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viernes, 8 de febrero de 2013

Trapitos


Recorrí lentamente las calles de la Cuarenta a la Cincuenta hasta encontrar lo que buscaba: un lugar para aparcar, con vigilante. Un chico negro, musculoso, que no me miró ni se movió cuando me acerqué. Todavía no era de noche, pero ya vestía su uniforme de trabajo: zapatillas verdes con suelas doradas y franjas de gamuza, pantalones verdes, camiseta a rayas verdes y doradas y gorra de lana con un gran pomón amarillo. Gruesas muñequeras con remaches de bronce. Al ver que me acercaba exhibió los bíceps, pero dejó de hacerlo y flexionó los músculos de las piernas: seguro que pensó que era poli.
Saqué un billete de veinte, lo rompí en dos, le ofrecí una mitad:
—Que nadie se acerque al auto durante un par de horas, ¿entendido?
Cogió el medio billete y asintió. Sonreí para indicarle que en el auto no había nada que valiera más de veinte dólares, lo miré sin dejar de sonreír hasta que su cara se me quedó grabada y me alejé sin mirar hacia atrás: el sobreviviente hace lo que puede. Esto me estaba saliendo caro, pero me esperaban mil dólares.

(Andrew Vachss, Bajos fondos, Barcelona, Martínez Roca, 1988, pg 38)

jueves, 7 de febrero de 2013

Mono Ebrio


Cuando encendí el motor en el callejón detrás del restaurante tuve un ataque de miedo. Cuando eso sucede, siento que me derrumbo por dentro y que necesito un agujero donde ocultarme. Nunca sufro un ataque cuando estoy en acción, sólo antes y a veces después. Como siempre, dejé que el miedo invadiera mis nervios y saliera por la punta de los dedos. Alcé las manos por delante de mi cara y juro que vi cómo los rayos de miedo saltaban de las yemas de los dedos. En esos casos hay que permanecer inmóvil y respirar superficialmente. El miedo no se va, pero tarde o temprano se concentra en algún lugar del cuerpo donde no molesta. Cuando se va de la cabeza, el cerebro queda limpio y los sentidos se agudizan al máximo.  Percibí la trama del forro de cuero del volante del auto, las fallas diminutas del parabrisas, las voces de dos personas que discutían en chino a varios metros de distancia. Cuando giré la llave de encendido sentí cómo mi cerebro enviaba la orden a la muñeca y hasta oí la primera chispa del motor al encenderse. Gracias a mi nueva percepción del espacio salí del estrecho callejón con toda comodidad. Mi cerebro empezó a jugar con una serie de ideas a medio elaborar: era un ejercicio de precalentamiento antes de la prueba del combate. Lo dejé jugar, surcar los espacios vacíos, sin presiones ni intromisiones de mi presunto intelecto que pudieran complicar las cosas.
Según Max, existe un estilo de arte marcial que se parece a mi método para combatir el miedo. Lo llaman el Mono Ebrio, y se trata de deshumanizar al combatiente hasta el punto de que sólo actúa por instinto. Max dice que no es un método eficiente para hacerle daño al adversario, pero que casi no hay defensa posible porque es absolutamente impredecible. No hay manera de advertir al contrario de lo que uno va a hacer, si uno mismo no lo sabe. Supongo que es cierto, que mi reacción al miedo se parece bastante al Mono Ebrio. No se me ocurren buenas ideas, pero quien trate de leer mi mente sólo hallará vértigo.

(Andrew Vachss, Bajos fondos, Barcelona, Martínez Roca, 1988, pg 184)

