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domingo, 20 de noviembre de 2011

El grito de un nombre

Enfrente hay un Ford Falcon estacionado en doble fila, junto a él está parado un hombre con una escopeta. De un edificio salen otros dos hombres, con sus .45 desenfundadas. Arrastran al muchacho que es quien grita. Uno de los hombres armados, al ver que en la puerta del cine hay una multitud observando, intenta golpearlo, pero el joven da un tirón y se les suelta. Corre hasta la mitad de la calle mirando hacia los espectadores. Allí tropieza y cae, eso les da tiempo a sus captores para reapresarlo. El joven grita su nombre. Uno de los hombres se abalanza sobre él y lo golpea en la cabeza con su pistola. Entre dos lo cargan, lo llevan hasta el Falcon y lo meten dentro. Cierran. El hombre con la escopeta apunta a la multitud y grita algo que no se entiende, pero que todos entienden y comienzan a dispersarse. Lascano se queda solo en la vereda observando el Falcon que desaparece rápidamente al doblar por Libertad. Donde muere la diagonal, detrás de los frondosos eucaliptos de la plaza Lavalle, se alza el Palacio de Justicia, ciego, sucio y mudo.

(Ernesto Mallo, La aguja en el pajar, Buenos Aires, Planeta, 2006, pg 137)

lunes, 7 de noviembre de 2011

El Once

Hay que caminar por el Once, el barrío judío de Buenos Aires, cualquier día después de que los comercios han bajado sus cortinas y las veredas quedan inundadas por rezagos de tela, rollos de cartón, papeles y otros desechos abandonados por los comerciantes, para encontrarse con los hombres, mujeres y niños que revuelven los desperdicios a la pesca de materiales aprovechables, reducibles, que venderán por monedas el kilo a los recicladores. Familias pioneras de una actividad que les permite sobrevivir a expensas de rebuscar en la basura. De ella se benefician los policías de la decimotercera que obtienen su mordida, no a cambio de protección, sino sólo, por el momento, de hacerse los distraídos, permiso precario. Las familias judías ricas han comenzado un éxodo lento y sostenido y, aunque mantienen sus negocios en el Once, comienzan a elegir el Barrio Norte o Belgrano, zonas con mayor prestigio social, para instalar sus residencias. En los antiguos edificio de lujo de la época de oro van quedando los ancianos, fundadores de las fortunas que ahora hacen posible los grandes pisos sobre los jardines de Libertador, las vacaciones en Punta del Este, los colegios privados, dudosamente ingleses, los autos importados. A estas nuevas generaciones el afán de amarrocar no les quita el sueño y encuentran gozo en ostentar. Hijos de la afluencia, que no han experimentado las privaciones de la guerra, las miserias de los pogroms, la fantasmagoría de los campos de concentración, que se permiten sentir y pensar y obrar a lo grande, que vivir mejor es gastar más. Quedan no pocas excepciones. Elías Biterman es una de ellas.

(Ernesto Mallo, La aguja en el pajar, Buenos Aires, Planeta, 2006, pg 53)

Zafar

La noche desciende pegajosa sobre la ciudad. Eva está en la terraza, recogiendo la ropa tendida, cuando oye corridas en la calle. Se asoma cautelosamente. La casa está siendo rodeada por soldados con armas largas en uniformes de fajina. Por la esquina asoma el capot verde oliva de un camión del ejército. Un miedo físico toma el control de sus músculos, vacía su mente de toda otra consideración que no sea huir. Por detrás del Falcon dobla a toda velocidad una tanqueta que derriba la verja del jardín arrasando los rosales marchitos, embiste la puerta que se hace pedazos y retrocede velozmente. Un grupo de soldados comienza a disparar contra la casa. Eva corre hacia la medianera, salta y pasa a la terraza vecina. Sigue corriendo, llega hasta la siguiente medianera y salta a otra terraza. Baja por una escalera al patio vecino. Un perro le salta encima gruñendo, ella lo esquiva, corre por un pasillo. Encuentra otra escalera. Trepa velozmente hasta la azotea. Una puerta. La abre, entra, cierra. Se amortigua un poco el estruendo del tiroteo. Sigilosamente anda por un pasadizo estrecho, iluminado únicamente por la luz que se filtra por una puerta apenas entreabierta.

