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lunes, 9 de febrero de 2015

Por los caminos del País Ibáñez

Entre trago y trago, Julián Ibáñez
Julián Ibáñez es uno de los más grandes escritores de novela negra en español. Empecemos poniéndonos de acuerdo en eso. Admito que me costó entrarle. No fue un amor a primera vista aquello con La miel y el cuchillo. Después pasó Giley y ahora, luego de Entre trago y trago, ya estoy para afirmar eso que muchos: que Ibáñez es de los grandes de verdad.

En esta novela conocemos a Maza. Es el narrador, un buscavidas que regentea El Oasis, bar de alterne, de esos de carretera secundaria, que se está viniendo abajo de a poco. También tiene otras changas: participa en partidas de cartas amañadas y transporta chicas africanas y portuguesas desde la frontera con Portugal hasta las subastas que las repartirán en otros varios antros como el suyo. “Las chicas podían ir y venir a su antojo; en teoría, nosotros reteníamos su documentación hasta tener amortizada la inversión”, ese tipo de ambiente.

En una subasta, Maza encuentra a una gitana que lo deslumbra. Se llama María, y él la conoce de un encuentro previo: ella es quien le robó la billetera en un baño de estación. Ya de entrada Maza sospecha a qué oscuros rincones lo va a arrastrar semejante mujer. Pero así y todo, se endeuda y la compra, para traerla a trabajar al Oasis. El asunto es que María desaparece con la recaudación y con el auto, dejándole una deuda con acreedores de esos a los que nunca conviene incomodar. Maza está en serios problemas.

A través de las rutas de La Mancha, esa inhóspita meseta polvorienta y ardiente al suroeste de Madrid, irá Maza. Confundido y desesperado, enredándose a más no poder en los manejos turbios de los gitanos, de traficantes de toda laya y mercancía, de guardias civiles corruptos, mientras persigue a la inalcanzable María.

Entre trago y trago, novela corta y cruda, vuelve a llevarnos a los paisajes y personajes que son marca registrada de don Julián. Porque, al igual que un pintor que experimenta variaciones sobre un mismo motivo, Ibáñez vuelve a escribir una y otra vez la misma historia. Incluso con similitudes en argumentos y estructura y personajes. Esto no lo digo yo, sino que lo ha admitido el propio autor en alguna entrevista. Y sin embargo, una y otra y otra vez, como lector, estaré dispuesto a volver a leerlo, a que me lleve a esos lugares sórdidos, de cartas marcadas y mujeres tramposas: el País Ibáñez.

Participante de la misma generación que hizo grande a la novela negra española, esa que explotó en los ochenta con gigantes como Juan Madrid y Andreu Martín, Julián Ibáñez ha construido un lenguaje propio y único, que es moderno y actual, pero alejado de lo urbano. Más Cain o Thompson que Chandler. Me arriesgo a decir que lo de Ibáñez tiene, consciente o no, algo de estrategia: es como si, en lugar de ampliar horizontes para hablar de lo universal, él hubiera elegido estrechar el foco de su narrativa, perfeccionarlo, pulirlo a espejo. Similares estructuras argumentales, los mismos paisajes y personajes, a los que conoce hasta el hueso: una máquina perfecta que ha ido ajustando a lo largo de los años. Y que hoy brilla, sin duda alguna, en el lugar de los más grandes autores del género.

10/14


Seguí pinchando: Para más de don Julián, en este blog ya está el comentario de Giley. Tampoco vendría mal que te metieras con lo que por acá tenemos de los otros monstruos, Juan Madrid y Andreu Martín.

martes, 16 de septiembre de 2014

El terror a las contratapas

El terror de vivir, Urban Waite

Resulta que uno encuentra el libro de un autor del género. Va y se dirige a la contratapa. Entre frases laudatorias de un peso pesado como el Rey Stephen o de un autor exquisito como Daniel Woodrell aparecen las expresiones “ritmo trepidante” y “no da respiro”. Encuentra también que al autor se lo compara “unánimemente” con Cormac McCarthy. ¿Qué se supone que uno debe hacer? ¿Comprar o dejar pasa el libro? No importa tanto la decisión final: lo importante, lo primero, es desconfiar. Sospechar. Hacer que el lector que llevamos dentro mantenga a raya al consumidor, ese monstruo ya inoculado y siempre al acecho. Una lección que uno nunca termina de aprender.

