viernes, 28 de septiembre de 2012

El recuerdo de los días miserables


Y cuando más seguro estuvo de sí mismo: cuando tenía ganado el respeto de sus colegas a fuerza de disciplina y de demostrar con hechos por qué era quien era; cuando los políticos lo saludaban al pasar y sus suegros lo consideraron el hijo varón que la guerra nunca les dejó tener y le recordaron, incluso, sus antepasados o raíces: que Bohemia y Moravia fueron el embrión de los Países Checos, y que si su familia era morava y los Míclav también todos eran, pues, checoslovacos y moravos de sangre y cepa. Cuando todo era una realidad, un puñado de verdades anudadas y prominentes, el recuerdo de los días miserables se le empezó a venir encima como una nube de polvo. Inexplicablemente. Lidia fue la primera en percibirlo: en comprender, tal vez, que una parte del círculo no había sido cerrada.

(Marcelo Luján, Moravia, Barcelona, El Aleph Editores, 2012, pg 39)

martes, 25 de septiembre de 2012

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Moravia, Marcelo Luján

En febrero de 1950 los barcos arrojan al puerto de Buenos Aires montañas de inmigrantes que huyen de una Europa arrasada. Muchos de esos barcos tienen nombres en inglés. Como el Murray II. Pero el Murray II no viene de Europa sino de Estados Unidos. Es decir que trae ciudadanos, no a esa chusma hambrienta, analfabeta que será carne de conventillo. Trae gente como el bandoneonista argentino Juan Kosic, su esposa Lidia y la hija de ambos: una familia de tres idiomas.

Hace ya quince años que Juan Kosic dejó su pueblo de mala muerte, Colonia Buen Respiro. Escapó de allí, cansado de la maldad de su madre, una campesina que apenas habla castellano y que siempre insulta en su checo natal. Buscaba aire y una oportunidad para su talento. El destino lo llevó a Nueva Orleans. Allí conoció el éxito tocando en la orquesta del maestro Pegassi. Y el éxito le dio roce, y una esposa de ascendencia morava, y mucho dinero.

Pero sus fantasmas siguieron ahí, ardiente el alma por aquella bofetada de odio, último contacto con la piel de su madre. Quince años pasaron. Nada fue fácil para Juan Kosic: todavía le queda una cuenta por saldar en Colonia Buen Respiro.

Arrastra hasta allí a su nueva familia. No lo admite Juan, pero sólo lo mueve el deseo de venganza, un veneno que se sacará de encima cuando pueda humillar a su madre y a su sometida hermana. Lidia trata de convencerlo, de explicarle que volver está bien, sí, pero mejor sin rencores. Que del odio no nace nada bueno. Que su temperamento latino. Que, en el fondo, lo que planea hacer es una algo peor que una simple estupidez.

Bajo el calor de febrero, en un tren polvoriento, Marcelo Luján construye con su prosa atenta al detalle, un mundo ominoso, opresivo. La tragedia se adivina inevitable a medida que se acerca la noche fatídica. En algún punto el lenguaje se vuelve más seco, más económico —o eso me hizo creer Luján, narrador experto—, y ya no se puede soltar el libro: aún sabiendo lo que va a pasar, uno asiste con horror al desenlace.

Se ha escrito que Moravia es como una tragedia griega. ¿Qué historia de esta oscuridad y potencia no lo es? Desde que el mundo es mundo, incluso antes de Grecia, los hombres insisten en elegir el camino de la destrucción. De esa tendencia trata Moravia: es una historia sobre las provocaciones, sobre las advertencias, sobre las terribles consecuencias de nuestras elecciones.

El corazón de la historia de Moravia ya aparece en un episodio lateral que relata Meursault en El extranjero, de Camus (también se piensa que es otro el origen de ese relato, como reconoce el autor en esta interesante entrevista). Pero alrededor de ese núcleo trágico que es la esencia de Moravia, Marcelo Luján vuelve a disponer elementos que se reconocen presentes en su obra más reciente. Teniendo en cuenta que es un escritor argentino que lleva más de una década afincado en Madrid, ninguno de esos elementos resulta casual: como en La mala espera, en Moravia también están el desarraigo y la inmigración, el pasado que vuelve a cobrarse las deudas; el peronismo y sus figuras icónicas aparecen en ambas novelas e incluso en un cuento suyo publicado este año (“Reyes del cincuenta y uno”, en la antología Doce rounds).

Moravia es una historia sombría, que tiene la negra belleza del horror más humano. Ese que nos da miedo mirar, en el que tememos reconocernos. Y Marcelo Luján es un escritor al que, esté o no el Atlántico de por medio, hay que seguir con atención.



La edición catalana de El Aleph —que estará disponible en las librerías de Buenos Aires a partir del mes de octubre— no es mala, tiene el par de erratas que se espera en cualquier libro. Pero hay una de ellas que sólo es perdonable por lo pintoresca: ¿por qué un acordeón en lugar de un bandoneón en la tapa?