(Ernesto Mallo, La aguja en el pajar, Buenos Aires, Planeta, 2006, pg 37)

Un solitario en los años de plomo

La aguja en el pajar, Ernesto Mallo

En la oscura Argentina de mediados de los setenta, hay un policía que todavía intenta resolver los asesinatos en lugar de perpetrarlos, como parece ser la norma. Ese policía es el Perro Lascano, protagonista que hace su aparición en esta clásica novela de Ernesto Mallo.

El Perro Lascano trabaja en la Federal. Es un solitario que fuma y fuma. Su mujer Marisa lo dejó viudo antes de tiempo, dejándole la vida llena de su ausencia. Una noche cualquiera Lascano recibe la orden de acudir a un descampado en los bordes de Buenos Aires, en la zona de Lugano. Alguien reportó que allí hay dos cadáveres. Lascano va. Encuentra los cuerpos: ejecutados con disparos en la cara, con el ya tradicional modus operandi de los grupos paramilitares que se mueven libremente por la ciudad. Pero también hay un tercer cuerpo: un hombre mayor que será fácilmente identificable, pues tiene la cara entera. Está claro que alguien lo asesinó en otro lugar y luego “plantó” el cuerpo aquí.

Este episodio es el disparador de la trama de La aguja en el pajar, recientemente reeditada en España con el título de Crimen en el barrio de Once. Lascano deberá moverse en medio de los asesinos para encontrar al asesino de aquel hombre. Y las pasará feas de verdad.

Creando personajes de carne y hueso, y manteniéndolos en movimiento a lo largo de una historia que atrapa y nunca se detiene, Mallo pinta con brillantez el desolador y terrorífico paisaje de la Argentina de aquellos años negros. Lascano arrastra su dolor por el hilo principal de la historia, el de resolver el crimen del prestamista Elías Biterman. Encontrará una ilusión del amor en la persona de Eva, una fugitiva que perdió a su pareja en un enfrentamiento con los militares, y que resulta la viva imagen de su ausente Marisa. Por otra parte está el usurero Biterman, sobreviviente de los campos de concentración polacos, duro y miserable en extremo, que opera desde su cueva en el barrio de Once. Uno de sus desesperados clientes es Amancio Pérez Lastra, hijo de un jet set decadente y acomodaticio. Así como los de su clase esperan recuperar las glorias de otros tiempos aplaudiendo y celebrando los crímenes del nuevo gobierno, de mano y botas duras, el propio Amancio se refugia en su viejo amigo Giribaldi. El Mayor Giribaldi es un asesino y apropiador de bebés, que se mueve con soltura en los juzgados presionando a jueces y policías, y con impunidad en las calles de muerte del Buenos Aires de entonces, una ciudad en la que escaparse parece ser la mejor de las ideas.

Mallo mantiene bien alta la tensión del relato sin sacrificar ni en un gramo el cuidado y la belleza de la forma, de su depurada prosa. Encima crea un gran personaje, al que todo lector querrá seguir. Sabemos que hay otra historia de Lascano, Delincuente argentino, también reeditada actualmente con un título más políticamente correcto para España: El policía descalzo de la Plaza San Martín. Transcurre ya en los años de la democracia, pero el Perro Lascano nos mostrará que aún hay mucha podredumbre por destapar.

Pero mejor empezar por este excelente principio: encontrando la aguja en el pajar.

Como observación personal acerca del estilo, otra vez —ay— los diálogos. En esta novela (y también en Delincuente) Mallo se toma ciertas “libertades” para la construcción de los diálogos que pueden entorpecer la lectura, por lo menos hasta que el lector logra habituarse: ausencia de guiones de diálogo, y por lo tanto de incisos; espacios entre párrafos “hablados” y “narrados”; letra itálica; separación de los parlamentos de los distintos personajes con punto seguido.

10/11