Nunca
había visto la obra de teatro en la que se basaban para hacer la palícula. Pero
no era nada parecida a las historias que me gustan: un reverendo alcohólico, el
personaje que actuaba Burton, es un obsesionado sexual, perdedor y mal
viviente. No muy diferente del actor. En un viaje con varias mujeres viejas a
una playa de México, acosa sexualmente a la nieta de una de ellas, nuestra
infame Lolita. Para evitar problemas con la ley, sabotea el camión donde viajan
y se refugia en el hotel de una ex amante. A éste llegan también una pintora,
el personaje de Deborah Kerr, y su padre, quien se autonombra el poeta vivo más
viejo, noventa y cinco años. Todos esos personajes sufren y gritan. Esa es la
historia.
Nunca
entendí qué hacía un viejo famoso en una playa. Si yo fuera él, me comparía un
Jaguar, como el de Scott Cherries, y contrataría dos muchachas alegres. Así
moriría con una sonrisa idiota.
Pero eso
haría yo. No la película, que se me hacía aburrida. Mucho diálogo y ninguna
persecución de coches. Cuando conocí a Tennessee Williams supe que no podía
esperar nada más de un autor que vestía de rosa pálido y se hacía acompañar de
un perrito con listones rojos.
(F. G. Haghenbeck,
Trago amargo, Barcelona, Roca
Editorial, 2009, pg 47)
Todos los
actores se odiaban entre sí y había más tensión sexual en el set que en una
preparatoria mixta. El director estaba tan seguro de que terminarían matándose
unos a otros, que había mandado a hacer cinco pistolas de oro, con cinco balas
de plata, con el nombre de cada uno inscrito en ellas, incluyendo el del
productor. El director era precavido, no incluyó la bala con su nombre. Aun
así, mi jefe, el señor Ray Stark, parecía feliz con todo y con todos. No sabía
por qué también conmigo. Éramos tan distintos que podríamos provenir de
diferente simio. Había hecho de todo en su vida. Era famoso y millonario. Tal
vez sólo le faltaba plantar un árbol.
¿Yo?
Bueno, aún no sabía qué era. Para eso se necesita toda una vida. Sólo soy un
sabueso beatnik de nombre Sunny
Pascal. Mitad en todo: mitad mexicano, mitad gringo; mitad alcohólico, mitad
surfer; mitad vivo, mitad muerto. Alguien con half español, mitad english.
Y estaba
en el infierno.
(F. G.
Haghenbeck, Trago amargo, Barcelona, Roca
Editorial, 2009, pg 15)
A esta altura del partido, en el
que el mote de “chandleriano” se ha repartido a lo largo y a lo ancho del Globo
en tapas, contratapas, fajas y solapas de las novelas más variopintas, aún hay
gente que se propone hacer una novela en homenaje a Raymond Chandler. Hay que
reconocerlo: se necesitan mucho coraje y mucho talento. Algunos no dan la talla
y se quedan en parodias involuntarias y, por lo tanto, olvidables. Otros, en
cambio, logran un producto a la altura del homenajeado. Sin imitaciones,
establecen cierta complicidad con el lector y la cosa funciona. Es el caso de
F. G. Haghenbeck y su Trago amargo.
Sunny Pascal es un detective
“mitad en todo”. Un sujeto de Hollywood lo recomienda para un trabajo especial. Él
es mandado hacer para ese tipo de trabajos. Más si hay que hacerlo en tierra
mexicana. Cuestión es que, en un par de días, Sunny arma su maleta con dos botellas
de gin, una edición gastada de On the road,
de Kerouac y su tabla de surf y viaja al sur. A Puerto Vallarta, donde John
Huston comenzará a filmar La noche de la iguana. ¿El trabajo? Fácil: evitar que los actores se maten entre sí.
Bienvenidos los reporteros de escándalos y su publicidad gratis pero, por
favor, que nadie termine muerto “o peor aún, en una cárcel mexicana”.
Acodado en la barra del bar, se
dispone a disfrutar de los tragos gratis y de las bellas mujeres que se mueven
por el set. Pero Sunny, agudo observador de este mini Hollywood enclavado en medio
de la belleza del Pacífico mexicano, enseguida percibe cuál es el cóctel más
peligroso que tiene ante sí: los egos inflados de tantas estrellas, la tensión
sexual en el ambiente y los intereses inmobiliarios apenas solapados en el
proyecto de la película. En efecto, no pasa mucho tiempo hasta que unas joyas
desaparecen, y la cosa se desmadra. Chicas drogadas, películas clandestinas y,
desde luego, un muerto. Todo lo que Sunny necesita para mantenerse ocupado.
La narración en la voz de Sunny
Pascal, los diálogos fluidos y las comparaciones exageradas, propias de la
escritura “chandleriana” usadas con el buen criterio de Haghenbeck, resultan en
una novela de ritmo ágil y muy entretenida.
Pero hay dos particularidades de Trago
amargo por las que los lectores recordaremos este libro. La primera es
la mezcla de personajes, escenarios y situaciones tomadas de episodios de la
vida real: las estrellas de Hollywood Richard Burton, Ava Gardner, Liz Taylor y
Deborah Kerr, el director John Huston, Puerto Vallarta y La noche de la iguana. La otra, absolutamente original (y en algún
punto, también muy útil) es la idea
de los tragos. Cada capítulo de la novela lleva el nombre de uno. No sólo
eso: también se incluyen recetas y hasta una pequeña historia
acerca de los orígenes de cada cóctel. En ocasiones hasta se sugiere la música
adecuada para disfrutarlos. Como dije: útil e inspirador.
F. G. Haghenbeck, que además de
escritor es guionista de cómics, se ha reconocido en alguna entrevista
partidario de la literatura “escapista”, de lectura fácil y divertida. Su sano objetivo
es entretener al lector. Con Trago amargo,
este happy hour en clave de novela
negra clásica, puede considerar que, al menos con este servidor, lo ha cumplido con creces.