Mostrando entradas con la etiqueta 2000s. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 2000s. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de septiembre de 2015

Otra historia de dos ciudades

La ciudad y la ciudad, China Miéville

Sin ser lector habitual de ciencia ficción o fantástico, mantengo el interés por dos autores británicos contemporáneos. Uno es M. John Harrison y el otro es China Miéville. Grande fue mi sorpresa cuando encontré un libro de este último en la sección de “policiales” de una librería porteña. Lo primero que pensé fue en un error de clasificación de algún librero novato. Leí la contratapa y, en cuanto pude sobreponerme al bizarro comentario que mezcla a Philip K. Dick, a Chandler y a Kafka en una improbable genealogía, decidí darle una oportunidad.

La ciudad y la ciudad relata la investigación de un asesinato. La lleva a cabo el inspector Tyador Borlú, también narrador. La acción comienza en la ciudad de Besźel, en algún lugar del este de Europa, en uno de cuyos suburbios aparece el cadáver de una chica. La hipótesis inicial de que se trata de una prostituta local es reemplazada enseguida por otra de implicancias mucho, muchísimo más inquietantes: la víctima vivía en otra ciudad, en Ul Qoma. ¿Qué tiene esto de terrible? Veamos.

Besźel y Ul Qoma, las dos ciudades del título, son las verdaderas protagonistas del libro. Rivales y hermanas, no son solamente vecinas sino que en muchas zonas hasta comparten el mismo espacio físico. Son sus zonas entramadas. Sin embargo, los habitantes de una y otra no pueden relacionarse. Vestidos con modas distintas, hablando besź e ilitano, no pueden siquiera verse, aunque pasen a centímetros mientras caminan por una calle que “topordinariamente” es única pero que, por supuesto, tiene nombres y arquitecturas distintas en Besźel y en Ul Qoma. Esta extraña superposición, que poco tiene de frontera física y que es casi íntegramente política y cultural, no afecta sólo a los espacios públicos: en un mismo edificio puede haber una puerta que pertenezca a una ciudad, y otra a su opuesta, con vecinos que deben ignorarse. Técnicamente, más que ignorarse, deben desverse, desolerse, desoírse, y toda una serie de des-acciones que forman parte de la educación ciudadana de los besźelíes y los ulqomanos. No hacerlo conlleva cometer una “brecha”, transgresión inadmisible para un Sistema cuyo brazo armado, una especie de fuerza de seguridad omnipresente y de poder ilimitado llamada justamente la Brecha, se ocupa de resolver y castigar ese tipo de crímenes de la manera más expeditiva: con la desaparición de los culpables.

Borlú no tarda en comprender que el caso (habitante de una ciudad, cadáver en otra) es de implicancias muy oscuras, y su primera idea es lavarse las manos y tirarle el muerto a la Brecha. Sin embargo, cuando las autoridades rechazan la existencia de esa “brecha”, él se ve obligado a continuar con la investigación. En ese periplo deberá viajar a Ul Qoma para trabajar con su par Qussim Dhatt, detective de la militsya ulqomana. Sufriendo la hostilidad de todo tipo de organizaciones —desde los ultranacionalistas de ambos lados hasta los unionistas—, Borlú encontrará que la chica era una agitadora y estudiante involucrada en investigaciones arqueológicas relacionadas con la Escisión —evento histórico del que poco se sabe pero que está en el origen del extraño vínculo de las ciudades— y con la mítica tercera ciudad de Orciny, asuntos ambos profundamente subversivos.

A pesar de que el magnetismo central está en el escenario maravilloso que construye Miéville, La ciudad y la ciudad es por su estructura, por su lenguaje, por su investigador arquetípico, por su contexto urbano, una novela negra hecha y derecha: una investigación policíaca en riesgo permanente de transgredir las fronteras, amenazada por un burocracia monstruosa, de ribetes kafkianos. Sin embargo, la concepción de este mundo de ciudades superpuestas, tan perfecta y obsesivamente ensamblado, tan verosímil, es lo que  hace de ella también una historia de ciencia ficción que propone distintos planos de lectura, más o menos alegóricos. ¿Cuánto de esa eficaz verosimilitud apela a la experiencia y el conocimiento que tiene el lector de las muchas ciudades que conviven sin conexión en cualquiera de las grandes urbes reales que habitamos en este siglo XXI? ¿Cuántas fronteras mentales, morales, psicológicas, culturales nos mantienen cercados en nuestra pequeña ciudad, “topordinariamente” incluida dentro/sobre otra ciudad más grande? En otras palabras, ¿cuánto vas a desver y desoír en un rato cuando camines por tus calles?

