sábado, 20 de octubre de 2012

Nace el Navaja


Dos días después volvieron a salir con los mismos planes. Antes de echar a andar hacia el lugar convenido, el Bujía le dio a Edgar una navaja similar a la que había usado la noche anterior.
—Es un regalo —le dijo, dándole un tono de solemnidad al asunto.
Edgar se sentía exultante. Las cosas parecían rodar a las mil maravillas. Ya había comenzado a salir con Sandra, en plan de amigos. El día anterior la había llevado al Parque Rodó, Edgar trataba de desenganchar penosamente cada palabra aunque la chica lo miraba con simpatía. Tenía dinero en los bolsillos y bastaba que la muchacha desviara la vista hacia el carro del heladero para que Edgar saliese disparado a comprar helados.
El trabajo de aquella noche también resultó exitoso. Edgar comenzaba a pisar firme. Una noche en el garaje de los Rosales se empeñó en hacer una demostración de sus habilidades con la navaja. El afilado instrumento se deslizaba entre sus dedos como un animal alargado, brillante y peligroso. Aparecía y desaparecía de sus manos con una velocidad que dejó pasmado a su improvisado público. Así nació el Navaja.

(Renzo Rossello, Trampa paraángeles de barro, Montevideo, Estuario Editora, 2010, pg 30)

miércoles, 17 de octubre de 2012

Al otro lado del río


Trampa para ángeles de barro, Renzo Rossello

Uno de los libros que me traje del primer festival BAN!, de junio de este año, fue este de Renzo Rossello. No conocía al autor ni a la colección. Sólo sabía que eran uruguayos ambos. Y que el libro presentaba una factura impecable, que pude apreciar con apenas una hojeada. Me interesó la contratapa y me lo llevé sin dudarlo.

Me encontré con una historia bien escrita, que se lee con agilidad. Que además es un libro corto (poco más de 140 páginas) y de tamaño cómodo. Me lo terminé de un día para el otro. Y puedo decir que disfruté cada página.

Trampa para ángeles de barro relata la historia de dos personajes cuyos destinos, según ya sabemos desde la primera —y potente— línea del texto, van a cruzarse más temprano que tarde. Por orden de aparición, esos dos personajes son el Largo Viñas y el Navaja. El primero es un policía alto y flaco, que tiene su pasado en el área de Inteligencia, pero que en la actualidad es un verdadero outsider dentro de la institución. Viñas tiene una casa y una mujer. Suele pasarse varios días sin caer por allí y cuando lo hace, su mujer siempre duerme. Viñas piensa que tal vez ella lo engañe, pero mucho no le importa. A Viñas no le interesa nada; no es cómplice de los policías más corruptos, pero tampoco los denuncia: apenas los desprecia. El Largo no confía en nadie, y nadie confíe en él. Más aún: hay ciertos canas que preferirían hacerlo a un lado…

Edgar, conocido como  el Navaja, es un delincuente juvenil. Pesado el pibe. Un tremendo historial de entradas y fugas, y robos y muertes lo han convertido en un enemigo público de esos que alimentan las tapas de los diarios populares, de esos que logran arañar una estatura mítica. No tiene familia. La Sandra fue su novia, pero la perdió en algún momento en que estuvo en cana. El Navaja hace rato que no tiene nada que perder. Por eso no duda en prenderse en un plan de fuga del instituto. Entre los que salen con él está su amigo Riverita.

El conflicto que motoriza la historia viene de una orden “extraoficial” que recibe Viñas. Tiene que “terminarlo” al Navaja. Los motivos no parecen muy claros. Sólo está claro que Viñas debe hacer el trabajo solo. Nadie más que su superior directo y él estarán al tanto de la operación. Pero el policía desconfía. No se cuestiona si boletear a un delincuente como el Navaja está bien o mal. Lo que lo molesta a Viñas es no entender qué intereses hay detrás de la orden tan secreta que está recibiendo.

La persecusión nos llevará a través de las calles de Montevideo, por los bares y las pensiones, por las casillas de lata y los pastizales de los suburbios, para descubrir lo que sabemos desde siempre: que dos hombres parados en veredas enfrentadas, como Viñas y el Navaja, pueden ser apenas títeres, meras piezas de un juego de poder que está muy por encima de sus cabezas. Un juego en el que sus vidas no valen nada.

Trampa para ángeles de barro se publicó por primera vez en los tempranos noventa. Sin embargo, no ha perdido ni un gramo de su vigencia. Mérito de Rossello que, con su visible oficio de cronista, desarrolla una trama simple de manera efectiva. Despliega un estilo afilado, y con economía y precisión planta una galería de personajes muy atractivos y bien delineados.

Como rioplatense que soy, me interesó mucho el lenguaje que suena en Trampa para ángeles de barro. Ese lunfardo que no es el de este lado del charco, que está en ese registro apenas desplazado pero que se entiende perfectamente parado en esta orilla. Leerlo es algo que resulta una manera interesante de experimentar cómo somos de iguales y de distintos a ambos lados del gran río marrón.

