viernes, 17 de enero de 2014

Ser el malo

Cuando le expliqué ese detalle a Jimmy por segunda vez entre siestas resacosas, me dijo:
—No pasa nada, sargento. Ya he sido el malo antes.
—¿Cuándo?
—Cuando volví al mundo, me fui a Haight-Ashbury, en San Francisco, vistiendo el uniforme a propósito, para darles la ocasión de meterse conmigo. Una tía gorda me espetó a la cara que era un asesino de niños. ¿Sabes qué hice? —Negué con la cabeza, incapaz de imaginármelo—. Me saqué del bolsillo una sarta de champiñones chinos, le dije que eran lóbulos de orejas de niño, y empecé a comérmelos. —Jimmy empezó a reírse al tiempo que se iba quedando amodorrado de nuevo—. La puta gorda se cayó redonda, tanto que rebotó en la acera, y luego echó a rodar cuesta abajo por una de esas calles tan lisas y empinadas, como si fuese a rodar hasta perder algunos kilos de peso... Y, no te lo pierdas, unahippy se apartó de la multitud, me echó los brazos al cuello y se puso a llorar... Mi primera esposa, tío, y la mejor de todas... Así que vamos a recuperar a esa tía y a su hijo, y a lo de ser los malos, ya le pueden ir dando...
Cuando se quedó dormido, pensé en revisar mi opinión. Quizás únicamente las personas que seguían la letra de la ley, en lugar del espíritu, pensaran que éramos los malos. Hacía bien poco, había caído en la cuenta de que la letra de la ley era el signo del dólar, y su espíritu un pálido reflejo de lo que fue.

(James Crumley, El pato mexicano, Barcelona, RBA Libros, 2013)


lunes, 13 de enero de 2014

Siempre en la ruta

El pato mexicano, James Crumley

En este camino de la lectura uno se va construyendo sus fanatismos. Yo tengo varios, y uno de ellos es Crumley. Eso significa que voy a leer cada libro de Crumley que aparezca en castellano (e incluso alguno en inglés). Ya lo sé, es así, una de mis pocas certezas. Y “que aparezca” no significa necesariamente que esté a mi alcance. Se sabe que lo que RBA edita en España casi nunca cruza el Atlántico a salvo. Pero también se sabe que para un lector que busca un libro es suficiente con que el libro exista en algún rincón del mundo…

Así que aquí estoy, recuperándome de la lectura de otra historia del viejo Sughrue. Después de la imprescindible El último buen beso, llega esta novela, publicada 15 años más tarde. Y ya les digo: no se queda atrás en absoluto. Si aquella comenzaba —¡memorable!— en un bar con un bulldog alcohólico tomando cerveza junto a su dueño, esta arranca con Sughrue y su amigo el abogado Solly Rainbolt, afuera del bar Infierno Rugiente, bajo la ventisca otoñal que cubre la noche de Montana. Chupan tequila del pico, aspiran metanfetamina, discuten sobre la música de Hank Snow. Sughrue conecta entonces la gramola y ambos se retiran unos metros a mirar. Sí, a escuchar, pero también a mirar: porque la gramola está sobre las vías del tren, y aquello que se acerca es el de las 3:12 a Spokane, “con su brillante faro delantero como un latigazo a través de la maldita noche nevada”.

Así de desmesuradas son las historias de Sughrue. Porque así de desmesurado es Sughrue. El viejo C.W. Sughrue, el borracho que trabaja a tiempo parcial en la barra de un bar. El mismo que acepta el encargo de los mellizos Dahlgreen, dos freaks que, además de traficar armas de guerra, venden peces tropicales. Sughrue tendrá que recuperar dos peces impagos que se quedó un motero peligroso llamado Norman el Anormal, a la sazón, conocido de C.W.. Y, como una cosa lleva a la otra, cuando va a visitarlo, Norman le pedirá ayuda para ubicar a su madre perdida, la mexicana Sarita. Norman cree que la tiene cautiva un millonario texano, Joe Pines. Y allí ya está rodando una historia tan disparatada como violenta, que atraviesa verticalmente los Estados Unidos, desde Montana hasta Nuevo México, con una trama un tanto compleja que involucra a narcos mexicanos y a pozos de petróleo y a bellas mujeres secuestradas. Al FBI y la DEA. Y la estatuilla de un ave, más cercana y menos glamorosa que el famoso halcón de Malta. Todo en una “road story” desquiciada que C.W. Sughrue recorrerá con Frank y Jimmy, los amigos que conserva de Vietnam, siempre armados, siempre colocados, siempre al mango. Siempre románticos.

