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lunes, 10 de marzo de 2014

El peligro de mirar los carteles de la ruta

Atravesando la ciudad, con Camelback en el retrovisor, Driver vio una valla publicitaria, uno de esos nuevos y horrendos carteles digitales que cambian cada pocos minutos. «JESÚS MURIÓ POR TUS PECADOS», decía, sobre una figura estilizada que podía ser la de un rabino, un sacerdote o un predicador melenudo, con la mano alzada a guisa de súplica. Esa imagen desapareció para ser suplantada por el primer plano de un señor con pinta de presentarse a algún cargo público. Lo más probable es que ya hubiese nacido con ese aspecto, pero también se lo había trabajado un poco. Cara ancha, ojos sinceros, impecable raya del pelo. «NO MUEVAS UN DEDO ANTES DE HABLAR CON NOSOTROS», podía leerse. «Sims & Barrow, Abogados».
Driver se echó a reír.
A Shannon le habría encantado.
Hacía unos minutos, estaba pensando en Bernie Rose. Y ahora en Shannon. Pensando en cómo casi todos sus conocidos habían desaparecido.
También pensó en Elsa.
En la sonrisa que se le ponía cuando él decía o hacía algo realmente estúpido. En su voz junto a él, en plena noche. En la pinta de perro ahogado que se le ponía al salir de la ducha con el cabello mojado. En el aspecto que tenía aquel ultimo día, apoyada contra la pared de un café vacío, con el pecho chorreando sangre.

(James Sallis, El regreso de Driver, Barcelona, RBA libros, 2013)


domingo, 9 de marzo de 2014

Opiniones y convicciones

—Las opiniones son como la raja del culo —solía decir Shannon—, todo el mundo tiene una. Pero las convicciones, eso ya es otra cosa… Las convicciones son unos enemigos de la verdad más peligrosos que las mentiras.
Esta última cita era de Nietzsche, aunque Driver no lo sabía en su momento. Estos últimos años, Driver se había puesto al corriente de muchas cosas. Dudaba mucho que Shannon creyera en ningún tipo de verdad susceptible de ser metida en una caja para llevártela a casa. Pero era innegable que sabía lo suyo de mentiras. Las que nos cuentan desde el nacimiento, aquellas en las que nosotros mismos nos metemos, las que nos contamos a nosotros mismos para seguir adelante.

(James Sallis, El regreso de Driver, Barcelona, RBA libros, 2013)


sábado, 8 de marzo de 2014

Libre albedrío, las pelotas

Driver no estaba muy seguro de llegar a tomar una decisión; por lo menos, no en el sentido que le daba Manny. Tú te quedabas tan tranquilo y, cuando llegaba el momento, mirabas alrededor, veías cómo estaba el patio y obrabas en consecuencia. No es que te dejaras empujar por las circunstancias, sino que te movías con mayor rapidez con la corriente a tu favor. Era como descifrar señales, como seguir una pista.
Evidentemente, Manny insistía en que tales teorías no eran más que chorradas que apestaban a religión:
—¿Señales? ¿Qué mierda de señales? ¿Límites de velocidad, cruces de ganado?
Para Manny, todo lo que no fuese totalmente racional consistía en un impulso religioso disfrazado o de incógnito. Aquel día en el bar de blues, la había emprendido con los ateos:
—Son peores que los cristianos. Tan seguros de todo y tan pagados de sí mismos... Tienen su propia religión pequeñita, esos tíos. Sus propios rituales, sus salmos, sus hanukkas, sus hosannas... No te hacen ni puto caso.
Y a continuación, su jerigonza habitual, llena de acentos raros y frases de guiones en los que había trabajado recientemente:
—¿Libre albedrío? ¡Los cojones! Las cosas en las que creemos, los libros que tenemos en tan alta estima, joder, hasta la música que escuchamos... Todo está programado, muchacho, todo eso es nuestro por herencia y porque te rodea hasta que te lo tragas. Creemos tomar decisiones. Pero lo que pasa es que las decisiones se ponen de pie, nos plantan cara y nos miran de manera amenazante.
—O sea, que según tú, el camino de un hombre por la vida ya está predestinado, ¿no?
—Acabo de decírtelo. Sí, de repente estamos vivos y nos desperdigamos por ahí cual cucarachas al encenderse la luz; hasta que la luz se apaga.
—Eso es deprimente de cojones, Manny.
—No voy a discutírtelo. Pero esos momentos de luz, mientras nos desperdigamos... Pueden ser gloriosos.

(James Sallis, El regreso de Driver, Barcelona, RBA libros, 2013)


martes, 4 de marzo de 2014

Busco mi destino

El regreso de Driver, James Sallis

Luego de la exitosa película de Nicolas Winding Refn con Ryan Gosling, era clavado que Sallis iba a escribir la secuela de Drive. ¿Presión de los estudios? Él mismo lo ha dicho: “Me llamaron, y dije que no, que no había escrito ninguna secuela. Pero colgué el teléfono, prendí la computadora y escribí el título: Driven”. Título que encontraría curiosa traducción en El regreso de Driver.