Afortunadamente, las fronteras entre los géneros son bastante más permeables que las que vinculan a Besźel y Ul Qoma. Y no hay ninguna Brecha que castigue a los lectores que las atraviesan. Animate a poner un pie en el fantástico, y sumergite en las calles de La ciudad y la ciudad. Vas a coincidir conmigo en que merece cada uno de los premios que obtuvo (más allá del puro marketing que los editores volcaron en aquella extraña frase de la contratapa que casi me hacer pasar de largo).

Bonus track: en la edición de La Factoría de Ideas que leí se incluye (al final del libro, debido a los spoilers) una interesantísima entrevista al autor.

Traducción: Silvia Schettin Pérez


08/15

lunes, 30 de marzo de 2015

De mala entraña

Mujer equivocada, Mercedes Rosende

En Montevideo vive una mujer solitaria, de olfato finísimo y obsesivo para los perfumes. Atesora una vieja colección de estatuillas japonesas, a las que cada tanto quita el polvo. Vive pendiente de los ruidos de sus vecinos, a quienes escribe cartas con sugerencias de pantuflas y alfombras. Hace listas, toma somníferos. Trabaja de traductora literaria, y en un programa de TV en el que opina desde la tribuna. Pero antes que todo eso, esta mujer es gorda. Muy gorda. Sufre por su gordura. Asiste a grupos y reuniones, pero no es una Gorda Anónima: se llama Úrsula López. Un nombre con el que no sólo elude el anonimato propiciado por esas reuniones de ayuda, sino que será crucial para protagonizar esta aventura negrísima. Úrsula López es la mujer equivocada.

Úrsula no es la mujer más feliz del mundo ni por asomo. Los de la panza, brazos y piernas no son sus únicos rollos: tiene unos cuantos por resolver con su padre, que la despreciaba al compararla con Luz, su hermana bella, flaca, deportista. Padre que además tuvo un romance con su cuñada, la tía Irene, que murió asesinada en un episodio que ni Luz ni Úrsula consideran completamente resuelto. Papá, mamá, la tía Irene: demasiados muertos dando vueltas en las sesiones de terapia de la gorda Úrsula.

La trama negra de Mujer equivocada se dispara cuando una noche Úrsula recibe un llamado en el que se le informa que su marido está secuestrado. ¿Qué marido?, se pregunta ella cuando corta. Decide ir al encuentro del secuestrador, un negociador pusilánime, suerte de Steve Buscemi tembloroso y mal aseado. Su vínculo con el sujeto irá de la empatía a un velado intento de seducción. Por supuesto, nuestra Úrsula López, pieza ignorada por el resto de los involucrados, conectará con la verdadera Úrsula López —conexión esencialmente femenina, de competencia y camaradería, en la que ambas califican de “canalla” al secuestrado Santiago—, y la involucrará en los sucesos que llevarán al final redondo de la novela.

La voz de Úrsula lleva la narración en primera persona desde el comienzo. Por razones de la trama, la autora necesita abrevar en otras formas: recurre a despojados (y por momentos, cómicos) diálogos entre víctima y secuestrador, a la prosa periodística y policial que da cuenta del secuestro, a las cartas de Úrsula a sus vecinos. En todos esos registros Rosende se maneja con soltura. Mueve la trama, avanza siempre, con su prosa tan cuidada como efectiva. Todo esto hay que decirlo, pero sin lugar a dudas el logro más importante de esta novela es la construcción de Úrsula López. De todos los adjetivos que podrían irle a este personaje difícil de olvidar me quedo con este: es siniestra. Conocemos de ella casi todo de su vida diaria y de su pasado: el origen de sus comportamientos, las explicaciones de sus actos. Sin embargo, es tan mala que ni por un momento permite la empatía del lector. Gran virtud de la autora, que resiste la tentación fácil de hacer una gordita simpática, más “chica problemática pero querible”, justificando sus decisiones en su soledad y sus desgracias. En vez de esa Úrsula descolorida y aguachenta, Rosende crea este potente personaje capaz de las mentiras más bajas y con la sangre fría suficiente para no temblar ante la idea de asesinato. Que, más allá del azar en el llamado disparador de la trama, elige ponerse en el lugar de otra, vivir por un rato otra vida: elige ser la mujer equivocada.