Estamos en el noroeste de los Estados Unidos, cerca de la frontera con Canadá. Un cincuentón y exconvicto llamado Phil Hunt se dedica, con su esposa Nora, a la cría de caballos. Refuerza sus ingresos transportando cocaína a través de bosques y montañas. Él y su nuevo ayudante, un chico, van con los caballos cargados cuando un tipo surge de los árboles y los apunta con un rifle. Es Bobby Drake, ayudante del sheriff. Suele andar por ahí, investigando ese contrabando. Que es su manera de entender a su propio padre, antiguo sheriff y actualmente preso por este mismo delito. Se producen disparos, pero Hunt —un “excelente jinete” a los ojos de Drake— logra escapar sin la droga. Bobby sólo detiene al chico que, como sabe demasiado, morirá en la cárcel rápidamente.

La DEA se lleva a Bobby y a su esposa a Seattle. Son ahora testigos que necesitan protección. Mientras tanto, con la droga perdida, los capos del negocio contratan a Grady, un psicópata cuchillero, para que encuentre a Hunt y lo mate. Aunque primero lo debe usar para introducir desde Canadá a una chica vietnamita que trae en el estómago heroína encapsulada. Hunt comenzará una loca carrera, perseguido por la policía y por Grady, en la que luchará hasta el final por salvar a la mula y reunirse con su mujer antes que el asesino.

Esta trama de persecusión, aunque trillada, aún podría resultar atractiva. Sin embargo, falla. Y por varios aspectos (sin contar aquello de la contratapa). En primer lugar, los personajes cliché. El asesino Grady, malo de maldad pura, no termina de lograr volumen. Es chato. Provoca más irritación que miedo (estaría bueno, ya que lo citan tan livianamente a McCarthy en la contratapa, ver cómo su Chigurh se come crudo a este Grady en dos mordiscos). Como contrapartida, Hunt y Drake son los hombres en esencia buenos, cuyas vidas se han torcido por circunstancias que les fueron un poco ajenas (una lejana muerte casi accidental, el primero; un padre policía y delincuente, el segundo). Sus esposas, Nora y Sheri, son sus anclas, sus cables a tierra, las que encarnan la certeza redentora del sueño americano, de la vida en paz de los hombres de bien en una casa con porche y cerveza fría en la nevera… No es casual que, en medio de toda la maraña de esta trama, Drake y Hunt, perseguidor y perseguido, “males menores”, terminen casi trabajando juntos contra el “mal mayor” de Grady y sus jefes.

Pero hay más. Entiendo que es difícil “cerrar” una trama con tantas aristas. O por lo menos engañar (en el buen sentido) al lector para que las cierre él. Pero lo que Waite hace en un par de ocasiones es forzar la máquina hasta el límite. Parafraseando a Chandler, “se lo sienta a Dios en el regazo”. Va un ejemplo. Drake inquieto y aburrido, encerrado por la DEA en un hotel del centro. Sale a caminar. Va al hipódromo. Ve entrenar a los caballos. Pregunta a un trabajador por alguien con quien hablar de equitación. Uno piensa: “muy bien, se mete en tema, empieza a indagar en el ambiente, buscando al “excelente jinete” que se le escapó en el bosque. Bien, Drake. Sagaz”. El tipo del hipódromo le recomienda un rancho cercano. “Gracias, amigo”. Se sube a su coche y llega al lugar. Hay una mujer que responde a sus consultas. ¿A que no saben quién es? ¿No? ¡Sí! Es Nora, la esposa de Hunt. O sea: al primer lugar que cae es a la casa del tipo que recién está empezando a perseguir. Sea o no vital para la trama el encuentro, ya es una vinculación que supera mi capacidad de “suspender la incredulidad”. Dios es empleado de Waite. Me puse de mal humor.

El otro obstáculo que le veo es la traducción. Sé que es polémico juzgar una traducción. Sin tener a mano el texto en idioma original —algo que rara vez sucede—, es difícil decir qué tan buena o mala es. Sin embargo, uno ya detecta ciertos “ruidos”. Uno típico es el vocabulario. El mío no es especialmente amplio pero si debo recurrir mucho al diccionario en un best-seller de este tenor, ya sospecho. Me inclino a pensar que detrás del traductor se esconde un “escritorcito juguetón” que intenta asomar la cabeza. En El terror de vivir el amigo Antonio-Prometeo Moya me incomodó con “estafermo”, “zurrir”, “marjal”, “ribazo”, “bramante”, “racheada”, “tabaleo”, “escuchimizado”, además de con las expresiones “fibra vítrea” o “papeles” por papers (modo informal de llamar al periódico). Too much, Tony.

Traducción: Antonio-Prometeo Moya


6/14