miércoles, 6 de febrero de 2013

La cloaca según Burke


Al Cobra había que buscarlo en la cloaca: en cualquier otra parte llamaría demasiado la atención, como un hombre honrado en un comité político.
El problema es que la cloaca es muy grande, está en todas partes. Algunos creen que tiene su propio barrio, al que llaman la zona de Tolerancia, o el distrito Rojo, o lo que sea. No hace falta ser doctor en sociología para comprender que la cloaca necesita una provisión constante de carne fresca y que va a cualquier parte a conseguirla. El vividor que sale de fiesta el sábado a la noche con un sobre de cocaína en la guantera de su Mercedes Benz no ve que las ruedas está hundidas en la cloaca. Él paga lo que le piden y ese dinero circula hasta juntarse con más dinero y formar una masa móvil. El dinero siempre circula. Entra por la punta de un caño que tiene dos salidas: una a la calle, donde están los usureros; otra a los sótanos, donde operan los empresarios de la prostitución infantil. El vividor va a su fiesta bacanal con su sobre de cocaína para demostrarles a los jetas de sus amigos que él sí tiene buenas vinculaciones: está en la onda.
A pocas manzanas de ahí, en un club privado, un proxeneta saca su sobre y lo ofrece a sus amigos. El dinero para comprar la droga provino del cuerpo de una nena de trece años que escapó de su casa y creyó que ese señor tan simpático que conoció en la terminal de ómnibus la convertiría en estrella de la televisión.
El vividor y el proxeneta tienen sus buenas vinculaciones… entre sí.
Yo me muevo en la cloaca como un cazador furtivo en el coto de un ricachón. Tengo tanto derecho a quedarme con el dinero que circula por ahí como cualquiera de esos hijos de puta. A los que saben no les gusta, pero la mayoría no lo sabe. Mucha gente espera al hombre que camina sobre las aguas. Que tengan suerte: yo camino sobre arenas movedizas. Cuando era crío, en el reformatorio, le dije al asistente social que mi problema era que me había criado en el orfanato. El infeliz me dijo que uno tenía que aprender a jugar con las cartas que le da la vida, como si con eso me convirtiera en un buen ciudadano. Pero años después, en la cárcel para adultos, comprendí que tal vez el tipo tenía razón: uno sólo puede jugar con las cartas que le da la vida, pero sólo un idiota o un masoquista no hace trampas.

(Andrew Vachss, Bajos fondos, Barcelona, Martínez Roca, 1988, pg 114)

sábado, 2 de febrero de 2013

Gran gusano en la Gran Manzana


Bajos fondos, Andrew Vachss

Un año y pico pasó desde la lectura de Strega. Era hora de un reencuentro con el potente personaje creado por Vachss: un shot de Burke cada tanto me viene bien.

Bajos fondos (Flood en idioma original) es la primera novela protagonizada por Burke. Vio la luz en 1985. Nueva York no sabía de “tolerancia cero”, y un tal Patrick Bateman se divertía salvaje, por ahí por Manhattan. Por ahí por “la cloaca”, diría Burke.

Bajos fondos es la historia de una búsqueda. Cierto día Burke recibe la visita de una mujer. No es ni muy linda ni muy fea. Estatura mediana, rubia platinada. Se llama Flood y quiere contratar a Burke para encontrar a un hombre. Pero Burke no es un fanático del trabajo: no acepta cualquier encargo. Desconfía de todo el mundo. Exige cash. Se produce un tira y afloja al principio, un breve juego en el que el detective mide a la clienta. Hay que buscar a un hombre que se hace llamar el Cobra. Bien. Pura rutina hasta ahí. Burke indaga a la mujer. No llegan a un acuerdo: en un momento tenso bajo la mirada asesina de Colita, la perra de Burke —“un mastín napolitano, un monstruo de setenta kilos que odia a toda la raza humana menos a mí”—, la misteriosa dama es obligada a retirarse de la guarida de Burke. Sin embargo, él y nosotros sabemos que aceptará el caso. ¿Por qué? Hay algunos detalles. Flood es una luchadora letal, atributo suficiente para ganarse la simpatía de Burke (no estoy seguro de que “simpatía” sea la palabra, tratándose de Burke). Flood lo que busca es venganza, que en el Universo Burke es una de las formas de la justicia. Pero el detalle decisorio es que el Cobra es un violador de niños. Suficiente: Burke tomará el caso como propio.

Burke sabe que cazar al Cobra no va a mover mucho la aguja, la cloaca seguirá igual de hedionda. Pero eso no lo frena. Lo suyo es un tema personal con “los degenerados”. Y no tiene contemplaciones de ningún tipo con ellos. Siempre buscando sobrevivir un día más, y si es fuera de la cárcel, mejor. De modo que, moviéndose “como un cazador en el coto de un ricachón”, Burke recorre la Gran Manzana podrida. Agita en los lugares precisos, asusta, deja mensajes. Su táctica es hacer que el depredador salga a la luz. Cuenta con el mismo séquito de amigos freaks que le conocemos: el mudo Max, Mamá Wong, la travesti Michelle, el Topo y el Profeta. También cuenta con su poderoso Plymouth, y un montón de rebusques, tales como aguantaderos y teléfonos clandestinos en cualquier rincón de la ciudad. También todo tipo de gadgets extraños: una secretaria virtual que contesta el teléfono, un taco de billar dentro del cual le dejan mensajes, o alarmas de todo tipo en su “oficina”. En cualquier otro detective estos recursos serían pintorescos. En Burke no. Nada es pintoresco en Burke.