Pasear por la modesta entrada de Wikipedia que se ocupa de Crumley es sorprenderse con los buenos premios, y los conceptos de los críticos, y su costumbre de meterse en los Top de lo que sea. Es cierto que Crumley vendió muy pocos libros mientras vivía. Una vez que lo he leído, no me extraña en absoluto, la verdad. Y más allá de que lo lamento por él, porque merecía haberse ganado unos buenos mangos en vida, debo confesar que un poco me alivia: me afirma que la cosa funciona como imagino que funciona. Porque si hubiese vendido mucho, no sería este Crumley. Y apuesto a que sigue igual de invendible (lo que agrandaría el valor del rescate que hace RBA de parte de su obra, a la vez que explicaría por qué El último buen beso llegó a esta Buenos Aires de saldos): su desmesura, su “outlaw attitude”, su poesía triste y dura lo dejan afuera de lo que hoy “demanda el mercado”.

James Crumley es un autor al que me gusta imaginar caminando por el borde. Esquivando a los que quieran molestarlo o encasillarlo. Un autor más allá de todo. Y mucho más, de este género negro pasteurizado de hoy, ese caldo tibio en el que flotan forenses sagaces y árticos serial killers, apto para señoras con muchas tardes libres y debilidad por los finales felices.

James Crumley va más allá de todo eso. Va para clásico.

Traducción: Antonio Iriarte Jurado


12/13

martes, 7 de enero de 2014

Rivalizar con el mundo

Es fácil culpar el Tribunal Supremo por las librerías pornográficas y los locales de sexo en vivo. Existen generalmente porque alguien de la junta de la zona recibe algún soborno; los jóvenes no se drogan porque sus padres y maestros son permisivos, lo hacen porque hay adultos que les vende la droga. No hay complejidades psicológicas ni misterios sociológicos.
Cuando la gente se cansa de algo, ese algo termina. Mientras tanto Dave Robicheaux no va a cambiar mucho el panorama de las cosas. Mi hermano Jimmie lo sabía; él no rivalizaba con el mundo. Trabajaba con máquinas de póquer electrónicas y con apuestas extraoficiales y, por lo que yo sospechaba, vendía whisky y ron proveniente de las islas sin cumplir las normas fiscales. Pero siempre fue un caballero y caía bien a todo el mundo. Los policías tomaban el desayuno gratis en su restaurante, los legisladores estatales se emborrachaban en su bar, los jueces le presentaban a sus esposas con enorme cortesía. Sus transgresiones tenían que ver con las licencias, no con la ética, solía decirme.
—El día que esta gente no quiera apostar o beber, los dos nos quedaremos sin trabajo. Mientras tanto, déjate llevar por la corriente, hermano.
—Lo siento —solía responder yo—, eso me hace pensar en muchas cosas. Creo que soy demasiado imaginativo.
—No; tú solo crees en el mundo como debería ser, en lugar del mundo que existe. Por eso siempre serás manejado por los demás, Dave.

(James Lee Burke, La lluvia de neón, Barcelona, RBA libros, 2012, pág. 197)


lunes, 6 de enero de 2014

Cuida que mi tumba esté limpia

Regresé a mi casa flotante, llamé al hospital para preguntar por
Jimmie, levanté unas pesas, corrí seis kilómetros junto al lago, limpié y engrasé mi escopeta del calibre doce y cociné un poco de pescado y de arroz para el almuerzo mientras escuchaba una vieja grabación de Blind Lemon Jefferson:

Cava mi tumba con un pico de plata
y cuida de que mi tumba esté bien limpia.
Oh, Santo Dios, sométeme con una cadena de oro

Me pregunté por qué sería que solo los negros trataba la muerte de forma realista en su arte. La gente blanca escribía sobre la muerte como una abstracción, la utilizaba como un recurso poético, se preocupaba por ella solamente cuando era remota. La mayoría de los poemas de Shakespeare y de Frost sobre la muerte había sido escritos cuando los dos eran jóvenes; mientras que cuando Billie Holiday, Blind Lemon Jefferson o Leadbelly cantaban sobre la muerte se podía oír el gatillo del rifle del carcelero, ver la silueta negra suspendida de un árbol frente al sol moribundo del atardecer y oler la caja de pino caliente que bajaban a las profundidades de las tierras del Misisipi.

