lunes, 13 de enero de 2014
Siempre en la ruta
lunes, 22 de agosto de 2011
El matrimonio según Sughrue
Un antiguo compañero de copas había vuelto a casa tras una parranda de dos semanas con una rosa tatuada en el brazo. La flor estaba rodeada por la leyenda: Manda a todos al carajo / y duerme hasta el mediodía. Su mujer exigió que se la quitase quirúrgicamente, pero resultó que aún detestaba más la cicatriz. Cada vez que se la tocaba, él sonreía despectivamente. Unos años más tarde, la esposa intentó borrarle la sonrisa con una botella de vino, pero sólo logró arrancarle un par de dientes, lo cual convirtió su expresión en algo todavía más parecido a una burla. Lo que no comprendo, sin embargo, es que a día de hoy continúan estando casados. Él exhibe su mueca de desdén y ella la abomina.
(James Crumley, El último buen beso, RBA Libros, 2011, pág 131)
jueves, 18 de agosto de 2011
Una casa, una resaca
¿A mi casa? Mi casa es el condado de Moody, al sur de Texas, donde la pradera de tierra negruzca colisiona contra los cerros de caliche y los cortes zigzagueantes de los arroyos de la Brasada, región de zarzas y arbustos. Pero ya no voy nunca por allí. Mi casa es el apartamento de la margen oriental del río Hell Roaring, tres habitaciones en las que tengo que abrir armarios y cajones para asegurarme de que no me he confundido de sitio. ¿Mi casa? Podría ser un bar de motel a las once de una noche de domingo, durante un silencio compartido con la guapa camarera que me considera un individuo repulsivo, y algún gilipollas con cazadora de plástico que me toma por su compadre. Como le había dicho a Trahearne, el hogar es dondequiera que uno cuelga la resaca. Lo es al menos para gente como yo… algunas veces.
(James Crumley, El último buen beso, RBA Libros, 2011, pág. 171)
lunes, 15 de agosto de 2011
Viaje al centro del género negro

Supe de Crumley a través de una reseña escrita por Fresán en “El Extranjero” del Radar Libros, hace una pila de años. Hablaba de él y de sus alucinados detectives de tal manera que Crumley se convertió para mí en una especie de obsesión. Busqué sus libros por todos lados, pero sólo conseguí Un caso equivocado en la edición de Júcar de 1990. La novela no sólo estuvo a la altura de la reseña de Fresán sino mucho, muchísimo más arriba, de modo que no tuve más opción que seguir rastreando libros de Crumley, sin éxito. Entonces recurrí al plan B: ediciones en inglés. Así tuve mi primer contacto con The last good kiss. El resultado fue tan bueno como mi nivel en ese idioma: lo tuve que largar por la mitad. No diré que con dolor, para no pecar de melodramático, pero baste decir que pocas veces lamenté tanto no ser “un poco más” angloparlante. De todas formas, me alcanzó para entender qué tipo de libro tenía entre manos.
Resulta que ahora, en pleno 2011, cuando parecía que todo estaba perdido (incluso al pobre James, fallecido en 2008) viene RBA a enriquecer su ya muy buena Serie Negra publicando El último buen beso. ¡Aleluya! Alguien se había ocupado de traer a mi idioma ese lenguaje cargado de poesía y esos diálogos en un slang triste y alcohólico, que yo apenas llegaba a vislumbrar a través del velo de mi inglés limitado.
Llamemos a las cosas por su nombre: El último buen beso tiene estatura de clásico. Es una historia de búsquedas, de desencuentros, de locura, de desesperación y, en suma, de amor. Libro de culto, sí, pero un librazo hecho y derecho, en clave de la mejor tradición negra americana.
C.W. Sughrue es el detective y narrador. Aceptó el encargo de encontrar a Trahearne, un escritor borracho que anda recorriendo todos los bares del Oeste, desde Montana hasta California. Esto lo sabemos de boca del propio Sughrue, dado que en realidad la novela comienza con este encuentro. Es en un mugriento bar de Sonoma, en el que todos, incluido Fireball, el inolvidable bulldog, están de alcohol hasta las orejas. Tanto que una pelea termina a los tiros, mandando a Trahearne al hospital. Sughrue debe esperar unos días a que lo dejen salir para llevar al escritor de vuelta a casa. Es entonces cuando Rosie, la dueña del bar, le encarga un segundo caso: encontrar a Betty Sue, su única hija viva, desaparecida diez años atrás.
Comienza allí un peregrinaje que llevará a los tres borrachos (Trahearne, Fireball y el propio Sughrue) a través del lado oscuro de una América que no puede sacudirse la resaca de Vietnam y del Verano del Amor. Drogas, putas y whisky. Hippies, porno y más whisky. Clima de road movie con momentos de ácido humor que se va transformando poco a poco en una pintura amarga de la locura y la soledad. Claro que hay también una trama de mafiosos, unos cuarenta mil dólares que no aparecen, desquiciados triángulos amorosos. Y un desenlace tan inesperado como brutal.
Crumley exhibe una prosa por momentos filosa, por momentos poética, siempre brillante, que me recordó a los mejores pasajes del otro James, Sallis. C.W. Sughrue es un personaje que uno sabe que no olvidará. Y Trahearne y su enloquecido entorno son adorablemente repugnantes: yo también recordé —de manera que no logro explicarme muy bien— al Ignatius Reilly de Toole.
Frente a un género que —gracias al marketing, a las modas, a las series por cable— a veces parece una bolsa de gatos, Crumley y El último buen beso vienen a plantarse, casi como outsiders, para recordarnos de un cachetazo de qué va esa cosa llamada novela negra.
Verdaderamente imprescindible.
Traducción: Marta Pérez Sánchez
8/11