Bajos fondos es una historia muy densa, que se lleva bien con las palabras desolación y deseperanza. Que funciona montada en la brillante oscuridad de Burke, ese personaje único que creó Andrew Vachss (*). Este autor, que es también abogado, lleva escritas 18 entregas de la serie de Burke, además de otras novelas, cuentos, ensayos. Podrá cambiar el personaje, pero estoy seguro, conociéndolo, de que girarán todas alrededor del mismo tema. El único tema que obsesiona a Andrew Vachss: el abuso infantil. Como dice con razón Guillermo Piro en esta nota, Vachss es un escritor fuera del molde. Es un escritor de esos que tienen una misión. Y no le importa la popularidad ni las ventas ni mucho menos los biempensantes y la corrección política (**).

Como a Burke, a su creador sólo le importa una sola cosa: su misión.


Traducción: Daniel Zadunaisky
1/13
(*): Burke no es cualquier nombre. En la web de autor, en la que se puede encontrar muy jugoso material sobre el tema del abuso infantil (“la única guerra que importa”) se encuentra este interesante  audio  en el que un Vachss que por momentos suena a stand up comedian explica el origen del nombre (que tiene que ver con el verbo burke, que es “matar silenciosamente, sin dejar huellas”…).

(**): en Internet se pueden encontrar muchos videos de entrevistas a Vachss. Me entretuve con uno, por ejemplo, en el que explica su postura frente al caso del cineasta Roman Polanski, confeso culpable de abuso de menores. En aquel momento se debatía en los medios si, habiendo pasado 40 años de los hechos, se le debía o no permitir nuevamente la entrada a los Estados Unidos. Se imaginan lo que piensa Vachss, ¿no? Lo pueden ver acá (en arduo inglés) 

sábado, 29 de octubre de 2011

Turnos

El “tercer turno” quiere decir de once de la noche a siete de la mañana, como en prisión. Cuando estás cumpliendo condena aprendes que cada turno tiene su personalidad propia. En el primero, la comunidad exhibe sus mejores modales; es cuando se permiten visitas y la única hora en que aparecen los de la Comisión para la libertad condicional, así como los insoportables terapeutas, consejeros y maniáticos religiosos. El segundo turno es donde se resuelven las disputas, si se trata de cosas serias. Las peleas en la cárcel duran pocos segundos: uno muere y el otro se va por ahí. Si el tipo a quien apuñalas no muere, tiene derecho a la revancha. Y el tercer turno es aquel en el que si no te gusta la habitación, te vas del hotel: es cuando los más jóvenes se ahorcan en sus celdas. La prisión es exactamente igual al mundo libre: prepotencia, violencia y muerte, sólo que en prisión los horarios son más ajustados.

(Andrew Vachss, Strega, Barcelona, Ediciones B, 1988, pg 34)

martes, 25 de octubre de 2011

Hippies y revolucionarios

Por aquel entonces me ganaba bien la vida. Lo único que se necesitaba era conseguir algunos representantes genuinos del Tercer Mundo como compañeros, y recaudabas fondos más rápido que el Reverendo Ike, diciendo a los hippies que estabas financiando una acción revolucionaria, como, por ejemplo, el robo de un banco. En el Village se había levantado la veda, mejor todavía que en el East Side. Los hippies que vivían allí creían que con sus conspiraciones, planes, simulacros de bomba y cartas al editor estaban haciendo una verdadera contribución. Estaban demasiado ocupados organizando a los oprimidos, como para percibir el valor de una transacción monetaria, pero nunca sabían donde comprar los explosivos, así que también hice negocios con ellos. Menos mal que nunca intentaron tomar el Banco de América con la levadura que les vendía.