(James Lee Burke, La lluvia de neón, Barcelona, RBA libros, 2012, pág. 245)


domingo, 5 de enero de 2014

Mensaje del cielo

Siempre había opciones. Recordé la peor tarde de mi carrera de jugador. Mi esposa y yo habíamos ido de vacaciones a Miami y, cuando terminó la novena carrera de nuestro primer día en Hialeah, ya le llevaba gastados seiscientos dólares. Me senté en las gradas, ya casi vacías, con un montón de boletos rotos a los pies y un viento frío que arrastraba papeles por la pista, e intenté no mirar la desilusión y la furia en el rostro de mi esposa. Luego, oí una avioneta que volaba en lo alto, miré hacia el cielo gris y vi un biplano que mostraba un cartel de lona que decía: “Recupere lo perdido las carreras de perros de Biscayne esta noche”. Incluso un perdedor tenía futuro.

(James Lee Burke, La lluvia de neón, Barcelona, RBA libros, 2012, pág. 272)


jueves, 2 de enero de 2014

Dave Robicheaux: episodio piloto

La lluvia de neón, James Lee Burke

El día en que se va a sentar en la silla eléctrica, un tipo quiere pagarle un favor al policía Dave Robicheaux. Lo llama para contarle que hay gente interesada en liquidarlo. Unos narcos colombianos. Robicheaux y su compañero Clete Purcel no tardan en entender que el asunto tiene relación con un caso que estuvieron investigando, el de una prostituta negra que apareció flotando en el río. La policía del condado quiere cerrar el asunto diciendo que se ahogó por accidente. Pero Dave no está convencido: los pinchazos en el brazo de la chica le hablan más bien de una sobredosis homicida.

Robicheaux insiste en meter la nariz, y empieza a ponerse en contra a la policía local, a cargo del caso. También a aquel jefe narco, el que se la tiene jurada, que resulta no ser colombiano, sino nicaragüense. Encima, la aparición de un agente federal le revela que, detrás de ese narco, criado en la dictadura de Somoza, hay mucho más. Y muy turbio: mafiosos locales, agentes de inteligencia —de esos que pisan con un pie de cada lado de la línea de la ley—, tráfico de armas, apoyo a la contrainsurgencia en Centroamérica. ¿Les suena el tema Contras, allá en los 80?

En su investigación el terco de Robicheaux se va a meter en problemas con medio mundo. Lo echarán de la policía, recibirá golpes por todos lados, pero el que más duro le pega es su viejo demonio interno: el alcoholismo que arrastra desde que volvió de Vietnam.

Primera entrega de la serie de Robicheaux, que al día de hoy lleva veinte libros, La lluvia de neón es una novela muy entretenida. En ella ya se percibe el gran potencial y la calidad poco frecuente de la prosa de Burke, aunque la noté algo más floja estructuralmente que las novelas posteriores que leí del autor, en especial la extraordinaria El huracán. A juzgar por estas dos “puntas” —La lluvia de neón, de 1987, y El huracán, de 2007—, se nota que Burke no ha hecho otra cosa que capitalizar en oficio todos los años transcurridos. Desde luego, aún con las debilidades propias del episodio piloto de cualquier serie, esta es una novela que merece ser leída. Por la prosa y los diálogos de Burke, por la descripción de los escenarios de una Lousiana natural, violenta, blusera. Pero interesa aún más por ser una eficaz presentación del personaje de Dave Robicheaux. Acá hay mucha información de su pasado: su experiencia en Vietnam, su madre que lo abandonó, su padre y su hermano, el alcoholismo. Y de su presente: sus relaciones en la policía, su encuentro con Annie, con quien inicia relación, y en especial su vínculo con Clete Purcel. Purcel es un violento y borracho policía con el que trabaja Dave. Inician la novela con algo parecido a la amistad, y terminan de la peor forma. No obstante, sabemos por historias futuras, que volverán a formar un buen equipo.

Un interesante comienzo de serie para el gran personaje que es Robicheaux. Y un interesante ejercicio para apreciar la evolución de un autor de una elegancia inusual en el género.

Traducción: Claudia Martínez


12/13