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jueves, 3 de mayo de 2012

Disparos, voces, sirenas


Cuando se terminaron la oscuridad y el silencio, estaba en la ladera, de pie junto al edificio y oyendo el río, y ahora tenía agudizados los sentidos. Oyó que se cerraba la portezuela de un coche. Oyó que arrancaban el motor. Un momento más tarde estaba otra vez delante del restaurante, amartillando la escopeta y apretando el gatillo hasta quedarse sin balas. Vio que las luces traseras del coche se alejaban parpadeando por la carretera entre los árboles.
Estaba temblando de pies a cabeza. El aire le entraba y le salía a empujones de los pulmones. Giró el arma a un lado y al otro. Cuando tocó el cañón, alguien dijo “¡Hostia!”, y él se preguntó quién estaba hablando, y la persona dijo “¡Mierda!”, y entonces se dio cuenta de que era él mismo.
Oyó una sirena que se acercaba y sonaba cada vez más fuerte, pero resultó ser el aullido de una voz humana.
La puerta del restaurante estaba abierta. Él la cruzó gritando “Eh, eh, eh…”, no sabía por qué.
Sally Fuck se levantó detrás de la barra del restaurante, aullando como una sirena y con las manos empapadas en sangre.

(Denis Johnson, Que nadie se mueva, Barcelona, Mondadori, 2012, pg 125)

martes, 1 de mayo de 2012

A quarter


El paisaje tenía ese aspecto luminoso del Central Valley. Algunos pinos. Robles. Huertas. Granjas. Soleado y plácido. Condujeron en dirección sur, dejando atrás Oroville y buscando un centro comercial. Las señales de velocidad máxima marcaban ciento veinte kilómetros por hora. Luntz no pasó del límite. Tenía su ventanilla entreabierta para expulsar el humo del cigarrillo lejos de la cara de Anita.
—Un tío que trabajaba en un casino de Las Vegas me contó una vez la historia de un hippie que había conocido —dijo Luntz—. El hippie llegó del desierto en plena noche, entró todo desgarbado en el casino con unas sandalias huaraches, una camiseta desteñida y unos pantalones anchos estilo hindú, se fue a la mesa de la ruleta, buscó en el monedero que tenía sujeto al cinturón y sacó una moneda de un cuarto de dólar. Puso la moneda sobre el negro. La bolita cayó en el veintidós negro. Jugó otra vez y volvió a doblar, a continuación cambió al rojo, dobló su dólar, se llevó sus dos dólares al blackjack y ganó diez partidas seguidas, doblando cada vez. Diez seguidas. Como lo oyes. Dos mil cuarenta y ocho dólares. Recogió sus fichas y se fue a jugar a los dados y se puso a apostar con el que los tiraba, el doble de todo lo que el otro apostara. Al cabo de dos horas la casa estaba controlando sus movimientos y lo estaban invitando a comida gratis y ya lo tenían borracho a base de copas gratis, pero él seguía jugando a los dados, rodeado de una multitud, apostando doscientos por tirada. Hacia las tres de la mañana había acumulado más de seis de los grandes a partir de una inversión inicial de venticinco centavos. Y de pronto, en cuatro o cinco apuestas grandes… lo perdió todo. Se quedó ahí pensando un momento… rodeado de gente que lo miraba… Se quedó ahí… todo el mundo le gritaba: “¡Otra moneda! ¡Otra moneda!”. El viejo hippie negó con la cabeza. Y salió dando tumbos de vuelta al desierto, después de una noche increíble en un casino de Las Vegas. Una noche de la que todavía se habla. El coste total fue de veinticinco centavos. Una noche que no olvidará en la vida.
—Para ser alguien que no bebe café —dijo Anita—, le das a la lengua que da gusto.
—Me distrae de pensar en otras cosas.
—¿Como qué?
—Como quién eres tú y qué coño quieres.

