Mostrando entradas con la etiqueta Ferdinand von Schirach. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ferdinand von Schirach. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de febrero de 2014

Un panadero y un abogado

El panadero gordo estaba sentado en una silla de madera ante su establecimiento, bajo una sombrilla.
—¿Qué tal está? —preguntó Leinen.
—Hace calor. Pero dentro aún más.
Leinen se sentó, inclinó la silla sobre las patas traseras y se puso contra la pared. Miró al sol entornando los ojos. Pensó en Collini.
—Y usted, ¿qué tal está? —le pregunto el panadero.
—No sé qué hacer.
—¿Cuál es el problema?
—No sé si debo defender un hombre. Ha matado a otro al que yo conocía bien.
—Pero es usted abogado, ¿no?
—Mmm… —Leinen asintió.
—Mire, toda las mañanas subo la persiana a las cinco, enciendo la luz y espero a que llegue el camión frigorífico de la fábrica. Meto la masa en los hornos y a partir de las siete me paso el día vendiendo lo que sale de ellos. Los días malos me quedo dentro; los buenos salgo aquí, al sol. Preferiría hacer pan como Dios manda en una panadería como Dios manda con utensilios como Dios manda e ingredientes como Dios manda. Pero así son las cosas.
Una mujer con un dálmata pasó por delante y entró en la tienda. El panadero se levantó y fue tras ella. A los pocos minutos salió con dos vasos de agua con hielo.
—¿Entiende lo que quiero decir? —preguntó.
—No del todo.
—Puede que algún día vuelva tener una panadería como Dios manda. Hace tiempo la tuve, pero la perdí al divorciarme. Ahora trabajo aquí, es lo que hay. Así de sencillo. —Se bebió el vaso de un trago y masticó un cubito de hielo—. Es usted abogado, tiene que hacer lo que hacen los abogados.

(Ferdinand von Schirach, El caso Collini, Barcelona, Salamandra, 2013, pág. 61)


viernes, 21 de febrero de 2014

Riesgo

Siempre había querido ser abogado defensor. Mientras hacía la pasantía, trabajaba en uno de los grandes despachos de derecho mercantil. La semana siguiente al examen final lo habían llamado de cuatro lugares distintos para ofrecerle una entrevista de trabajo. No acudió a ninguna. A Leinen no le gustaban esos despachos de ochocientos abogados. Allí los jóvenes parecían banqueros, se habían licenciado con las mejores notas, se compraban coches que no podían permitirse, y el que el final de la semana facturaba más horas a los clientes era quien se llevaba el gato al agua. Los socios de semejantes despachos estaban casados en segundas nupcias y los fines de semana vestían jerséis de cachemir amarillos y pantalones de cuadros. Su mundo se reducía cifras, puestos en consejo de administración, una asesoría para el gobierno federal y una serie interminable de salones de conferencias, aeropuertos y hoteles. Para ellos, la peor catástrofe era que un caso acabara en los tribunales, pues los jueces eran sinónimo de riesgo. Sin embargo, eso era precisamente lo que quería Caspar Leinen: ponerse una toga y defender a sus clientes. Y ahora lo había conseguido.

(Ferdinand von Schirach, El caso Collini, Barcelona, Salamandra, 2013, pág. 19)


lunes, 17 de febrero de 2014

Elogio de la brevedad

El caso Collini, Ferdinand von Schirach


Esta nueva joya del tremendo narrador alemán comienza con la descripción de un asesinato. Con nombre y apellidos. Quiero decir, el “caso” del que tratará la novela ya de entrada está resuelto. Hace poco comenté aquí otra en la que pasaba algo similar. Desde luego, en ambas novelas queda mucho por contar después de ese “misterio develado” inicial. Pero mientras aquella desarrollaba una trama tendiente a una explicación lógica, al descubrimiento de un engaño, a la demostración de una inocencia, en esta Von Schirach deja todo eso de lado. Como si fueran artificios infantiles de los que no valiera la pena ocuparse. Elige en cambio otro camino, la narración de otra historia: una reflexión sobre la culpa, la venganza, el deber, la bajeza, la ley. Y logra en su primera novela, que es en verdad nouvelle, la misma altura que había alcanzado con sus relatos en Crímenes y Culpa. Lo que es mucho decir.