9/12

domingo, 23 de septiembre de 2012

Aprendizaje


Clifton tomó la escopeta de cañones recortados y se la puso bajo el brazo. Los dos salieron de la cocina. En la sala había otra lámpara de petróleo, un sofá muy viejo y lleno de agujeros por donde se le salía el relleno, y dos sillones todavía más viejos que parecían estar a punto de hundirse cuando uno se sentara en ellos.
Había también un piano. “El mismo piano de antes”, pensó Eddie mirando el maltrecho instrumento con su aspecto fantasmal bajo la pálida y amarillenta claridad. El teclado, gastado por el paso del tiempo, parecía una dentadura careada y torcida, ya que el marfil se había desprendido de algunos lugares. Miraba el piano sin darse cuenta de que Clifton lo miraba a él. Se acercá al teclado y alargó una mano. Pero algo la retuvo. La volvió a meter bajo el gabán y tanteó el grosor del revólver que llevaba en el bolsilo de la chaqueta.
“¿Qué importa? —se preguntó volviendo a la realidad y a lo que esta representaba—. Te quitan un piano y te dan un revólver. Quieres tocar música y, a juzgar por lo que está ocurriendo,la música se ha acabado para ti. Se ha acabado para siempre. A partir de ahora, solo cuanta esto… el revólver”.
Sacó el treinta y ocho del bolsillo. Lo hizo de un modo fácil y suave y lo esgrimió con decisión.
Oyó como Clifton le decía:
—Ahora ha estado bien. Empiezas a aprender.

(David Goodis, Disparen sobre el pianista, Barcelona, RBA Libros, 2012, pg 188)

sábado, 22 de septiembre de 2012

Treinta dólares a la semana


Plyne miró a Eddie. Todo lo que pudo ver fue a un músico de treinta dólares a la semana, sentado ante un desvencijado piano; un don nadie de mirada sumisa y hablar cansino cuyas ambiciones y obejtivos equivalían, excatamente, a cero, y que llevaba tres años trabajando allí sin pedir, ni siquiera insinuar, que le subieran el sueldo. Que no se quejaba jamás cuando las propinas andaban escasas ni hacía ascos a nada, incluso cuando le ordenaban que ayudara a colocar las sillas y las mesas a la hora del cierre, que retirara la basura o que barriera el suelo.
La mirada de Plyne se fijó en él, estudiándole a fondo. Tres años en los que, aparte de la música que interpretó, su presencia en el Hut no significó nada. Venía a ser como si el piano se tocara solo. Al margen de cuanto ocurriera en las mesas o la barra, el pianista vivía aislado sin fijarse en nada. De espaldas al público y la mirada en el teclado, se contentaba con un sueldo misérrimo y vestía como un pobre. Fascinado ante aquel ejemplo de indiferencia, Plyne decidió que era digno de pena por su falta de agallas. Incluso su sonrisa era neutral. Jamás la dirigía a ninguna mujer, sino que se perdía más allá de cualquier objetivo tangible, lejos del campo de batalla. Plyne se preguntaba qué debía de pensar aquel hombre de semejante entorno. Pero desde luego, no hubo respuesta; ni siquiera el más leve indicio.

(David Goodis, Disparen sobre el pianista, Barcelona, RBA Libros, 2012, pg 36)

jueves, 20 de septiembre de 2012

Reto al destino


Disparen sobre el pianista, David Goodis

Leí por primera vez Disparen sobre el pianista hace muchos años. Me quedó grabada como el clásico que es. Una historia de extraña potencia de la que, sin embargo, no lograba recordar la trama. Disparen sobre el pianista era para mí aquella casa derruida, oculta en un bosque. Era el frío y la nieve. Era la historia triste de un tipo raro que tocaba el piano. Más un drama que una historia policial.

En esta relectura pude confirmar que la gran obra de Goodis es todo eso. Y que sí, efectivamente, tiene una hondura dramática que la separan de cualquier etiqueta de género. Hay ladrones, asesinos, tiros y secuestros, pero esta es una historia sobre el destino, que es cosa seria, sobre la desesperación y la identidad, sobre la soledad y los dolorosos caminos del amor.

Eddie Lynn es un pianista que se gana sus “treinta dólares a la semana” tocando en un tugurio de la fría Filadelfia. Nadie sabe de dónde vino. El tipo está ahí, dejando pasar las noches, sin hablar, sin pedir aumento, barriendo el piso al cerrar si es necesario. Después se va a casa. Su única amiga es una prostituta vecina.

Una noche aparece su hermano Turley, desesperado, huyendo de unos matones. Le pide ayuda a Eddie. El pianista intenta eludirlo, de negarle esa mano. Inmediatamente, Eddie se convierte también en blanco de los matones: tiene que huir. Lo va a acompañar Lena, la camarera del bar. Una chica decidida y rabiosa. Y que es la única que conoce el verdadero pasado de Eddie.