Si uno de los objetos de los festivales como el BAN! es poner en contacto a los lectores con la literatura de género que no es fácilmente accesible —se sabe que en algunos aspectos el Río de la Plata es más ancho de lo que parece— en mi caso y con esta novela fue totalmente eficaz. Ojalá puedan distribuir en Buenos Aires algunos ejemplares de esta Colección Cosecha Roja, que también ha publicado títulos de Pedro Peña y a Rodolfo Santullo.

9/12

sábado, 13 de octubre de 2012

De herencias y dentaduras (Hoke Moseley llevando una conversación)


—¿Estaba el coche a nombre de tu hermano?
Ella asintió con la cabeza y empezó a llorar.
—¡No es justo! Los dos trabajamos muy duro para comprar ese coche, para hacer el pago inicial y todo, ¡y ahora mi padre se lo quedará!
—Tal vez tu hermano te lo dejó en el testamento…
—¿Por qué iba a hacer testamento? Solo tenía veintiún años. ¡No esperaba morir por culpa de un dedo roto! Todavía no veo cómo alguien puede morirse por un dedo roto.
—Voy a explicarte algo —dijo Hoke. Terminó el último bocado de su sándwich y se limpió la boca con la servilleta—. El doctor Evans es el mejor patólogo de los Estados Unidos, y también es dentista. Y él dijo que no había sido el dedo, sino el shock causado por el dedo roto. Y si él dice eso, va a misa. Déjame explicarte algo sobre Doc Evans.
“Hace más o menos un año tuve algunos abcesos dentales, y la única forma en que podía masticar era echando la cabeza hacia un lado y masticando como un perro con la parte sana. Un día estaba almorzando con el doctor Evans, y después del almuerzo me llevó de nuevo a la morgue, me inyectó novocaína y me sacó todos los dientes. Uno a uno. Luego hizo una impresión y mandó hacerme esta dentadura, se la encargó al mismo técnico que hace todos los dientes de los Dolphins de Miami.”
Hoke se sacó la dentadura postiza, la puso en una servilleta y la entregó a Susan.
—Yo ni siquiera me había dado cuenta de que llevabas los dientes postizos —dijo Susan—. ¿Te habías fijado, Junior?
—No, yo no —dijo Freddy—. Déjame echar un vistazo.
Susan le pasó los dientes a Freddy, quien los examinó detenidamente antes de devolvérselos a Hoke.
—Buen trabajo —dijo.
—Yo los llamo mis piños Dolphins —dijo Hoke. Roció un poco de agua de su vaso en la dentadura postiza, y luego se la metió en la boca y la ajustó—. Es la clase de médico que es el doctor Evans. Y no me cobró ni un centavo. Solo lo hizo por la experiencia. Después de sacarme los dientes me dijo que me fuera a casa. Me bebí media botella de bourbon, y no sentí nada.
“Pero volviendo al tema de la herencia, …”

(Charles Willeford, Miami blues, Barcelona, RBA Libros, 2012, pg 61)

viernes, 12 de octubre de 2012

Dime dónde vives


Hoke fue a su pequeña habitación, abrió la puerta y encendió la luz. Olía a sábanas sucias, calcetines y ropa interior sin lavar, ron y humo de tabaco rancio. Howard Bennett, el tacaño director del hotel, había entrado en el cuarto de Hoke durante su ausencia y había desenchufado el acondicionador de aire de la ventana para ahorrar energía. Hoke conectó el aire acondicionado y lo puso a tope.
Se quitó la chaqueta deportiva que llevaba, el arma, las esposas y la porra, y dejó todo el equipo sobre el desordenado armario. Encendió el pequeño televisor Sony en blanco y negro, y se sirvió unos dedos de brandy El Presidente en el vaso de la dentadura.

(Charles Willeford, Miami blues, Barcelona, RBA Libros, 2012, pg 120)

jueves, 11 de octubre de 2012

Lecciones de San Quintin


En el agujero de San Quintín, que no era del todo tenebroso —una franja de luz mortecina se filtraba por debajo de la puerta—, Freddy meditó sobre la existencia. Su deseo de proporcionar bienestar al resto del mundo estaba en la raíz de sus problemas, por lo que en vez de mejorar su propia vida la empeoraba. Y para colmo no había ayudado realmente a nadie. Decidió que a partir de entonces solo se preocuparía de sí mismo.
Dejó de fumar. Si los privilegios de fumar le eran revocados, pero él ya no fumaba, el castigo no tenía la menor repercusión. De vuelta al patio, Freddy se unió a los deportistas, en silencio, y levantó pesas a diario. Y ejercitó también la mente, así como el cuerpo: leía la revista Time todas las semanas y se suscribió al Reader’s Digest. También renunció al sexo: logró un trueque en el que se desembarazaba de su protegido, un chicano algo fondón del este de Los Ángeles, a cambio de ocho cartones de Chesterfield y doscientas chocolatinas Milky Way. Luego cambió los Chesterfield (la marca favorita de los presos negros) y ciento cincuenta de las Milky Way por una celda para él solo. También hizo las paces con la estructura de poder entre los reclusos. Dejó el desinterés para abrazar el propio interés, para aprender la lección que todos deben asumir antes o después: que aquello a lo que un hombre renuncia voluntariamente ya no le puede ser arrebatado.

(Charles Willeford, Miami blues, Barcelona, RBA Libros, 2012, pg 26)