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sábado, 8 de febrero de 2014

Monos bailarines

Nick y yo nos reímos en ocasiones, nos reímos en voz alta, de las cosas horribles que las mujeres obligan a hacer a sus maridos para que estos demuestren su amor. Las tareas sin sentido, la miríada de sacrificios, las interminables rendiciones. Llamamos a esos hombres «monos bailarines».
Nick puede volver a casa, sudoroso, salado y oliendo a cerveza tras un día en el estadio y yo me acurrucaré en su regazo, le preguntaré sobre el partido, le preguntaré si él y su amigo Jack se lo han pasado bien, y él dirá:
–Oh, ha sufrido un ataque de monos bailarines. La pobre Jennifer ha tenido «una semana muy estresante» y necesitabade verdad que se quedara con ella en casa.
O ese colega del trabajo que no puede salir a tomar unas copas porque su novia necesita de verdad que se pase por un bistró en el que ha quedado a cenar con una amiga de fuera de la ciudad. Para que puedan conocerse al fin. Y para poder demostrar lo obediente que es su mono: «Viene cuando lo llamo, ¡y mira qué modosito!».
«Ponte esto, no te pongas eso. Haz esto ahora y haz lo otro cuando puedas y con eso quiero decir ahora mismo. Y por supuesto, por supuesto, por supuesto renuncia por mí a todo lo que te gusta, para que pueda tener la prueba de que me quieres más que a nada.» Es el equivalente entre mujeres a los concursos de meadas; mientras nos pavoneamos en nuestros clubes de lectura y en nuestros cócteles, pocas cosas hay que nos gusten más que poder detallar los sacrificios que nuestros hombres hacen por nosotras. Una llamada con respuesta, cuya respuesta es: «Ohhh, pero qué majo».
Me siento dichosa de no pertenecer a ese club. No participo, no me excita el chantaje emocional ni obligar a Nick a que interprete el papel de maridito feliz; el papel del hombre sumiso, alegre, voluntarioso: «¡Cariño, voy a sacar la basura!». El hombre soñado de la esposa típica, la contrapartida del ideal de mujer dulce, ardiente y relajada que adora el sexo y los combinados con la que fantasea el típico hombre.
A mí me gusta pensar que soy lo suficientemente estable y madura, que tengo la suficiente confianza en mí misma, como para saber que Nick me quiere sin que tenga que estar demostrándolo constantemente. No necesito patéticas pruebas de mono bailarín para luego contárselas a mis amigas; me conformo con dejarle ser como es.
No sé por qué a las mujeres les resulta tan complicado eso.

(Gillian Flynn, Perdida, Barcelona, Mondadori, 2013)


viernes, 7 de febrero de 2014

Cabezas

Cuando pienso en mi esposa siempre pienso en su cabeza. Para empezar, en su forma. Lo primero que vi de ella, la primera vez que la vi, fue la parte trasera de su cráneo. Sus ángulos tenían algo de adorable. Como un duro y brillante grano de maíz o un fósil en el lecho de un río. Tenía lo que los victorianos habrían descrito como «una cabeza elegantemente torneada». Resultaba bastante fácil imaginar su calavera.
Reconocería su cabeza en cualquier parte.
Y lo que hay en su interior. También pienso en eso: su mente. Su cerebro, con todos sus recovecos, y sus pensamientos yendo y viniendo por dichos recovecos como rápidos y frenéticos ciempiés. Como un niño, me imagino abriéndole el cráneo, desenrollando su cerebro y examinándolo cuidadosamente, intentando apresar e inmovilizar sus ocurrencias. «¿En qué estás pensando, Amy?» La pregunta que más a menudo he repetido durante nuestro matrimonio, si bien nunca en voz alta, nunca a la única persona que habría podido responderla. Supongo que son preguntas que se ciernen como nubes de tormenta sobre todos los matrimonios: «¿Qué estás pensando? ¿Qué es lo que sientes? ¿Quién eres? ¿Qué nos hemos hecho el uno al otro? ¿Qué nos haremos?».