(Denis Johnson, Que nadie se mueva, Barcelona, Mondadori, 2012, pg 72)

sábado, 28 de abril de 2012

Apuesta y corre

Que nadie se mueva, Denis Johnson


Cada nueva novela en la Colección Roja & Negra de Mondadori & Fresán es un suceso al que hay que prestarle atención. La colección, casi por definición, resulta de nivel variado. Pero sus puntos altos son altos de verdad: ojo cuando aparece una nueva novela de Roja & Negra.

Que nadie se mueva, del norteamericano Denis Johnson, es la última que se ha distribuido en Buenos Aires. No conocía al autor pero la suma del sello “colección R&N” más las loas de tapa a cargo de Jonathan Franzen más prólogo del prologuista profesional más tapa pulp con chica y revólver humeante me empujó a asumir un riesgo: la compré. Y fue una muy buena decisión.

El protagonista de esta historia es Jimmy Luntz. Jimmy canta en un ridículo coro masculino. Es tan perdedor que Fresán le implanta la cara de Steve Buscemi, como para que se den una idea. Además de cantar, Jimmy debe plata porque eso es lo que hacen los jugadores compulsivos. Mucha plata, y a gente mala. Cuando lo viene a buscar el matón Gambol, Jimmy lo balea pero, ay, no lo mata del todo. Lo dicho: Jimmy es un perdedor.

Por ahí anda Anita Desilvera. Es una india bellísima. Bebe un montón, pero no siempre está borracha. Por esas cosas de la vida (y de las novelas como esta) sabe cómo acceder a un botín de 2,3 millones de dólares. También tiene un arreglo judicial pendiente, y un divorcio costoso. Pero ¿qué es eso en comparación con esos 2,3? Nunca iba a pensar, claro, que se cruzaría con Jimmy en la barra de un bar de motel. Es el encuentro de dos potencias.

A partir de entonces, mientras Gambol se recupera escondido en el trailer de Mary, una enfermera veterinaria todo servicio, su jefe Juárez y el Hombre Alto comienzan la cacería de Jimmy por todo el norte de California. Y Jimmy escapa junto con Anita, y sigue sin creer que ella sea tan hermosa. Pareciera que, por una vez, el ludópata consumidor de raspaditas tiene verdadera suerte. Al tiempo ya se suma Gambol, y entre todos van dejando un tendal en los bares de rutas y en las bandas de moteros hasta que al final todos se encuentran y… es el momento de apostar all-in.

La novela es de un ritmo intenso, y me resultó muy entretenida. Los personajes, el humor y los diálogos son bien de esa rama de la familia que viene del tío Leonard y los primos Tarantino y Coen (*). No lo digo yo, sólo suscribo una de las afirmaciones de Fresán en el prólogo. Pero además Rodrigo habla de la poesía en la prosa de Johnson. Que además de poeta es un autor exquisito, de culto, de crear momentos epifánicos (epifanía = palabra fresaniana por excelencia). Si hasta Javier Calvo —a cargo de la traducción— revela en su blog que es devoto de este escritor norteamericano nacido en Munich. Y yo, que no traduzco ni edito pero leo, tengo que coincidir en esa valoración de Johnson, pero hasta ahí: se ven en Que nadie se mueva algunos destellos de todo ese valor, pero se me hace que tendría que leer alguno de sus otros libros para sumarme o no al Club de los Adoradores de Denis.

Una novela muy divertida, muy cinematográfica en sus diálogos y en sus escenarios de road movie clase B. Hace bien Fresán en elegirla para su colección: se instala entre las mejores R&N que han pasado por mis manos.


(*): a propósito de tarantinianos y coenianos (¿y eso?) y de criterios y gustos de los editores, me acordé de la otra novela de este estilo que tiene la colección. La comenté aquí, Muerte y vida de Bobby Z. Adoro a Winslow y me considero en deuda por siempre con él sólo por habernos dado El poder del perro. Pero esta novela de Johnson es, a mi criterio, superior a aquella.

Traducción: Javier Calvo

3/12