La uruguaya Mercedes Rosende era conocida en nuestro ámbito por su participación en las primeras ediciones del BAN! (en una de ellas ganó un premio que la llevó a la meca de la Semana Negra de Gijón). Sin embargo, era prácticamente imposible conseguir una novela suya hasta esta edición Código Negro. Ahora, ya la tenemos, felizmente, de este lado del charco.

12/14


Seguí pinchando: no encuentro nada parecido a la gorda Úrsula en los comentarios del blog. Pero si hay un par de otros autores uruguayos, como para seguir conociendo rincones oscuros de Montevideo. Los encontrás acá y acá. También hay otras novela con cruciales llamados telefónicos acá y acá.

lunes, 9 de febrero de 2015

Por los caminos del País Ibáñez

Entre trago y trago, Julián Ibáñez
Julián Ibáñez es uno de los más grandes escritores de novela negra en español. Empecemos poniéndonos de acuerdo en eso. Admito que me costó entrarle. No fue un amor a primera vista aquello con La miel y el cuchillo. Después pasó Giley y ahora, luego de Entre trago y trago, ya estoy para afirmar eso que muchos: que Ibáñez es de los grandes de verdad.

En esta novela conocemos a Maza. Es el narrador, un buscavidas que regentea El Oasis, bar de alterne, de esos de carretera secundaria, que se está viniendo abajo de a poco. También tiene otras changas: participa en partidas de cartas amañadas y transporta chicas africanas y portuguesas desde la frontera con Portugal hasta las subastas que las repartirán en otros varios antros como el suyo. “Las chicas podían ir y venir a su antojo; en teoría, nosotros reteníamos su documentación hasta tener amortizada la inversión”, ese tipo de ambiente.

En una subasta, Maza encuentra a una gitana que lo deslumbra. Se llama María, y él la conoce de un encuentro previo: ella es quien le robó la billetera en un baño de estación. Ya de entrada Maza sospecha a qué oscuros rincones lo va a arrastrar semejante mujer. Pero así y todo, se endeuda y la compra, para traerla a trabajar al Oasis. El asunto es que María desaparece con la recaudación y con el auto, dejándole una deuda con acreedores de esos a los que nunca conviene incomodar. Maza está en serios problemas.

A través de las rutas de La Mancha, esa inhóspita meseta polvorienta y ardiente al suroeste de Madrid, irá Maza. Confundido y desesperado, enredándose a más no poder en los manejos turbios de los gitanos, de traficantes de toda laya y mercancía, de guardias civiles corruptos, mientras persigue a la inalcanzable María.

Entre trago y trago, novela corta y cruda, vuelve a llevarnos a los paisajes y personajes que son marca registrada de don Julián. Porque, al igual que un pintor que experimenta variaciones sobre un mismo motivo, Ibáñez vuelve a escribir una y otra vez la misma historia. Incluso con similitudes en argumentos y estructura y personajes. Esto no lo digo yo, sino que lo ha admitido el propio autor en alguna entrevista. Y sin embargo, una y otra y otra vez, como lector, estaré dispuesto a volver a leerlo, a que me lleve a esos lugares sórdidos, de cartas marcadas y mujeres tramposas: el País Ibáñez.

Participante de la misma generación que hizo grande a la novela negra española, esa que explotó en los ochenta con gigantes como Juan Madrid y Andreu Martín, Julián Ibáñez ha construido un lenguaje propio y único, que es moderno y actual, pero alejado de lo urbano. Más Cain o Thompson que Chandler. Me arriesgo a decir que lo de Ibáñez tiene, consciente o no, algo de estrategia: es como si, en lugar de ampliar horizontes para hablar de lo universal, él hubiera elegido estrechar el foco de su narrativa, perfeccionarlo, pulirlo a espejo. Similares estructuras argumentales, los mismos paisajes y personajes, a los que conoce hasta el hueso: una máquina perfecta que ha ido ajustando a lo largo de los años. Y que hoy brilla, sin duda alguna, en el lugar de los más grandes autores del género.

