Mostrando entradas con la etiqueta John le Carré. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John le Carré. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de septiembre de 2011

Perseguido


Leamas observó cómo sacaba un cigarrillo del paquete que había en la mesa y lo encendía. Advirtió dos cosas: que Peters era zurdo, y que, por segunda vez, se había puesto el cigarrillo en la boca con la marca hacia fuera, para que se quemara antes. Fue un gesto que le gustó a Leamas: indicaba que Peters, como también él, había estado perseguido.

(John Le Carré, El espía que surgió del frío, Barcelona, Random House Mondadori, 2010, pág 89)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Amanecer en un aeropuerto

Hacía frío esa mañana; la leve niebla era húmeda y gris, y picaba en la piel. A Leamas, el aeropuerto le recordó la guerra: máquinas, medio ocultas en la neblina, esperando pacientemente a sus amos; las voces resonantes y sus ecos, el grito súbito y el incongruente golpeteo de unos tacones de muchacha en el pavimento de piedra; el rugido de un motor que podía estar al lado mismo de uno. En todas partes, ese aire de conspiración que se produce entre la gente que está levantada desde le amanecer, casi de superioridad, nacida de la experiencia común de haber visto desaparecer la noche y llegar la mañana. Los empleados tenían ese aspecto que produce el misterio del alba y que el frío estimula, y trataban a los pasajeros y a su equipaje con el aire remoto de hombres regresados del frente; el resto de los mortales no les decían nada esa mañana.

(John Le Carré, El espía que surgió del frío, Barcelona, Random House Mondadori, 2010, pág 80)

lunes, 29 de agosto de 2011

El lado oscuro de James Bond

El espía que surgió del frío, John le Carré

En 1962, la Guerra era fría, pero se cocinaba a fuego lento en Europa Central. Berlín es una ciudad que vive una noche eterna, en la que resuenan pasos nerviosos sobre los adoquinados húmedos. Una ciudad en la que los reflectores en la niebla son gigantescos bastones que barren el aire, capaces de decapitarte. Y zanjas, y rollos de alambres de púas, y altoparlantes. Y balas que se incrustan en el muro.

Alec Leamas, el gris agente británico a cargo del espionaje en Alemania Oriental no está pasando por su mejor momento: toda la red que lidera está siendo destruida a manos de Mundt, el despiadado jefe de la contra inteligencia Oriental. Su último agente es abatido cuando intentaba cruzar el muro, escena que es relatada en un primer capítulo memorable, de una tensión que agarra al lector de los pelos y no lo deja apartar la mirada —a través de binoculares, claro— de esa bicicleta iluminada por reflectores...

Leamas vuelve a Londres y, cuando espera que lo releguen a una oscura oficina a esperar la jubilación, Control (sí, sí: el Jefe de la inteligancia británica ¡se llama Control!) le propone la más sucia y peligrosa de las misiones. Y si encima le va a servir para vengarse del odiado Mundt, ¿qué otra cosa puede hacer Leamas que aceptarla?

En un mundo en el que nadie puede usar su nombre real, y en el que las imprentas que falsifican pasaportes y visados parecen trabajar a tiempo completo, Leamas debe prepararse cuidadosamente. A lo largo de su derrotero, que lo lleva por media Europa hasta llegar al centro de la Alemania socialista, se cruza con diversos personajes, todos en el mismo “negocio”. Con ellos Leamas mantiene ciertos contrapuntos dialécticos, en los que las argumentaciones ideológicas van dejando lugar a las amargas reflexiones sobre las miserias de los hombres y de los sistemas, a uno y otro lado del Telón de Hierro.

El espía que surgió del frío está considerado, con justicia, un verdadero clásico del género de espionaje, ese primo cercano de la novela negra. Y John le Carré, el más grande escritor en el rubro, creador del legendario George Smiley (personaje que aparece, lateralmente, en esta historia).

Es cierto que la trama de El espía… puede, de tan compleja, resultar confusa en algunos tramos. Y en manos de un escritor con menos oficio hubiera terminado en naufragio. Pero es Le Carré, con su perfecto manejo de los tiempos de la narración y su capacidad de construir un clima con dos pinceladas, o de crear un personaje sólido como Alec Leamas, quien hace de esta novela un inolvidable clásico.

Traducción: Nieves Morón

8/11