar un polvo decente. Y son tus amigos los que quieren saber dónde estará Ardilla.
—Es la primera vez que te veo.
—Los nuevos amigos son los mejores. Tu otro amigo, en cambio, no puedes fiarte de él, ¿lo sabías? Mira en lo que te metió. Todo ese tiempo encerrado. En lugar de todos esos años sin comerte nada, podrías haber estado por ahí agenciándote un coño decente.
—No sé quién cojones eres.
—Son muy pocos lo que lo saben. China, a lo mejor, y, ah, también Dillon. Dillon me conoce. Tú, tú me pareces un tío inteligente. ¿Quieres que llame a Dillon y le preguntas por mí? No hay mucho que descubrir, ya te lo digo, pero puedes hablar con él. ¿Quieres hablar con Dillon?
—No.
—Bien, ¿donde estará? Sé que lo sabrás, si no lo sabes ahora.
—No tengo ni idea. He visto a John tres o cuatro veces desde que salí. No sé qué hace de noche. Se va a casa, supongo.
—De acuerdo —Cogan apuró su cerveza—. Ya nos veremos, Frankie, amigo mío.
Cogan hizo ademán de levantarse.
—Espera —dijo Frankie.
—Hay cosas que no pueden esperar. Me dices que no lo sabes. Vale, lo acepto. Pero tengo algo que hacer. Tengo que encontrar a alguien que lo sepa.
—Donde estará John mañana por la noche.
—Y ahora algo más, supongo. Como donde estarás tú pasado mañana. ¿Volverás a estar aquí? ¿Llegarás a eso de las tres y media, tomarás cuatro cervezas, te quedarás a comer, luego te marcharás al garito de Pagliacci como siempre haces para ver si aún queda algo follable y volverás a casa a medianoche o la una? ¿ Eso es lo que harás pasado mañana? ¿O harás otra cosa, lo que me llevará tres días de más? El asunto acabará igual. Y así me ahorras mucho tiempo.
Frankie no dijo nada.


(George V. Higgins, Mátalos suavemente, Barcelona, Libros del Asteroide, 2012, pág 211)

miércoles, 4 de junio de 2014

Visitas

—Pues todavía te fue mejor que a mí —dijo Frankie—. Mi madre viene a verme todas las semanas. Todos los putos domingos, me levantaba y lo primero que tenía que hacer era ir a misa. Ese capullo, no había semana que no hablase de Dimas, joder. Bueno, no. Algunas semanas hablaba de hacerse pajas. Curioso, no decía nada de mamadas ni cosas así. Y luego la comida del domingo, ¿sabes? Que era tan mierda como las otras, pero se suponía que tenía que ser buena. ¿Has visto un nabo? Si veo otro nabo, se lo tiro a alguien. Y entonces mi pobrecita madre con sus canas y su puto abrigo hecho una mierda entraba con esa cara, como si le acabasen de machacar la cabeza. Y yo tenía que aguantar todo. “Rezo por ti, Frankie”. “Te he rezado una novena, Frankie”. “Espero que te den la condicional, Frankie”. “Frankie, tienes que cambiar de vida”. Y no se iba, tío, no había hecho todo el camino hasta ahí para quedarse solo cinco minutos. No, señor. Una semana se pone enferma y, para variar, viene Sandy. “¿Te puedo ayudar en algo, Frankie?” Joder si puedes. Encadena a mamá a la cama, mierda. “No quiere fastidiarte —dice Sandy—. Se siente culpable. Me lo dijo, no sabe en que falló.” “En no decirme que había gilipollas como el Doctor, en eso falló. Dile que a su próximo hijo le enseñe a planear bien el golpe y a no asociarse con un boca cabrón que lo joda todo.” Y Sandy se queda mirándome. “¿Quieres que le diga que no venga más?” Pues claro que quiero. Y Sandy se lo dice y la semana siguiente aparece mi madre, tendrías que haberla visto. Parecía que le habían dado una paliza. “Frankie, me ha dicho Sandy que no quieres que tu madre venga verte nunca más.” Y luego se echa a llorar y hay un montón de tíos mirando, la mitad son guardias que se lo soplarán al de la condicional: “Es un hijo puta con su madre, ella viene a visitarlo y ni se lo agradece”. Me cago en la leche, aquello fue espantoso. ¿Y que podía hacerlo yo? Le dije: “Vuelve mamá, sólo lo dije por decir”. Y volvió. Novenas, el vía crucis, el rosario, se va a rezar a la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y todo por mí. “No soy un lisiado, mamá”, le digo. “Tu alma sí”, me contesta. Hostia. Por suerte nos separaba una pantalla y no podía tocarla.
—Ella no sabe, nadie sabe. Solo creen que estás ahí dentro y no puedes salir. Eso es todo lo que saben. No saben nada.
—Pues ojalá supieran. Es insoportable. Además de estar encerrados, como si eso no fuera bastante, tienen que empeorarlo. Tío, si vuelvo ahí dentro, me aseguraré de que nadie se entere. No sé si podré soportar volver al trullo, pero lo que seguro no aguantaré son las visitas. Mierda.