10/14


Seguí pinchando: Para más de don Julián, en este blog ya está el comentario de Giley. Tampoco vendría mal que te metieras con lo que por acá tenemos de los otros monstruos, Juan Madrid y Andreu Martín.

lunes, 26 de enero de 2015

Una del Oeste

Fría venganza, Craig Johnson

Durant es un pueblito del condado de Absaroka, en el estado de Wyoming, ese rectángulo en el corazón del Oeste. Allí trabaja como sheriff Walter Longmire. Un tipo grandote, que pasó los 115 kilos y los 50 años, que se quedó viudo hace cuatro y que todavía intenta levantar cabeza luego de aquello. Narrador de Fría venganza, la primera de las diez novelas que protagoniza, el bueno de Walt es aquí todo: un personaje entrañable, de esos que quedan en la memoria del lector.

Fría venganza comienza cuando un pueblerino dice haber encontrado un cadáver en la montaña. Como el tipo es famoso por su afición al alcohol, todos apuestan a que el hallazgo no será más que otra oveja. Pero no: es el joven Cody Pritchard, agujereado por la bala de un fusil. Que Cody sea uno de los muchachos juzgados —y absueltos— hace unos años por la violación de una chica cheyene con deficiencia mental, y que su cuerpo aparezca adornado con el elocuente mensaje indio de una pluma de águila lanza a rodar este atrapante y muy bien escrito whodunit.

Walt Longmire tiene poco que ver con el estereotipo del rústico sheriff. Universitario y políticamente correcto —visita los tópicos de las cuestiones de género, las culturas aborígenes, las armas—, mantiene la simpleza del hombre de la montaña y un férreo sentido del honor. No trabaja solo, sino con la ayuda de todo un equipo: Vic, la joven y atrevida oficial de ciudad que terminó trabajando en el campo; Lucian, su mentor y predecesor en el cargo, ya retirado; y, muy especialmente, el cheyene Henry Oso en Pie. Amigo de la infancia del actual sheriff, la vida los volvió a cruzar en Vietnam, donde Walt era Policía Militar y Henry formaba parte de una tropa de élite asesina. El indio dice que allí tomó conciencia “del objetivo y la auténtica dimensión del poder del hombre blanco, así como su capacidad para matar el mayor número de personas de la forma más eficiente posible”. A su regreso organizó grupos activistas por los derechos de los nativos, y ahora, años más tarde, se ocupa de llevar un bar, el Poni Rojo. Henry es el mejor secundario que tiene esta historia y, muy lejos de la figura del simple “ladero”, es el aliado ideal de Walt. Quien, sin embargo, no pierde de vista un hecho: Henry sigue siendo un miembro orgulloso de la etnia de la chica violada. Como tal ni siquiera él está libre de sospecha: es otro de los que podrían querer muerto al joven Cody y a sus cómplices.

En Fría venganza el misterio, en la mejor tradición, se resuelve en las últimas páginas. Mientras tanto, uno recorre esta novela negra con aroma a western que habla de la amistad, de las tradiciones antiguas, de la historia y la relación entre el hombre blanco y los pueblos que ha diezmado. Y también de la soledad de la que Walt no logra escapar (hay una escena al final del libro, que no puedo revelar, pero que es antológica por lo emocionante y dolorosa).

La edición de Siruela es elegante y prolja. De las mejores.

Traducción: María Porras Sánchez

8/14


Seguí pinchando: por similitudes en la prosa, en el escenario, en la hondura de sus personajes, se me ocurre sugerirte que sigas pinchando por James Lee Burke. Cualquier de sus obras, pero esta de acá es las que es más “del Oeste”.

viernes, 2 de enero de 2015

Violencia não tem fim

El seminarista, Rubem Fonseca

De vez en cuando la vida pone en mis manos un libro de Fonseca. Y cada vez me digo lo mismo: ¿cómo puede ser que esta literatura pase a mi lado, mientras yo navego, indolente, por las aburridas mesas de novedades, perdiendo la mirada en debutantes, descartables aprendices consagrados por una industria a la que le importa poco la literatura? Será tal vez un mecanismo inconsciente que ordena dosificar, para que cuando ya no haya nada nuevo por leer, aún nos quede un libro de don Rubem en el que buscar refugio. Es que uno debe andarse con cuidado en esto: la de Fonseca es una obra llamada a perdurar, pero también una especie en peligro de extinción, muy difícil de hallar por estas pampas. El Seminarista es su última novela, aparecida en 2010.

