jueves, 13 de septiembre de 2012

Probabilidades


Después le conté lo de la ruleta rusa.
—¿Jugó usted?
—Seis veces —dije, y miré fijamente la rampa.
Duffy me clavó la mirada.
—Está loco, una posibilidad entre seis; debería estar muerto.
Sonreí.
—¿Ha jugado alguna vez?
—No. No me gustan esos juegos.
—Usted es como la mayoría de la gente. Beck también. Él creía que las posibilidades eran una entre seis. Sin embargo, se acercan más a una entre seiscientos. O a una entre seis mil. Si uno pone una bala pesada en un arma bien hecha y bien conservada como ese Colt Anaconda, sería un milagro que el tambor se parara cuando la bala está cerca de la parte superior. La inercia del giro siempre la lleva hacia abajo. Un mecanismo de precisión, un poco de aceite y la gravedad te echan una mano. No soy idiota. La ruleta rusa es más segura de lo que se piensa. Y valió la pena correr el riesgo para que me contratara.
Se quedó callada.

(Lee Child, El inductor, Barcelona, Ediciones B, 2004)

martes, 11 de septiembre de 2012

“A ver qué te depara el próximo minuto”


El inductor, Lee Child

Otra aventura de Jack Reacher que cae en mis manos. ¿Más de lo mismo? Y…, en un punto sí, pero, ¡menos mal que hay más de lo mismo!

Como en El camino difícil, ahora en El inductor (inexplicable traducción de Persuader, séptima novela de la serie) también encontramos a Jack Reacher trabajando infiltrado en una organización delictiva. Esta es la comandada por Zachary Beck, un comerciante de alfombras que parece demasiado poderoso y demasiado rico para ser un simple “comerciante de alfombras”.

Ya conocemos a Reacher. Es una máquina ultraprofesional. Es tan veloz con las armas como con la cabeza calculando probabilidades. Es frío y muy peligroso. A pesar de su origen y formación en el Ejército, pocos como él tan lejanos de cualquier organización burocrática o gubernamental : siempre anda solo, casi como un vagabundo. Entonces, ¿cómo y por qué llega a infiltrarse en medio de la gente de Beck? ¿Para qué, para quién? Sin entrar en detalles acerca del cómo, sí diré que Reacher termina metido en este brete por dos motivos. El primero es personal: sospecha que el jefe de Beck es Quinn, un exmilitar con el que tiene pendiente una cuenta muy pesada. Tan pesada que Reacher creía haberlo matado, en venganza por la muerte de una joven compañera del ejército. Ahora descubre que Quinn vive. Debe volver a vengarse, y no fallar esta vez. El segundo motivo le viene de rebote: en una operación “extraoficial” la DEA infiltró en casa de Beck a la agente Teresa Daniel, y hace semanas que se ha perdido todo contacto con ella. El pacto es: la DEA ayuda a Reacher a infiltrarse y él les trae de vuelta a Daniela.

Luego de un primer capítulo de antología, que quita la respiración y termina de tal forma que es imposible no continuar la lectura, la historia se desarrolla con agilidad. Como las anteriores que leí de Child, esta también es una novela adictiva. Un verdadero page turner de suspenso y violencia extrema.

Cuando se dice “violencia extrema” significa que Jack Reacher, el protagonista y narrador —el “bueno” de la historia— se carga por lo menos a nueve o diez tipos. Profesionalmente, sí, con sangre helada, es cierto. También es cierto que sus adversarios son todos muy malos, pero no por eso Reacher es menos asesino.

Hay varios momentos memorables en la novela. Rescato dos: uno es la pelea final con el gigante Paulie —el mejor personaje de la historia—, que no le será nada fácil a Reacher, acostumbrado a pegarle a quien sea. El otro es la caída al mar que hay sobre el final. Inolvidables, y lectura obligada para quien quiera aprender cómo se escribe una escena de acción.