(George V. Higgins, Mátalos suavemente, Barcelona, Libros del Asteroide, 2012, pág 131)

viernes, 30 de mayo de 2014

El barrio de las máquinas parlantes

Mátalos suavemente, George V. Higgins

Otra de las pocas (demasiado pocas) novelas de Higgins traducida al español, Mátalos suavemente tal vez les suene por la película que se estrenó el año pasado. No tuve oportunidad de verla aún. Y ahora me encuentro en una encrucijada. Es que soy de la idea de que los libros son mejores que las películas. Y en este caso apostaría a que no se rompe la regla de oro: la película tendría que ser una obra maestra para superar a esta novela. De modo que, con semejante prejuicio, ¿debo verla? Ya lo resolveré más adelante. Por ahora, déjenme intentar contarles por qué no deberían perderse este libro.

La trama es lo de menos. En Boston, ciudad en la que Higgins vivió y trabajó como abogado y en la que ambienta todas sus novelas, dos perdedores salen de la cárcel y, contratados por otro como ellos, organizan el robo a una timba. El que lidera esa timba, un tal Markie, ya se había “auto robado” un par de años atrás. Y con éxito. Para los tres ladrones este es el pilar más sólido del plan: todas las miradas apuntarán a Markie, ¿o no? No. Por la misma razón por la que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar, nadie cree que Markie lo haya vuelto a hacer. De modo que los dueños del garito contratan a Jackie Cogan, un asesino a sueldo que trabaja con el viejo Dillon, para que averigüe quiénes dieron el golpe.

Como en Los amigos de Eddie Coyle, aquí también Higgins monta su novela sobre los diálogos de los personajes. Diálogos que a veces son un cruce veloz, un repiqueteo de preguntas y respuestas y monosílabos exactos, y otras veces son un intercambio de largos monólogos entre esas máquinas parlantes que son siempre los “personajes Higgins”. Esto es lo más maravilloso que tiene esta novela, y créanme que es muy maravilloso. Tan maravilloso y mágico es lo que logra Higgins con los diálogos —pintar, construir, insuflar vida a sus personajes— que ya no sé si es recomendable “estudiarlo”, “buscarle el truco”: por momentos pienso que no vale la pena. Que Higgins es el mago del estilo directo, del indirecto, del indirecto libre, de todo: es el puto amo del diálogo. Y como tal, posee alguna especie de secreto indescifrable para el resto de los mortales. Así que tal vez lo mejor sea despojarse de cualquier pretensión de escritor y leer como lectores: entregarse al goce de una lectura que vuela y que suena. Que sean o no las voces reales del bajo fondo, poco importa, como poco importaba en Los amigos… No es un valor documental lo que uno debe buscar en un libro como este. Al menos lo que yo busco es que me divierta. Y en ese sentido, estoy más que satisfecho.

De todas formas, mientras leo, hay una pregunta que me resulta difícil evitar. ¿Cómo sería el funcionamiento de la cabeza de Higgins? Voces y voces y voces rebotando, y un autor desesperado por grabarlas en el papel con urgencia, con desesperación, intentando que no se le escapen de la cabeza, en medio del ruido de los teclazos de una máquina de escribir siempre lenta. Sin detenerse a describir nada, sólo bajar las voces a papel, ahí, en tiempo real.

De modo que los amantes de los diálogos y las escenas vivas, vengan a Higgins a respirar aire fresco. Es un antes y un después. Ahora, si sos otro tipo de lector, si te gustan las largas y detalladas descripciones, si apreciás y disfrutás con las tramas precisas, redondas, con los finales sorpresivos que te dejen con la mandíbula caída, no parece que Higgins vaya a ser tu autor preferido. Pero justamente por esa razón, tal vez te convenga leerlo. Mejor dicho, tal vez sea absolutamente necesario que lo leas.

Y sí, ya lo he decidido: voy a ver la película.