La historia la protagoniza Caspar Leinen, un joven e idealista abogado. Como defensor de oficio, le cae este caso. Collini, un italiano en sus sesenta y pico, ha asesinado a un encumbrado industrial, ya anciano, en un hotel de Berlín. Fue algo muy planeado, pero no diría que a sangre fría: hay mucha saña, mucha violencia. El asunto es que Collini no quiere defenderse, ni develar su móvil. Para colmo, Leinen descubre que la víctima es alguien con quien lo ha unido un profundo afecto desde su infancia. Cuando intenta desligarse del caso ya es tarde: para los procedimientos penales, pero sobre todo para su conciencia. Leinen concluye que Collini merece la mejor de las defensas, y se propone trabajar para ello.

La novela narra el juicio, y cómo, luchando contra sus afectos y su propia historia, Leinen revela el móvil de Collini. En ese proceso, el joven abogado trae a la superficie un artilugio oculto en la maquinaria legal alemana, que, introducido entre gallos y medianoche allá por finales de los sesenta, garantizó la impunidad a una pila de jerarcas nazis a través de la prescripción de sus delitos. Algo relacionado con el concepto de obediencia debida (término que, lamentablemente, también es demasiado familiar por estas pampas).

El caso Collini es un libro magistral. En general, por los mismos motivos que hicieron best seller al autor con sus anteriores colecciones de relatos. Y aunque parezca una paradoja, esta nouvelle (menos de 150 páginas), primer texto “largo” del autor, tiene su mayor fortaleza en la brevedad. Sólo un maestro puede contar todo lo que cuenta en tan pocas páginas, manteniendo caliente el interés del lector devorando páginas. Y eso que estamos hablando de un libro acerca de un juicio. No es una persecución de espías por diez ciudades de Europa, no: ¡es un juicio! En esas pocas páginas, con una economía y una sequedad de lenguaje asombrosas, en las que el más mínimo detalle narra, asistimos a un par de escenas brutales de asesinato (*), a la historia de la infancia de Leinen, a sus dilemas morales como abogado. Y, como si todo eso fuera poco, Von Schirach se las arregla para presentarnos de forma clara un asunto técnico como el hueco legal mencionado. Hueco a través del cual todavía asoma la culpa que arrastra toda la sociedad alemana por los crímenes del nazismo.

Ferdinand von Schirach es pocas palabras y mucha literatura: un narrador extraordinario.

Traducción: María José Díez Pérez

1/14


(*): esconderse en un rincón de la librería para la LGC1 (“lectura gratuita del capítulo 1”) y apreciar el uso narrativo de los detalles en la brutal escena del crimen: las manchas de la piel en las manos del anciano Meyer, los clavos del zapato de Collini arañando el mármol.

lunes, 28 de enero de 2013

Inocencia


Después de la comparecencia para ratificar la prisión, mi amigo de la facultad y yo nos dirigimos a la estación. Podríamos haber hablado del éxito de la defensa, o del Rin, que discurría junto a las vías, o de alguna otra cosa. Pero estábamos sentados en un banco de madera de pintura descascarillada, y ninguno quería decir nada. Sabíamos que habíamos perdido la inocencia y que ello carecía de importancia. Seguimos callados en el tren, con nuestro traje nuevo, junto a los maletines que apenas habíamos abierto, y mientras volvíamos a casa pensamos en la chica y en los hombres decentes, sin mirarnos. Ahora éramos adultos, y al bajar del tren sabíamos que las cosas nunca volverían a ser fáciles.

(Ferdinand Von Schirach, Culpa, “Fiestas”, Barcelona, Salamandra, 2012, pg 17)

domingo, 27 de enero de 2013

Negación


La negación del embarazo siempre ha existido. Sólo en Alemania, anualmente mil quinientas mujeres se dan cuenta demasiado tarde de que están embarazadas. Y año tras año casi trescientas no lo saben hasta que llega el parto. Dan una interpretación distinta a los síntomas: no tienen la regla por el estrés, el vientre está hinchado porque han comido demasiado, los pechos les crecen por un trastorno hormonal. Las mujeres son muy jóvenes o pasan de los cuarenta. Muchas ya han tenido hijos. Las personas son capaces de negar lo evidente, nadie sabe cómo funciona ese mecanismo. A veces todo sale bien de esa manera: también se engaña a los médicos, que renuncian a realizar más reconocimientos.

(Ferdinand Von Schirach, Culpa, “Soledad”, Barcelona, Salamandra, 2012, pg 122)