El narrador es el Especialista. Su nombre es José, o Zé. El tipo es un asesino a sueldo. Recibe los encargos del Empresario, y hace su trabajo con el mayor  profesionalismo. Sin rencores, sin ensañamiento (salvo justificadas excepciones), sin saber nada de sus víctimas, a los que llama “clientes”: disparo a la cabeza, y a otra cosa. Así es la rutina de José, que un día nota una “flojera”, una especie de sentimiento de culpa, lo peor en un matador profesional. Cuando cree que quizás sea hora de dejar el oficio, entiende que no es fácil que el oficio lo deje a él. Los encargos del Empresario siguen llegando, y en el medio, José conoce a la bella Kirsten. Él, que siempre ha renegado de las mujeres, se enamora, imagina futuros, y todos son lejos de la profesión.

José es, además de profesional, un hedonista, amante de la lectura, el rock y las armas. De su paso por el seminario, le quedan las citas latinas, las lecturas del Antiguo Testamento, y algunas amistades peligrosas —una de ellas lleva el maravilloso nombre de Sangre de Buey— que aparecerán en una trama enredada de asesinatos, tortura, traiciones, un disco con información confidencial. José queda en medio de esa trama, y ya no se trata sólo de salirse del oficio, sino de salvar su vida, la de Kirsten, su futuro.

La violencia omnipresente en El Seminarista es la misma que hemos leído, como una marca registrada, en toda la literatura de Fonseca, sea negra o no tanto.  La violencia que es a la vez emergente y sostén de una situación que asigna a cada individuo un rol específico: el asesino, su víctima, el pobre, el rico, el varón, la mujer. Es la violencia que resulta, por lo tanto, la ordenadora del mundo.

La voz de José —un personaje de una agudeza inusitada, en permanente reflexión sobre el Bien y el Mal—, es la herramienta que construye Fonseca para llevar al lector también a las emociones profundas. Cuando José habla de libros, de poetas, de su bella Kirsten, es imposible no recibir una inyección de esa triste embriaguez tan carioca (*). No obstante, a no confundirse: la acción, plagada de diálogos y en un estilo cortante y seco, avanza veloz a través de las poco más de 140 páginas excelentes.

Hay algo en que los editores no se equivocan: hay mercado y hay lectores, y no siempre son conjuntos coincidentes. Es así, Fonseca no es para todos. Pero si estás leyendo este comentario, amigo, es muy probable que no seas como todos. Mi consejo es que estés atento y revuelvas lo que sea para encontrarte con cualquiera de sus viejas ediciones en Norma, o alguna más reciente como las de Cuenco de Plata o la chilena Tajamar. A menos que estés en España, donde RBA ha rescatado estos cuatro libros suyos que, como es usual, nunca llegarán a estas costas.

Traducción: Basilio Losada

9/14

Seguí pinchando: podés encontrar un comentario a otro libro de Fonseca, el volumen de cuentos titulado El Cobrador, pinchando aquí. ¿Qué otro te puede interesar? Por el nivel de violencia, por el profesionalismo de su protagonista, por las citas cultas, en algún momento vino a mi cabeza el recuerdo de Drive, de James Sallis, un autor no tan lejano al universo de Fonseca. Podés ver comentarios aquí y aquí.


(*): disfrutá de la hermosa cadencia de la voz aguardentosa del propio Fonseca, leyendo el comienzo de El Seminarista:

martes, 16 de septiembre de 2014

El terror a las contratapas

El terror de vivir, Urban Waite

Resulta que uno encuentra el libro de un autor del género. Va y se dirige a la contratapa. Entre frases laudatorias de un peso pesado como el Rey Stephen o de un autor exquisito como Daniel Woodrell aparecen las expresiones “ritmo trepidante” y “no da respiro”. Encuentra también que al autor se lo compara “unánimemente” con Cormac McCarthy. ¿Qué se supone que uno debe hacer? ¿Comprar o dejar pasa el libro? No importa tanto la decisión final: lo importante, lo primero, es desconfiar. Sospechar. Hacer que el lector que llevamos dentro mantenga a raya al consumidor, ese monstruo ya inoculado y siempre al acecho. Una lección que uno nunca termina de aprender.