(Gillian Flynn, Perdida, Barcelona, Mondadori, 2013)


lunes, 3 de febrero de 2014

El amor asoma su fea cabeza

Perdida, Gillian Flynn

Love's not so bad they say
But you never know where love is gonna go

(“Love rears its ugly head”, Vernon Reid)

Perdida es, antes que un meritorio best seller —que lo es—, antes que un thriller muy bien escrito —que lo es—, antes que una novela de costumbres con pasajes en plan sitcom —que lo es—, antes que una historia de terror psicológico —sí, también lo es—, es, antes, mucho antes que todo eso, un tratado sobre el matrimonio. Un manual de instrucciones de esa máquina potencialmente peligrosa, minado de simbolitos extraños, tipo x o i, que tratan de decirnos “no intenten esto en sus casas”. O “todo lo que puede salir mal, va a salir mal”. Simbolitos que, claro, cautivos del entusiasmo por poner a funcionar el nuevo artefacto —cautivos del enamoramiento—, siempre, siempre, nos empecinamos en ignorar.

Y así nos va.

Porque, como sabemos desde hace rato, desde antes de Living colour, el amor tiene una fea cabeza. Que de vez en cuando asoma. Y cuando lo hace, agarrate, porque te vas a hamacar…

Como se hamaca Nick, la mitad masculina del matrimonio “caso de estudio” que protagoniza Perdida. La otra mitad es Amy, la Asombrosa Amy. Y entre los dos, marionetas extremadamente humanas cuyos hilos invisibles maneja Gillian Flynn con maestría, te harán hamacar a vos, estimado lector. Ya vas a ver. Estirando al máximo la cuerda de tus nervios. Metiéndote a la fuerza en la piel de esos personajes perversos. Haciendo que intentes imaginarte en ese lugar —esa piel, ese matrimonio, ese pueblo, esa sociedad, esos programas de TV, esos policías, esos abogados— para que enseguida te inunde una desesperación fría, y te lleve a respirar hondo y a recordarte que sí, tranquilo, que es sólo un libro, tranquilo…

Querrás saber si vale la pena leerlo o no. Sí que vale, por supuesto. De lo contrario, no estaría comentado acá. Es entretenídisimo, adictivo, inquietante. No soy el único que piensa así, a la luz de la cantidad de comentarios que se publicaron en la red y en los medios (si existiera algo como la “reseñabilidad” de un libro, Perdida tendría un índice muy alto… o tal vez sea simplemente un buen trabajo de prensa de Mondadori y su Roja&Negra). Por ese motivo, y porque su esencia de thriller se vendría abajo con el más mínimo spoiler es que no diré mucho acerca de la trama. Al que le interese, a su propio riesgo, adentrarse a leer más, puede ir a Google y va a encontrar un puñado de muy buenas reseñas que hablan un poco más de la trama.

El estilo es ágil, limpio, rápido. ¿Qué le sobran algunas páginas? Puede ser. A mí no me molestaron. ¿Que hay que tener paciencia para pasar la primera parte? De ninguna manera: se lee lo más bien, y se huele que es preparación para lo negro que está por venir. ¿Y el truquito del diario íntimo? Excelente y necesario en esa primera parte. Pero con diario o sin él, Flynn muestra una capacidad pasmosa para meterse en las cabezas de sus personajes, crear voces perfectas en primera persona, masculina y femenina. ¿Que tiene giros de lo más sorprendentes, aunque algo efectistas? Sí, y son el combustible perfecto para no largar el libro.

Pero lo mejor de Perdida es que es un cuento de amor, locura y matrimonio. Un paseo por esa casa soleada y cálida a la que te mudaste, pero en la que —no tardás en descubrirlo—  siempre hay una puerta que es mejor no abrir, siempre hay una alfombra levantada justo al borde de la escalera, siempre hay una bolsa llena de cuchillos filosos en la que habrá que meter la mano…

Casate, sí.

Pero andate con mucho, mucho cuidado.

Traducción: Óscar Palmer


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