Es en esos trances difíciles en los que está en juego todo, cuando Reacher recuerda a Leon Garber, su superior y maestro en el ejército. El viejo Leon tenía varias frases, pero una de ellas —para esos instantes-James-Bond en los que escapar parece imposible—, es una que pinta de cuerpo entero a Jack Reacher y su modo de actuar: “conserva la vida, y a ver qué te depara el próximo minuto”.

Sabio consejo al que Reacher deberá recurrir unas cuentas veces en esta historia.

Y nosotros con él: conservando la vida, siempre esperando a ver qué nos depara el siguiente minuto, la siguiente página.

Traducción: Juan Soler

8/12

sábado, 8 de septiembre de 2012

Adiós, Dolorcito (una flor del fondo del mar)


La chiquilla de Macapá se llamaba Dorinha, María Dolores. Dorinha, dolor pequeño, dolorcito. Así la llamaba yo.
“Dolorcito, me voy.”
“¿Puedo irme contigo?”
“Volveré.”
“¿Lo juras?”
Los juramentos no valen nada. Los míos, menos aún.
“Lo juro.”
Yo viajaba con poco equipaje. Una bolsa de colgar y una maleta de nailon. Dolorcito cargó con la maleta hasta el muelle Mosqueiro Soure. La bolsa, yo no la dejaba jamás. No podía, claro; sería un error.
En el muelle había centenares de personas cargando un montón de equipajes, bombonas de gas, colchones, muebles, sacos de comida. El Pedro Teixeira tenía primera clase, para cien pasajeros, y tercera. Yo había conseguido uno de los escasos camarotes de dos plazas. Una de ellas la había bloqueado. Yo no quiero viajar con nadie. La mayoría de los camarotes de primera tenían cuatro literas, ocupadas generalmente por personas que no se conocían. Sólo dos camarotes, llamados de lujo, tenían baño propio y aire acondicionado. Los demás pasajeros usaban los baños comunes.
Mi camarote era el 30, y quedaba a estribor.
“No dejes de escribirme”, dijo Dorinha.
“Adiós, Dolorcito”, dije, besándola en la cara.
Por el altavoz colocado en el muelle anunciaron que los pasajeros de tercera podían embarcar ya. Corrieron hacia el combés de popa y armaron sus hamacas.
Las colocaban unas sobre otras, tocándose, en una maraña que parecía algo inventado por la naturaleza, una flor del fondo del mar. Una red de redes que no podía haber sido planeada ni creada por ningún arquitecto o ingeniero, sino que brotó, en sólo media hora, del ansia y las necesidades de la gente.

(Rubem Fonseca, El cobrador, Barcelona, RBA libros, 2011, pg 64)

viernes, 7 de septiembre de 2012

Mandrake


Yo jugaba con las blancas y avanzaba el alfil en fianqueto. Berta preparaba un fuerte centro de peones.
Aquí el despacho del doctor Paulo Mendes, dijo mi voz en la grabadora del teléfono dando a quien llamaba treinta segundos para dejar su mensaje. El individuo aquel decía llamarse Cavalcante Méier, como si hubiera un guión entre los dos apellidos, y que estaban intentando complicarlo en un crimen, pero —tlec— los treinta segundos se acabaron antes de que pudiera terminar de decir lo que quería.
Siempre llama la gente cuando uno está en lo más duro de la partida, dijo Berta. Bebíamos un vino de Faísca.
El tipo volvió a marcar pidiendo que le llamara yo a su casa. Un teléfono de la zona sur. Se puso una voz vieja, una voz reverencial, como si estuviera acostumbrada a aquel tono. Era el mayordomo. Fue a llamar al médico.
Hay un mayordomo en la historia. Ya sé quién es el asesino. Pero a Berta no le hizo gracia. Aparte de su afición al ajedrez, todo lo tomaba en serio.
Reconocí la voz de la cinta: lo que tengo que decirle es algo muy personal. ¿Puedo pasar por su despacho?
Estoy en casa, dije, y le di la dirección.