(Andrew Vachss, Strega, Barcelona, Ediciones B, 1988, pg 104)

Una transacción neoyorquina

Cerca de la pista donde aterrizan y despegan los helicópteros hay un aparcamiento al aire libre. El empleado era un chico con cara de hurón.

—¿Necesitas un ticket, tío?

—No lo sé —dije—. ¿Lo necesito?

—Dame cinco y estaciona allá —dijo señalando un rincón vacío—. Guarda las llaves.

El rótulo que había en el aparcamiento ponía siete dólares por la primera media hora. Una transacción neoyorquina: un poco para ti, otro poco para mí y a la mierda el que no está allí en el momento de hacer el trato.

(Andrew Vachss, Strega, Barcelona, Ediciones B, 1988, pg 293)

Contra la oscuridad, más oscuridad

Strega, Andrew Vachss

Es un lugar común ese que reza que se viaja a través de la lectura. Aunque prefiero viajar en aviones, yo mismo podría coincidir con dicha afirmación. Al fin y al cabo, casi todo lo que conozco del mundo se lo debo a los libros. Y como todo lector de novela negra, soy un viajero frecuente a ciertos destinos: Nueva York es uno de ellos. De modo que mi plan al abrir Strega era recorrer otra vez la Gran Manzana. Ya saben: un poco de acción cosmopolita en la capital del mundo, esas cosas…

Pero me equivoqué. Fiero me equivoqué. Porque cuando abrí Strega, el que me recibió fue Burke. Y Burke, un sujeto que mete miedo de verdad, peleador sobreviviente, me llevó a otro lado, a una Nueva York aterradora que junta la ferocidad del Harlem de Himes y la podredumbre moral del Brooklyn de Selby.

Pero más allá del escenario, Burke es el magnífico astro sombrío que tiene esta novela. Un magnético agujero negro, un personaje que irradia oscuridad. ¿Qué sabemos de él? Como narrador de esta historia, Burke no nos aburre con descripciones de sí mismo. Al contrario, y como debe ser, llegamos a conocerlo por el relato de sus episodios carcelarios, de sus delitos, sus escasas pero indestructibles lealtades, la forma ultraviolenta en que resuelve ciertos entuertos. Ha elegido una familia adoptiva que también dice mucho: Mamá, matriarca dueña de un restaurante chino; Max, un oriental sordomudo y letal, al que Burke considera su hermano; el Profeta y el Topo, dos malvivientes que saben de autos y de explosivos; Michelle, prostituta travesti que le oficia de secretaria callejera. Y Pansy, su enorme perra mastín napolitano, “sesenta kilos de músculo asesino”.

Burke se gana la vida de mil formas distintas, casi todas reñidas con la ley. Su único interés es sobrevivir un día más entre la basura, y le importa poco cómo. Una de sus tantas ocupaciones es la de investigador privado —desde luego, sin licencia—, que trabaja para otros delincuentres como él. Aunque no parece que aceptara fácilmente ninguno, hay un tipo de trabajo que Burke no puede rechazar…

En Strega una enigmática mujer logra contratarlo para que encuentre y destruya una fotografía. En ella aparece un niño siendo abusado por un adulto. Burke tiene algo personal con los pederastas: criado sin familia, en los reformatorios del Estado, se adivina el deseo de venganza que lo atraviesa cuando de abuso infantil se trata. Y sabemos que Burke puede ponerse muy violento: cualquier abusador pedirá a gritos una piedra de molino al cuello y un empujón al mar antes que cruzarse con él.

Además de ser un autor filoso como pocos, seco y magistral para tratar con la violencia extrema de una sociedad —o de toda una civilización—, Andrew Vachss es un abogado neoyorkino de activa lucha en contra del abuso infantil. Defensor de posturas (muy) políticamente incorrectas con respecto este delito, que él considera un flagelo que está llevando a la ruina a la humanidad, ha creado a Burke, especie de alter ego todoterreno, protagonista de una serie de 18 novelas de las que sólo se han traducido al castellano tres: Flood, Strega y Blue Belle.

Habrá que ir por las otras dos entonces.

Traducción: Susana Constante

10/11

Vaya un especial agradecimiento a Juan, Kike y Nicolás, la banda de secuaces de Vachss en Buenos Aires que me introdujeron en tan devastadora y alucinante lectura. Me deben una.