viernes, 16 de noviembre de 2012

Recuerdo de Barcelona


La gente que olvida mal suele hacerse daño. Porque los que olvidan mal dicen la verdad con mentiras, extravían nombres, esconden personas y lugares y acaban por recordar solo lo bueno.
Cristian es de los que olvidan mal. Por eso, cuando recuerde, la añorará por mucho que ahora diga que no es más que un chiste malo, una solterona engreída, una ciudad inventada en un país que no existe.
Al olvidar mal solo recordará aquellos momentos en que Barcelona y él se llevaban bien. Recordará aquellas trampillas y aquellos toboganes que, de repente, se abrían bajo sus pies, de noche, en esta ciudad líquida. Recordará cuando la droga fluía como un río enloquecido y todos reían y consumían y volvían a reír y a consumir. Recordará motos ruidosas en callejones del Gótico. Recordará cuando la luna se quedaba atrapada en su vaso de ginebra. Y, sin embargo, no recordará el frío de febrero. La indiferencia. La arrogancia del otro superior. No recordará cuando los tipos de gafas de pasta, chaquetas de piel y socios de ONG se ponían a pasear a sus hijas chinas. Ni cuando las pijas de cabelleras limpias, forfaits y corazón estelado ya habían decidido qué ropa ponerse para no parecer muy ricas. No, nada de eso será recordado por Cristian y, sin embargo, sí la ciudad desierta, de madrugada, volviendo a casa. La de las calles mojadas. La eterna derrotada. No la del brazo en alto, no la de las componendas, no la del “parlem?”. Añorará la otra, la de las sombras en los rincones, la metrópoli anónima, la de los héroes fusilados contra las paredes, la de las rumbitas y las canciones eléctricas, la de la noche de Reyes. La Barcelona que pone en marcha las cafeteras al punto de la mañana. La de las plazas sin agua en las fuentes. La de los mercados sobre sus lechos de hielo, sangre y peces grises. La de las iglesias vacías, la de las flores encerradas, sin oxígeno, en tumbas de plástico.

(Carlos Zanón, No llames a casa, Barcelona, RBA Libros, 2012, pg 9)

martes, 13 de noviembre de 2012

Una voz en el teléfono


No llames a casa, Carlos Zanón


Luego de la excelente Tarde, mal y nunca, y otra vez en la Serie Negra de RBA, vuelve Carlos Zanón con No llames a casa. Y la vuelve a pegar, con una novela de una contundencia poco común.

La historia es la de Bruno, Raquel y Cristian. Podría decirse que es una historia de las vidas de Bruno, Raquel y Cristian, aunque le novela solo cubre un breve período, el más reciente, el actual. Los tres han encontrado que el chantaje es un negocio viable, aún en medio de la crisis que aplasta a Barcelona. Lo que hacen es sacarles fotos a parejas que están de “trampa”. Luego, con un sencillo trabajo de inteligencia, ubican a esas personas y las amenazan con mostrarles a sus cónyuges esos encuentros clandestinos. Resulta ser un negocio rentable. Les sirve para emborracharse más, conseguir más drogas, apostar más, pelearse todo el tiempo.

Una de las parejas a las que tienen agarrada es la de Max y Merche. Empleos calificados, clase media, familias tipo. Hace ya un tiempo que son amantes, esos de mensajes de textos y mails secretos. Una relación en la que empiezan a mencionarse planes de futuro, promesas débiles de dejarlo todo para empezar juntos... Max se divorcia, Merche no. Y esta asimetría es el comienzo del fin de la pareja, y de una espiral que llevará a Max a cometer una locura inconcebible para un hombre como el que fue alguna vez.

Justo cuando la relación entre Bruno y Raquel —golpeador él, yonqui y enferma terminal ella— y Cristian —medio hermano de Raquel, harto de todo— está llegando a un punto de no retorno, minada por los celos, la violencia y la traición, aparece Max con un plan insólito. Y se lo propone a Cristian. Es el encuentro de un enamorado que se hunde en su propia desesperación y un delincuente necesitado de un escape. Bingo: la bomba queda activada.

Ambientada en una Barcelona de los barrios, pauperizada en todos los sentidos y sin futuro, No llames a casa es una historia sórdida en la que el delito es apenas la excusa que utiliza Carlos Zanón para meternos de cabeza en la que es su especialidad: la construcción de personajes y las relaciones entre ellos. Me viene a la mente que su novela anterior también diseccionaba el vínculo entre dos hermanos, el amigo de uno de ellos y una mujer deseada por dos. Aquí es igual: en el mismo entorno miserable, el chantaje es solamente un modo de sobrevivir; el sexo y la mentira son apenas intentos de encontrar algo de oxígeno, nada más. Lo que aflora en cada palabra, mirada o golpe de toda esta gente es desesperanza, celos, traición, miedo a la soledad.