(Rubem Fonseca, El cobrador, Barcelona, RBA libros, 2011, pg 85)

jueves, 6 de septiembre de 2012

Ahora soy yo quien cobra


En la puerta de la calle, una dentadura enorme; debajo, escrito, Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un cartel, Espere, por favor, el doctor está atendiendo a un cliente.
Esperé media hora, con la muela rabiando. La puerta se abrió y apareció una mujer acompañada de un tipo grandón, de unos cuarenta años, con bata blanca.
Entré en el consultorio, me senté en el sillón, el dentista me sujetó al pescuezo una servilleta de papel. Abrí la boca y dije que la muela de atrás me dolía mucho. Él miró con un espejito y preguntó por qué había descuidado la boca de aquella manera.
Como para partirse de risa. Tienen gracia estos tipos.
Voy a tener que arrancársela, dijo, le quedan ya pocos dientes, y si no hacemos un tratamiento rápido los va a perder todos, hasta éstos –y dio un golpecito sonoro en los de delante.
Una inyección de anestesia en la encía. Me mostró la muela en la punta del botador: la raíz está podrida, ¿ve?, dijo como al desgaire. Son cuatrocientos cruceiros.
De risa. Ni hablar, dije.
¿Ni hablar, qué?
Que no tengo los cuatrocientos cruceiros. Me encaminé hacia la puerta.
Me cerró el paso con el cuerpo. Será mejor que pague, dijo. Era un tipo alto, manos grandes y fuertes muñecas de tanto arrancar muelas a los desgraciados. Mi pinta, un poco canija, envalentona a cierta gente. Odio a los dentistas, a los comerciantes, a los abogados, a los industriales, a los funcionarios, a los médicos, a los ejecutivos, a toda esa canalla. Tienen muchas que pagarme todos ellos. Abrí la camisa, saqué el 38, y pregunté con tanta rabia, que una gotita de saliva salió disparada hacia su cara: ¿qué tal si te meto esto culo arriba? Se quedó blanco, retrocedió. Apuntándole al pecho con el revolver empecé a aliviar mi corazón: arranqué los cajones de los armarios, lo tiré todo por el suelo, la emprendí a puntapiés con los frasquitos, como si fueran balones; daban contra la pared y estallaban. Hacer añicos las escupideras y los motores me costó más, hasta me hice daño en las manos y en los pies. El dentista me miraba, varias veces pareció a punto de saltar sobre mi, me hubiera gustado que lo hiciera, para pegarle un tiro en aquel barrigón lleno de mierda.
¡No pago nada! ¡Me he hartado de pagar!, le grité. ¡Ahora soy yo quien cobra!
Le pegué un tiro en la rodilla. Tendría que haber matado a aquel hijoputa.

(Rubem Fonseca, El cobrador, Barcelona, RBA libros, 2011, pg 155)

lunes, 3 de septiembre de 2012

Otros cuentos de amor, de locura y de muerte


El cobrador, Rubem Fonseca

Si quedaran un puñado de causas en cuyo apoyo valiera la pena pronunciarse, una de ellas bien podría ser esta: colaborar en la difusión de la obra del brasileño Rubem Fonseca. Total, con tanto  nórdico sobrevalorado, ¿por qué no intentar un tiro para el lado de la justicia?

No estoy en condiciones de decir si es o no Fonseca el más grande escritor brasileño contemporáneo ni nada por el estilo. Sencillamente considero que la obra de Fonseca no goza ni de una difusión ni de un reconocimiento acorde a su estatura, al menos en nuestro idioma. Tan simple como eso. De modo que, dada “la causa”, y dado que siempre que puedo trato de disfrutar de un buen escritor, me conseguí un ejemplar de la reciente edición de RBA de El cobrador.

Aunque no estoy seguro de que la palabra disfrutar sea la más adecuada para hablar de las historias de Fonseca, pues son historias siempre duras, cortantes. Ahí va: cortantes sí que me gusta. Porque, si el mundo trabaja tapando la desgracia y la miseria, vendiéndonos lo que sea necesario vendernos para que nos creamos felices, limpios y buenos, ahí viene la literatura de Fonseca como un cuchillo ardiente a pelar todo lo que sobra, todo lo que oculta: a mostrarnos el hueso blanco y ensangrentado de la existencia humana.