Traducción (excelente, pero españolísima): Magdalena Palmer

4/14


Seguí pinchando: si tenés interés en Higgins, acá en el blog hay más de él. ¿Qué te interesan otros autores con su estilo? Y bueno, el gran maestro de los maestros, Elmore Leonard, confeso admirador del abogado de Boston.

viernes, 17 de agosto de 2012

De personajes y homenajes (parte I)


Este no es exactamente un guiño comprobado en una novela. Es apenas una observación de nombres de personajes que me ha llamado la atención.
Hace poco comenté la excepcional novela Los amigos de Eddie Coyle, de George V. Higgins. En esa novela, uno de los “amigos” de Eddie es el agente federal Dave Foley. El método de trabajo de Foley consiste en negociar rebajas en las condenas, mejoras en las situaciones procesales a cambio de información. Es decir, Foley propicia la delación, pan de todos los días en el hampa bostoniana en la que sobrevive. El habla es su herramienta.
Pero, como novela excepcional que es, Los amigos de Eddie Coyle ha sido gran influencia para autores de novela negra y directores de cine. De todos ellos me interesan dos: el primero es Elmore Leonard, y el segundo es Quentin Tarantino (materia de otro post).
Aún desconociendo lo que Leonard dijo de esta obra de Higgins, la conexión se hace evidente para cualquier lector medianamente atento de ambos autores, muy emparentados en lo estilístico.
Ahora bien, de entre la multitud de personajes memorables de Leonard, recuerdo a uno que aparece en dos de sus novelas: Tú ganas, Jack (*) y Perros callejeros, ambas publicadas recientemente por Alianza.
El personaje en cuestión es un ladrón de bancos que, en la primera de las novelas, se escapa de la cárcel para terminar enredado con una bella agente federal. Bastante alejado de la violencia —al menos para ser un delincuente—, es un personaje bien representativo de la fauna leonardiana: carismático, seductor, charlatán. Uno no podría afirmar que su apellido es raro, pero sí que no parece tan frecuente como, digamos, un Smith. No lo digo yo sino Google, y Wikipedia agrega que ese personaje tiene el mismo nombre que un poeta, que un basquetbolista y que un artista de efectos especiales.
Sin embargo, sabiendo que los novelistas nunca eligen por azar los nombres de sus personajes, y conociendo la confesa admiración de Leonard, me encanta fantasear con la idea de que el entrañable ladrón Jack Foley debe su apellido al Dave Foley de Higgins.
¿Por qué no? ¿No sería acaso un buen homenaje?

(*): Tú ganas, Jack fue también publicada en castellano por Ediciones B en 1998, curiosamente manteniendo el título original, Out of sight. Que es el mismo de la adaptación cinematográfica que dirigió Soderbergh, con George Clooney en el papel de Jack y Jennifer López en el de Karen Sisco (en nuestro país estrenada como Un romance muy peligroso, brillante título si los hay…).



viernes, 10 de agosto de 2012

La dieta de los detectives


—No se ha presentado —dijo Foley—. He estado allí sentado media hora, me he tomado un sándwich de queso y un café. Dios, se me había olvidado lo malo que es un sándwich de queso. Es como comer un trozo de plástico, ¿sabes?
—Tienes que ponerle mayonesa —dijo Waters—. Si no le pones mayonesa al pan antes de ponerle el queso, nunca sabrá a nada.
—No lo había oído nunca —dijo Foley—. La pones por la parte de afuera, ¿verdad?
—No —dijo Waters—, por la parte de dentro, pero sigues poniéndole mantequilla por la parte de fuera. Cuando el queso se funde, es la mayonesa lo que le da sabor. Pero tienes que utilizar mayonesa de verdad, de la que está hecha con huevos, ¿sabes? Puedes usar esa otra cosa que la gente dice que es mayonesa pero es aliño de ensalada. También puedes utilizar eso, pero el sabor no será el mismo. Creo que el aliño escalda la lengua o algo así. En cualquier caso, no sabe bien.
—De todos modos, en Rexall’s no tienen esos refinamientos —dijo Foley—. Entras, pides un sándwich de queso, tienen montones de ellos ya hechos, probablemente desde el miércoles pasado, y sacan uno con un trozo grande y gordo de ese queso naranja, joder, le echan grasa por encima, que dicen que es mantequilla pero yo no me lo creo, y van y lo funden todo junto en una plancha caliente. Mi estómago todavía intenta descomponer el menjunje en algo alimenticio. Parece un gran trozo, o dos grandes trozos, de azulejos de baño con un poco de masilla en el medio. Servido caliente. Si me pongo malo, tendréis que darme una pensión.
—Llevas demasiado tiempo viviendo del dinero de las dietas, me parece —dijo Waters—. Vosotros, hijos de puta, ya no coméis nada si no os sirven en el Playboy Club. ¿Trabajo de incógnito? ¡Y una mierda! ¿Crees que no sé que os invitáis a almorzar los unos a los otros? Joder. Más te valdría hacer de vez en cuando la ruta del Joe and Nemo. Al fin y al cabo, ahí es donde están los delincuentes. Esos tipos no frecuentan esos locales de clase alta que siempre veo en los comprobantes de la comida, donde un trozo de carne cuesta nueve pavos. Están en los locales baratos, donde comerías tú si tuvieras que pagártelo de tu bolsillo.

(George V. Higgins, Los amigos de Eddie Coyle, Barcelona, Libros del Asteroide, 2011, pg 176)