A Zanón se le nota que es poeta cuando escribe esta prosa brillante y precisa. Pero también se le nota que es un narrador potente cuando dosifica sabiamente los diálogos, cuando elige el registro más adecuado para cada pasaje de la novela, y te hace respirar el ambiente asfixiante de Barcelona, sus comedores sociales, los bares miserables, sus ángeles caídos.

Con ese oficio de narrador Zanón logra que leamos sin parar, una página tras otra de una historia que parece —sólo parece— que va despacio, con pasajes de introspección y monólogos, y que en un momento acelera hacia un desenlace de locos, brutal. Un final en el que el lector deseará que alguien se equivoque, que el azar frustre algún plan. Porque en esta  novela los planes son tan descabellados que, lo peor que puede pasar, es que salgan bien.

10/12

sábado, 3 de noviembre de 2012

Un fraternal campo de batalla


Casi esperaba que Tommy llamase a la rejilla del confesionario. Siempre había tenido el don de la oportunidad. Siempre parecían hacer las paces en el confesionario. Una vez al año, o dos, Tommy iba a confesarse. En Navidad, en Pascua, Tommy lo buscaba. Aparecía la inconfundible voz al otro lado de la rejilla, y la predecible suposición irlandesa de que los pecados carnales eran los únicos que importaban. Estaba el predecible adulterio. Con el predecible eufemismo, “acciones impuras”. Y la predecible farsa de que no lo reconocía. Por lo menos hasta después de encomendarle la penitencia. Y luego: “Te has pasado un poco, ¿no te parece, Des?”.
Tenía más de exorcismo que de confesión. Un rito pagano. Para Tommy el confesionario era el campo de batalla fraternal, un campo de minas que debía explorar para hallar ventajas. Su foro. El lugar donde podía ser más abierto.

(John Gregory Dunne, Confesiones verdaderas, Barcelona, Mondadori, 2012, pg 266)

viernes, 2 de noviembre de 2012

Las mujeres de Tom Spellacy


Tom Spellacy pensó: Esta Lois Fazenda es una mina de oro. Un imán para cualquier gurú de pacotilla, psicólogo o experto, en grafología o cualquier otra cosa. Para no hablar de los periódicos. La vida y milagros de Lois Fazenda con fotos de la chica en bañador. Alguien estaba haciéndose de oro con Lois Fazenda en bañador, de eso estaba seguro. Costaba abrir un periódico sin encontrar el antiguo asesinato sin resolver de una chica, acompañado de una foto de Lois Fazenda en traje de baño y el titular: “¿DÓNDE ESTÁ LA CONEXIÓN PERDIDA?” La conexión perdida eran las tetas y el culo, eso era sencillo. Se preguntó cuántos chavales se la estarían pelando con el Express. Por lo menos ellos sacaban algo del asunto. No parecía haber más que callejones sin salida. Suponía que eso era bueno. Los callejones sin salida significaban más trabajo, y cuanto más trabajo hubiera, menos tiempo tendría para preocuparse por Corinne. Y por Mary Margaret.

(John Gregory Dunne, Confesiones verdaderas, Barcelona, Mondadori, 2012, pg 266)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Diez investigaciones y un recuerdo de los viejos tiempos


… tenía diez investigaciones y Crotty se había tomado el día libre para comprarse un motel en Culver City. Para repasar la letra pequeña, había dicho. No preguntó de dónde había sacado Crotty el dinero para la entrada. “Tengo unos socios chinos”, fue la única explicación que él le dio por voluntad propia. Lo que significaba que, como subcomandante de guardia, tenía que cubrir a Crotty mientras este andaba con sus chinos por Culver City. En las diez investigaciones. El marica de Echo Park que le había enroscado una bombilla de 300 vatios a su novio por el culo. El agente de tráfico borracho y fuera de servicio que había intentado disparar a una cucaracha en la pared de su dormitorio y había matado a una anciana que paseaba el perro por delante de su ventana. Un triple homicidio en el barrio japonés que no desentrañarían ni en un millón de años. Un extraño suicidio en el norte de Hollywood. El asesinato de un negro en Silver Lake. En este no le gustaba pensar. Recuerdos. Tenía a la puta que lo había montado todo. Un negro tan contento recibiendo una limpieza de sable en el motel Silver Lake y entra otro negro y le mete tres balas en el corazón, un triangulito la mar de mono, y la chica no recibe ni siquiera una quemadura de pólvora. Tiene el envío del cliente en las amígdalas y no recuerda nada. Ni el nombre del putero ni la apariencia del tirador. “Qué quieres que te diga, Tom, estaba ocupada, no miraba a la puerta.”
Esa manera de llamarle “Tom” lo puso incómodo. Sabía que la chica lo hacía adrede. Se conocían de los viejos tiempos. De Antivicio de Wilshire. 

(John Gregory Dunne, Confesiones verdaderas, Barcelona, Mondadori, 2012, pg 50)