Que quede claro: quien espere encontrar en los relatos de Fonseca sólo historias policiales se va a llevar una decepción. En cambio, quien busque historias negras —criminales, de amor, de sexo, de locura— saldrá temblando, tal vez falto de aire y buscando banquito y segundos como un boxeador al borde del knock out.

Los cuentos de este libro son una buena muestra de las zonas de interés del autor. Desde la ficción histórica, con la que Fonseca explora el origen violento de su sociedad, parida de esclavitud y guerras (“H.M.S Cormorant en Paranaguá” y “Camino de Asunción”) hasta las viñetas sórdidas de “Crónica de sucesos”. El amor desesperado y la tensión social aparecen en “Comida en la sierra el domingo de Carnaval”; el abandono y la locura, en el asilo de “Once de mayo”. Aunque “El juego del muerto” es una historia cruda y testimonial —es decir, negra—sobre los escuadrones de la muerte, la historia detectivesca que más se acerca a lo clásico, y en la que asoma apenas el humor, es “Mandrake”, protagonizada por el abogado-detective homónimo que aparece en otras historias del autor.

Pero hay tres relatos que son demoledores y que me dejaron grogui. El primero es el brutal “Pierrot de la caverna”, en el que un pedófilo narra su vínculo con una vecina de 12 años. “Encuentro en el Amazonas” es la persecusión implacable y a la vez indolente de un asesino que navega a través de medio Brasil, con una recreación de climas y paisajes que deslumbra. Y en “El cobrador” hay un loco que va por la vida reventando gente porque sí. O mejor dicho, porque todos “le deben mucho”: se ha hartado de pagar, y ahora se cobra sus deudas quedándose con las vidas de sus deudores. Violento al extremo.

Por su rabioso universo, por la contundencia de su prosa árida y porque escribe desde las entrañas de ese gigante próximo y desconocido que es Brasil, Fonseca es un autor para quien un comentario como este es necesariamente insuficiente: a Fonseca hay que leerlo. Sobre todo si sos latinoamericano.

Rubem Fonseca tiene una extensa obra. Conozco poco editado en castellano: algo en Ediciones de la Flor y en Norma (por allá por los noventas). Por eso es para celebrar este rescate de cuatro títulos en RBA. De todas formas pienso que, si el mundo funciona como yo imagino que funciona, RBA no va a vender muchos ejemplares de Fonseca. Algo que lamento, pero que habla bien de dicha colección: ganar plata con los superventas Cornwell, Connelly y la oleada vikinga, a cambio de rescatar excelente literatura como la de Fonseca.

Traducción: Basilio Losada
8/12


sábado, 1 de septiembre de 2012

Musgo y lagartija


…, ¿qué preguntas se habría hecho mi padre? ¿Habría tenido las pelotas de ir un poco más allá de los signos de interrogación? ¿Dónde se halla el valor en el corazón de un hombre derrotado? El mejor ejemplo que tengo de él son sus últimos veinte años de vida. Los músculos se le relajaron, se acható, se buscó una cueva y la encontró en sí mismo, en su piso de la calle Anboto y en la ciudad por la que navegó a través de rumbos sólo por él conocidos. Su sueño era un gran huerto y un caserón, rodeados ambos por un muro viejo, de los de musgos en invierno y lagartijas en verano. Pero de tal modo actuaban los musgos y las lagatijas sobre las piedras, que el muro al final cedía y las brechas se iban abriendo en él. No era otra la idea que manejaban los musgos y las lagartijas, hasta que el muro se convertía en un montón de piedras y la casa pasaba a ser el siguiente objetivo. Es lo bueno de las metáforas.
Ofrecen la posibilidad de resumir, de aprender una lección aunque sea vulgar, y de paso creerte un superhéroe; yo era el musgo que en verano se disfrazaba de lagartija y que no se detendría hasta destrozar el muro y la casa.

(Willy Uribe, Sé que mi padre decía, Barcelona, Los libros del lince, 2012, pg 170)