Estamos en el noroeste de los Estados Unidos, cerca de la frontera con Canadá. Un cincuentón y exconvicto llamado Phil Hunt se dedica, con su esposa Nora, a la cría de caballos. Refuerza sus ingresos transportando cocaína a través de bosques y montañas. Él y su nuevo ayudante, un chico, van con los caballos cargados cuando un tipo surge de los árboles y los apunta con un rifle. Es Bobby Drake, ayudante del sheriff. Suele andar por ahí, investigando ese contrabando. Que es su manera de entender a su propio padre, antiguo sheriff y actualmente preso por este mismo delito. Se producen disparos, pero Hunt —un “excelente jinete” a los ojos de Drake— logra escapar sin la droga. Bobby sólo detiene al chico que, como sabe demasiado, morirá en la cárcel rápidamente.

La DEA se lleva a Bobby y a su esposa a Seattle. Son ahora testigos que necesitan protección. Mientras tanto, con la droga perdida, los capos del negocio contratan a Grady, un psicópata cuchillero, para que encuentre a Hunt y lo mate. Aunque primero lo debe usar para introducir desde Canadá a una chica vietnamita que trae en el estómago heroína encapsulada. Hunt comenzará una loca carrera, perseguido por la policía y por Grady, en la que luchará hasta el final por salvar a la mula y reunirse con su mujer antes que el asesino.

Esta trama de persecusión, aunque trillada, aún podría resultar atractiva. Sin embargo, falla. Y por varios aspectos (sin contar aquello de la contratapa). En primer lugar, los personajes cliché. El asesino Grady, malo de maldad pura, no termina de lograr volumen. Es chato. Provoca más irritación que miedo (estaría bueno, ya que lo citan tan livianamente a McCarthy en la contratapa, ver cómo su Chigurh se come crudo a este Grady en dos mordiscos). Como contrapartida, Hunt y Drake son los hombres en esencia buenos, cuyas vidas se han torcido por circunstancias que les fueron un poco ajenas (una lejana muerte casi accidental, el primero; un padre policía y delincuente, el segundo). Sus esposas, Nora y Sheri, son sus anclas, sus cables a tierra, las que encarnan la certeza redentora del sueño americano, de la vida en paz de los hombres de bien en una casa con porche y cerveza fría en la nevera… No es casual que, en medio de toda la maraña de esta trama, Drake y Hunt, perseguidor y perseguido, “males menores”, terminen casi trabajando juntos contra el “mal mayor” de Grady y sus jefes.

Pero hay más. Entiendo que es difícil “cerrar” una trama con tantas aristas. O por lo menos engañar (en el buen sentido) al lector para que las cierre él. Pero lo que Waite hace en un par de ocasiones es forzar la máquina hasta el límite. Parafraseando a Chandler, “se lo sienta a Dios en el regazo”. Va un ejemplo. Drake inquieto y aburrido, encerrado por la DEA en un hotel del centro. Sale a caminar. Va al hipódromo. Ve entrenar a los caballos. Pregunta a un trabajador por alguien con quien hablar de equitación. Uno piensa: “muy bien, se mete en tema, empieza a indagar en el ambiente, buscando al “excelente jinete” que se le escapó en el bosque. Bien, Drake. Sagaz”. El tipo del hipódromo le recomienda un rancho cercano. “Gracias, amigo”. Se sube a su coche y llega al lugar. Hay una mujer que responde a sus consultas. ¿A que no saben quién es? ¿No? ¡Sí! Es Nora, la esposa de Hunt. O sea: al primer lugar que cae es a la casa del tipo que recién está empezando a perseguir. Sea o no vital para la trama el encuentro, ya es una vinculación que supera mi capacidad de “suspender la incredulidad”. Dios es empleado de Waite. Me puse de mal humor.

El otro obstáculo que le veo es la traducción. Sé que es polémico juzgar una traducción. Sin tener a mano el texto en idioma original —algo que rara vez sucede—, es difícil decir qué tan buena o mala es. Sin embargo, uno ya detecta ciertos “ruidos”. Uno típico es el vocabulario. El mío no es especialmente amplio pero si debo recurrir mucho al diccionario en un best-seller de este tenor, ya sospecho. Me inclino a pensar que detrás del traductor se esconde un “escritorcito juguetón” que intenta asomar la cabeza. En El terror de vivir el amigo Antonio-Prometeo Moya me incomodó con “estafermo”, “zurrir”, “marjal”, “ribazo”, “bramante”, “racheada”, “tabaleo”, “escuchimizado”, además de con las expresiones “fibra vítrea” o “papeles” por papers (modo informal de llamar al periódico). Too much, Tony.

Traducción: Antonio-Prometeo Moya


6/14