Es en ese pasado, en esa historia que corre por debajo y que vamos conociendo con quiebres temporales en el relato, que aparece toda la riqueza de esta inolvidable novela. Un pasado que, como una sombra, o como un grillete, acompañará siempre al pianista. Por más que Eddie —Edward— quiera sepultarlo. Porque lo que somos es lo que fuimos. Somos de donde venimos, parece decirnos con desesperanza Goodis: no hay escapatoria posible.

El estilo de Goodis es bien directo. Sus diálogos no son malos, pero tampoco brillan especialmente. Por momentos abusa de los adjetivos, o hace monologar demasiado de Eddie, es cierto. Después de todo, tal vez tenga algo que ver que Goodis sea un autor cuyo medio de vida consistía, en el comienzo de su carrera, en escribir 10.000 palabras diarias para revistas pulp. No es un estilista, ni un purista.

¿Qué es entonces lo que hace grande a David Goodis? En mi opinión, la eficacia con la que nos muestra su mundo de desamparo, sin esperanza, oscuro. Noir en estado puro, logra transmitir una especie de asfixia, de angustia al lector. Lo logró conmigo en esta relectura nuevamente, como lo había logrado hace años, cuando “nos conocimos” y me quedó grabado el recuerdo del aire de esta novela. Con igual densidad dramática —rozando el melodrama en algunos momentos—, por su oscuridad la suya es una  literatura mucho más emparentada con la de Jim Thompson o la de James Cain que con la de otros grandes del Olimpo negrocriminal como Raymond Chandler o Ross Macdonald.

Estés o no, amigo lector, especialmente interesado en el género negrocriminal, Disparen sobre el pianista es una de las obras que hay que leer, de uno de los autores a los que hay que leer.

Traducción: Julio F. Yáñez

8/12

sábado, 15 de septiembre de 2012

Por las guerras sangrientas y las enfermedades fatales


—Duke ha muerto —observó.
—Lo lamento.
—Lo conocía desde hacía mucho tiempo —añadió.
No respondí.
—Tendrá que hacerse cargo usted —prosiguió—. Necesito a alguien ahora mismo. Alguien en quien poder confiar. Y hasta ahora usted lo ha hecho bien.
—¿Un ascenso?
—Está capacitado.
—Jefe de seguridad.
—Al menos con carácter temporal —precisó—. Pero si quiere, fijo.
—No sé —dije.
—Recuerde lo que sé. Usted está en mis manos, me pertenece.
Permanecí en silencio durante un par de kilómetros.
—¿Me va a pagar algo pronto?
—Cobrará sus cinco mil además de lo que ganaba Duke.
—Necesito información —dije—. De lo contrario no podré ayudarle.
Asintió.
—Mañana. Hablaremos mañana.
Y se quedó callado otra vez. Cuando volví a mirarle, iba profundamente dormido. Alguna suerte de reacción ante el shock.Pensaría que su mundo se estaba desmoronando. Me esforcé en seguir despierto y mantener el coche en la carretera. Recordé libros que había leído sobre el ejército británico en la India, durante el Raj, en el punto álgido del imperio. Los alféreces jóvenes tenían su propio comedor. Comían juntos luciendo espléndidos uniformes de gala y hablaban sobre sus posibilidades de ascenso. Sin embargo, no tenían ninguna a menos que muriera un oficial de rango superior. La norma era esperar a que la palmara alguien para ocupar su puesto. Así que levantaban las copas de cristal de excelente vino francés y brindaban por las guerras sangrientas y las enfermedades fatales, pues sólo si se producía una desgracia podían ascender en la cadena de mando. Cruel, pero así ha sido siempre entre los militares.

(Lee Child, El inductor, Barcelona, Ediciones B, 2004)


viernes, 14 de septiembre de 2012

Contraseñas


Regresé al cubículo y desconecté el ordenador. Volví al vestíbulo de la entrada y fui apagando todas las luces mientras lo dejaba todo limpio y ordenado. Probé las llaves de Doll en la puerta principal, encontré la que iba bien y la sujeté en el puño. Retrocedí hasta la alarma.
Desde luego confiaban en Doll para que cerrara, lo cual significaba que sabía conectar la alarma. Seguro que Duke también lo hacía de vez en cuando. Y naturalmente Beck. Probablemente también algún empleado. Un montón de gente. A alguno le fallaría la memoria. Observé el tablón de anuncios junto a la alarma. Pasé los dedos entre las notas prendidas en grupos de tres. Encontré un código de cuatro dígitos escrito en la parte inferior de una nota del ayuntamiento de hacía dos años sobre nuevas normas de aparcamiento. Lo introduje en el teclado numérico. El piloto rojo empezó a destellar y la caja a pitar. Sonreí. Nunca falla. Siempre hay alguien que anota en un papel contraseñas de ordenadores, números privados, códigos de alarmas.

(Lee Child, El inductor, Barcelona, Ediciones B, 2004)