martes, 26 de febrero de 2013
Mientras llega la gran ola
lunes, 3 de diciembre de 2012
Lluvia que cae sobre el alma
sábado, 28 de abril de 2012
Apuesta y corre
lunes, 15 de agosto de 2011
Viaje al centro del género negro

Supe de Crumley a través de una reseña escrita por Fresán en “El Extranjero” del Radar Libros, hace una pila de años. Hablaba de él y de sus alucinados detectives de tal manera que Crumley se convertió para mí en una especie de obsesión. Busqué sus libros por todos lados, pero sólo conseguí Un caso equivocado en la edición de Júcar de 1990. La novela no sólo estuvo a la altura de la reseña de Fresán sino mucho, muchísimo más arriba, de modo que no tuve más opción que seguir rastreando libros de Crumley, sin éxito. Entonces recurrí al plan B: ediciones en inglés. Así tuve mi primer contacto con The last good kiss. El resultado fue tan bueno como mi nivel en ese idioma: lo tuve que largar por la mitad. No diré que con dolor, para no pecar de melodramático, pero baste decir que pocas veces lamenté tanto no ser “un poco más” angloparlante. De todas formas, me alcanzó para entender qué tipo de libro tenía entre manos.
Resulta que ahora, en pleno 2011, cuando parecía que todo estaba perdido (incluso al pobre James, fallecido en 2008) viene RBA a enriquecer su ya muy buena Serie Negra publicando El último buen beso. ¡Aleluya! Alguien se había ocupado de traer a mi idioma ese lenguaje cargado de poesía y esos diálogos en un slang triste y alcohólico, que yo apenas llegaba a vislumbrar a través del velo de mi inglés limitado.
Llamemos a las cosas por su nombre: El último buen beso tiene estatura de clásico. Es una historia de búsquedas, de desencuentros, de locura, de desesperación y, en suma, de amor. Libro de culto, sí, pero un librazo hecho y derecho, en clave de la mejor tradición negra americana.
C.W. Sughrue es el detective y narrador. Aceptó el encargo de encontrar a Trahearne, un escritor borracho que anda recorriendo todos los bares del Oeste, desde Montana hasta California. Esto lo sabemos de boca del propio Sughrue, dado que en realidad la novela comienza con este encuentro. Es en un mugriento bar de Sonoma, en el que todos, incluido Fireball, el inolvidable bulldog, están de alcohol hasta las orejas. Tanto que una pelea termina a los tiros, mandando a Trahearne al hospital. Sughrue debe esperar unos días a que lo dejen salir para llevar al escritor de vuelta a casa. Es entonces cuando Rosie, la dueña del bar, le encarga un segundo caso: encontrar a Betty Sue, su única hija viva, desaparecida diez años atrás.
Comienza allí un peregrinaje que llevará a los tres borrachos (Trahearne, Fireball y el propio Sughrue) a través del lado oscuro de una América que no puede sacudirse la resaca de Vietnam y del Verano del Amor. Drogas, putas y whisky. Hippies, porno y más whisky. Clima de road movie con momentos de ácido humor que se va transformando poco a poco en una pintura amarga de la locura y la soledad. Claro que hay también una trama de mafiosos, unos cuarenta mil dólares que no aparecen, desquiciados triángulos amorosos. Y un desenlace tan inesperado como brutal.
Crumley exhibe una prosa por momentos filosa, por momentos poética, siempre brillante, que me recordó a los mejores pasajes del otro James, Sallis. C.W. Sughrue es un personaje que uno sabe que no olvidará. Y Trahearne y su enloquecido entorno son adorablemente repugnantes: yo también recordé —de manera que no logro explicarme muy bien— al Ignatius Reilly de Toole.
Frente a un género que —gracias al marketing, a las modas, a las series por cable— a veces parece una bolsa de gatos, Crumley y El último buen beso vienen a plantarse, casi como outsiders, para recordarnos de un cachetazo de qué va esa cosa llamada novela negra.
Verdaderamente imprescindible.
Traducción: Marta Pérez Sánchez
8/11
lunes, 13 de junio de 2011
Vértigo livianito

lunes, 9 de mayo de 2011
El Diablo sabe por Diablo, pero Archer sabe por viejo

Publicada en 1973, La bella durmiente es la penúltima novela que protagoniza Lew Archer, el mítico personaje creado por Ross Macdonald que, a criterio de muchos, integra una especie de brillante podio detectivesco junto con Philip Marlowe y Sam Spade.
El bueno de Archer se encuentra en un avión desde el que avizora una enorme mancha de petróleo oscureciendo el mar. Cuando baja, se sube a su auto y, tras conducir un rato, en una playa conoce a una chica algo extraña. Ella está tratando de salvar a un ave empetrolada. Archer le ofrece ayuda a la chica, Laurel Russo, quien resulta no ser del todo ajena al desastre ecológico. Luego de un breve contacto Laurel desaparece, llevándose consigo unas pastillas para dormir: considerando sus tendencias suicidas, es como si la chica se hubiera llevado un arma de fuego. Al menos, es lo que su marido, el farmacéutico Tom Russo, le dice a Archer cuando lo contrata para que la encuentre. Lew no tarde en descubrir que Laurel es la heredera de una riquísima familia petrolera: la misma familia a la que pertenece la plataforma que está pintando de negro las costas del sur de California.
Hasta acá, el gran Ross ya ha puesto sobre la mesa todos los elementos de su historia. Porque, como muchos autores, Macdonald —en especial en sus últimas novelas— también escribe siempre más o menos sobre los mismos asuntos: las familias, las espinosas relaciones entre los hombres y las mujeres, entre padres, hijos y hermanos. En La bella durmiente se trata de los Lennox. William, viejo patriarca ya retirado, divorciado de Sylvia, fue el fundador del imperio. Su hijo Jack, casado con Marian, y padre de Laurel, conduce la compañía petrolera junto con su cuñado y antiguo camarada de armas, el Capitán Somerville, esposo de Elizabeth Lennox. Todos ellos, en mayor o menor medida, esperando quedarse con alguna herencia más o menos importante en algún momento, y a quienes la desaparición de Laurel ha golpeado de modos diversos.
A estas alturas de su vida, el rol de Archer —quien, más viejo pero más sabio, hace rato que dejó las trompadas— prácticamente se reduce a introducirse en una historia familiar para encontrar muy en el fondo, a menudo una o dos generaciones atrás, el origen del problema por el cual lo han contratado. Desde luego, lo que encuentra no siempre agrada a sus clientes, y muy ocasionalmente “soluciona” algo: las más de las veces todos —personajes y lectores— nos quedamos con esa sensación de que el mundo se ha convertido en un lugar triste, oscuro y difícil. Que los hombres somos criaturas incomprensibles y demasiado eficaces a la hora de causarnos dolor unos a otros.
En su madurez, Ross Macdonald nos vuelve a deslumbrar con la densidad psicológica de los personajes, sus diálogos brillantes y veloces y su compleja pero ajustada trama. Leerlo siempre revela su estatura de clásico, al tiempo que deja a unos cuantos autores de esos que pueblan las mesas de novedades como verdaderos novatos. Prometedores algunos, pero novatos al fin.
Traducción: Aurora C. de Merlo
3/11