Es cierto que Driver, aquel inolvidable conductor de riesgo, regresa en esta novela —después de todo, es una secuela—, pero como título hubiera sido mucho más apropiado mantener el original Driven (como sí se hizo en la primera parte, Drive). Porque driven, además de ser un participio, puede significar guiado, determinado. Y esa sola y precisa palabra resulta mucho más potente a la hora de describir a este hombre que parece predestinado.

Después de lo sucedido en aquella primera parte, Driver debe desaparecer. Siete años más tarde tiene una nueva identidad, vive en Phoenix y su novia se llama Elsa. Aunque ya no conduce para los estudios de Hollywood, ni para ninguna banda de ladrones, Driver sigue viviendo de los autos. Esto lo vamos sabiendo a medida que avanza el libro, porque lo que vemos en el comienzo es otra cosa: dos tipos atacan a Driver en un callejón. Driver los despacha en silencio, con la toda la eficiente violencia de la que, como sabemos, es capaz. Pero no puede evitar que su novia Elsa termine con una herida sangrante en el pecho. Y que se le apaguen los ojos.

A partir de entonces, Driver tiene que esconderse de tipos que empiezan a seguirlo, y a aparecer por todos lados para matarlo. Se compra un Ford Fairlane y lo tunea hasta convertirlo en “algo que necesita comer carne seis veces al día”, como le dice un colega. Aún escapando, divide su tiempo en tratar de entender por qué quieren matarlo, y en buscar la manera de vengar a Elsa.

Sallis vuelve a entregar una joya en formato de novela corta (le alcanzan perfectamente sus 144 páginas). Sin llegar a tener un desarrollo lineal puro, la historia es bastante más directa que la de la primera, Drive. Hay flashbacks, pero menos. Hay elipsis, y el lector debe construir partes de la historia. Vuelven a brillar aquí los diálogos, en especial los que Driver mantiene con Manny, su amigo guionista de Hollywood. La violencia abunda, aunque parece de alguna forma contenida, sorda (hace que uno recuerde aquel contraste, aquella poética brutalidad tan bien lograda en su adaptación a la pantalla).

Entre citas de Nietzsche o divagaciones acerca del libre albedrío y el determinismo —la filosofía es una tendencia recurrente de algunos personajes de Sallis, quien por esto es amado u odiado sin términos medios—, Driven es la historia de un permanente fugitivo. Un solitario que no puede escapar de su destino: moverse, salir a la ruta, no tener una casa. Una existencia de desarraigo y vacío, de una cama distinta cada noche, de moteles sucios y cafeterías de tapizados pringosos, que está en interesante tensión con una de las columnas del ideario yanqui: la libertad representada en el camino. Un hombre, un auto, una ruta: “a free country”. De esa cultura individualista, costado del american way, es también heredero Driver.

Al recorrer esa imagen del final, con la sonrisa de Driver en el espejo retrovisor, y el pie acariciando el acelerador del Fairlane, resulta inevitable imaginarlo como a un cowboy que cabalga hacia el atardecer.

Hacia lo que traiga el destino o el camino.

Traducción: Ramón de España

1/14

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lunes, 25 de abril de 2011

Precisión en velocidad

Drive, James Sallis
Recurro al latiguillo futbolero, ese que resume la máxima aspiración de cualquier equipo, para arrancar la reseña de esta joya que es Drive, la nouvelle de James Sallis que nos trae la impecable colección Serie Negra de RBA. Digo precisión porque la prosa en esta novela es un Sallis —ya en sí mismo todo un estilista— pero en su máxima concentración, para adecuarse a las reglas del género más negro. Y digo velocidad porque, bueno, la velocidad es el negocio de Driver, el protagonista de esta novela.
La historia comienza con Driver tirado y herido en una mugrienta habitación de motel en Phoenix, Arizona. Un charco de sangre avanza hacia él. Ha habido mucha adrenalina, un navajazo y algunos disparos. Ahora hay tres cadáveres repartidos entre el baño y la puerta de la habitación, y Driver tiene un brazo que no le responde.
“Yo no participo, no conozco a nadie, no llevo armas. Yo sólo conduzco”. Así se define Driver, y, aunque la escena inicial parezca decir lo contrario, está bien. Porque la conducción de autos es su modo de vida. Tanto en la luz —Driver es un stunt driver, es decir un conductor de escenas riesgosas, y como tal participa en grandes producciones o en films de clase B— como en la sombra —cuando se dedica a preparar y conducir autos para cometer atracos. Toda la gente que lo tiene que conocer, lo conoce, porque Driver es el mejor en lo suyo. Hasta que un golpe sale mal, muy mal, y la cosa se tuerce. Driver es traicionado, se salva por un pelo y se encuentra con un botín que no le pertenece. Y entonces saca de sí toda la sagacidad y la violencia que juntó en una infancia durísima, y comienza una historia de venganza digna de Tarantino.
La mención al gran cineasta no es casual. Como integrante de la particular fauna hollywoodense, Driver se codea con directores, protagoniza espectaculares persecusiones y se junta a tomar vino (malbec argentino) con Manny, su amigo guionista, mezcla de Coen y Tarantino. En todos esos encuentros y filmaciones el autor desliza unos cuantos deliciosos guiños cinéfilos. Y alguno que otro literario, como el de Borges y el Quijote…
En capítulos cortos, y mediante el recurso del flashback, el autor nos muestra episodios de la vida reciente y no tan reciente de Driver que permiten comprender cómo y por qué llegó hasta donde ahora se encuentra. Sallis recurre en esta novela corta a todas las convenciones del género, y las potencia con la calidad de su escritura. Personajes que se muestran a través de lo que hacen y de lo que dicen, y no a través de monólogos; piceladas certeras para mostrar detalles en apariencia mínimos, y que terminan pintando todo un ambiente, un clima, un estado de ánimo. Para apreciar mucho de esto, recomiendo una vez más la saludable LGC1 (“lectura gratuita del capítulo 1”): escóndanse en cualquier rincón de una librería, lean el primer capítulo, y aprecien cómo se pinta una escena terrible.
No es fácil encontrar libros de este excelente autor, poco conocido entre los lectores en español. Así que aprovechen a conocerlo con Drive, una novela altamente recomendable.
Traducción: Juanjo Estrella
3/11

domingo, 19 de diciembre de 2010

Viaje interior

El ojo del grillo, James Sallis

Otra gran novela de Lew Griffin.

Una vez más, una o varias historias que, mucho más que un thriller, conforman un viaje interior, la incesante búsqueda de uno mismo a través de los otros. En suma, una historia de amor.

En esta historia, Lew, ex – alcohólico que tiene sus recaídas, escritor y profesor universitario de Literatura Francesa que lee a Borges (aquí Sallis -él mismo un polifacético y reconocido crítico, poeta, ensayista y editor-deja entrever su erudición: el libro arranca con una cita del gran Enrique Anderson Imbert), siempre obsesionado por la búsqueda de personas comienza la novela al revés, con un encuentro: un indigente aparece en un hospital. Lew no sabe quién es el aparecido, pero lleva un ajado ejemplar de una novela suya. Lew cree estar ante El Gran Encuentro de su vida: ¿puede haber aparecido su amado y perdido hijo David? El detalle extraño es que el indigente dice ser… el mismo Lew Griffin.

Como en todas sus novelas, son importantes protagonistas la ciudad de New Orleans -ese sí que un verdadero crisol de culturas-, la condición de negro, la literatura, el amor a los amigos y a las mujeres –las que están, pero especialmente, las que ya no están-, a los hijos… Sallis/Griffin se las arregla para mostrarnos, de un mundo que sabe triste, amargo, peligroso y barranca abajo, su visión esperanzada, con momentos epifánicos, en la que el crecimiento interior y el amor aún constituyen las únicas formas de redención.

Traducción: Pedro B. Rey

7/10

lunes, 13 de septiembre de 2010

Detective se busca a sí mismo

El tejedor, James Sallis

Segunda historia de Sallis que llega a mis manos, El tejedor también es protagonizada por Lew Griffin, detective negro de New Orleans. Dado al alcohol. Ex combatiente. Amante de la literatura y el blues.

La novela atraviesa distintos períodos de la vida de Griffin, y distintos episodios, no necesariamente vinculados entre sí. Primero debe averiguar el paradero de una activista negra. Más tarde pasa un tiempo en una clínica de rehabilitación. Allí un compañero le habla de su hermana, y Lew sale a buscarla. También conoce a Vicky. Y también pierde de vista a su hijo…

El tejedor es una historia amarga y triste, y a la vez luminosa. Tiene sus chispazos de humor ácido, pero también muestra lo que significa para muchos ir con la negritud a cuestas en el ambiente casi siempre hostil de la sureña New Orleans. Su jazz, sus bares, sus borrachos desfallecientes. La literatura como camino de salvación.

Rodeado de personajes de esos con quienes se salvan la vida mutuamente (su amigo el policía Don Walsh, su amiga-amante-mujer, la prostituta LaVerne), Griffin es un detective que viene a ganarse un lugar entre los detectives memorables. Debajo de la Trinidad Marlowe-Spade-Archer, pero perfectamente conviviendo con el Scudder de Block, el Pepe Carvalho de Montalbán, el Bosch de Connelly.

La maestría de Sallis en la construcción del personaje, que vemos a través de su propia visión del mundo, desencantada y esperanzada a la vez, y en lograr esa presencia fortísima de la ciudad, sus costumbres, su gastronomía, su origen francés, hacen de esta novela, y de todas las de la serie de Griffin que se han cruzado en mi camino, un verdadero clásico.

Traducción: Mireia Porta i Arnau

4/10