lunes, 8 de agosto de 2011

Un poco de justicia

Inocente, Scott Turow

Ya comentada en este blog Se presume inocente, es ahora el turno de la secuela que salió este año. Inocente no es exactamente una “segunda parte”, sino más bien una nueva historia en la que se ven envueltos casi los mismos personajes.

Una mujer amanece muerta en su cama matrimonial. Su esposo la encuentra y, en lugar de llamar a la ambulancia o a la policía, la arropa, se sienta en un sillón, reflexiona sobre la vida que pasaron juntos. En fin, hace su propio velorio durante casi 24 horas. Resulta un poco sospechoso, ¿verdad? Más aún si ese esposo es alguien que, hace una veintena de años, fue juzgado por asesinato. Es cierto que fue absuelto en aquella ocasión, pero no todo el mundo estuvo igual de convencido de su inocencia.

A esta altura, todos parecen saber que Rusty es cualquier cosa menos un hombre “simple”. Todo puede esperarse de él. Pero aún así, sus seres cercanos, en especial su hijo Nat y su novia, la joven Anna, quien trabajó como pasante del mismo Sabich, se hacen la misma pregunta: ¿qué es lo que lleva a Rusty a actuar de esa manera frente a la muerte de Bárbara? ¿24 horas sentado al lado de un cadáver? Preguntas que también comienza a hacerse su eterno adversario, Tommy Molto, hoy fiscal y en otro tiempo ayudante de Nico Della Guardia. Tommy no quedó muy bien parado luego de aquel primer juicio, y desde entonces lo unió a Rusty un vínculo más de odio que de amor. Así las cosas, cuando Tommy, acicateado por su ayudante, encuentra que Rusty tuvo una aventura amorosa en los meses previos a la muerte de su esposa, y que planeaba divorciarse; y se entera de que Rusty ha trasgredido alguna norma como Juez de Apelaciones, y que anduvo averiguado sobre ciertos métodos criminales.… En fin, suman dos más dos y arman un caso. Es entonces cuando Rusty debe recurrir nuevamente al abogado argentino Alejandro “Sandy” Stern, ya en el ocaso de su carrera, para que lo defienda.

Otra vez, lejos de entregarnos un simple thriller legal, Turow nos trae con Inocente una novela de suspenso fenomenal, que reflexiona sobre la Justicia y la forma de administrarla (“Hacemos un poco de justicia, en lugar de no hacer ninguna” es lo que, sabiamente, dice Tommy Molto por ahí). Pero que también es un drama con todas las letras. Un drama que deja muy claro que el verdadero Juicio, aquel del que todos queremos salir absueltos, no ocurre afuera sino adentro, allí donde jurado y juez se funden en eso que llamamos conciencia. Y allí donde, ¡ay!, casi nunca existe apelación posible…

La novela está estructurada de manera muy inteligente. Las voces de Rusty, Nat y Anna (en primera persona) y la de Tommy (en tercera) se van alternando a lo largo de las dos partes que tiene el libro. La primera, que narra una línea temporal compleja —graficada al comienzo de cada capítulo, para gratitud del lector—incluye los sucesos que van desde el cumpleaños de Rusty hasta las elecciones para las que éste se postula, incluyendo en el medio la muerte de Bárbara. La segunda, de desarrollo temporal lineal, narra desde el comienzo del juicio a Rusty hasta el desenlace de la historia.

Dos aspectos desmienten cualquier prejuicio acerca de Turow como un escritor serial de best sellers industriales. Por un lado, lejos del estilo seco y despojado clásico de la novela negra, Turow expone una prosa que es tan elegante como contundente. En una historia que seguimos en gran parte a través de las reflexiones de sus personajes, uno jamás siente que el interés decaiga o la acción baje de intensidad, lo que habla a las claras de la gran pericia del autor. Y por otro, están esos magníficos personajes: el atormentado Nat, la vehemente Anna, el inolvidable Juez Yi (un juez que es una eminencia como jurista sin siquiera hablar bien el idioma local … si Turow nos hace creer esto —y lo hace— es capaz de casi todo), un Sandy Stern enfermo pero aún brillante.

Y claro, ese Ying y Yang que forman Rusty Sabich y Tommy Molto, las dos caras de la misma Bestia Jurídica.

Traducción: Monserrat Gurguí y Hernán Sabaté

7/11

sábado, 6 de agosto de 2011

Conforme pasan los años

Regresé a mi casa y estuve dándole vueltas a la situación. La actitud de Eddie se estaba volviendo muy desconcertante. Era un hombre mayor y, sin embargo, mostraba la temeridad de un joven. Era ridículo. Y aun así se me ocurrió que quizá su comportamiento estuviera en sintonía con su edad. ¿Por qué no nos volvemos más desesperados conforme pasan los años? ¿Por qué cuando menos tenemos que perder más nos aferramos a lo que queda de una mísera existencia? También reflexioné que era propio de Eddie Doyle correr riesgos, invertir toda su energía en una gran jugada. En el fondo, todavía era un reincidente. Parecía que solo se iba a rehabilitar en la tumba.

(Jake Arnott, Crímenes de película, Buenos Aires, Mondadori, 2011, pág. 190)

viernes, 5 de agosto de 2011

Protocolo

… mi historia era distinta. Mi padre estaba muerto. Joe se acercó y me presentó a algunos personajes del hampa. Ellos sabían quién era yo, conocían la verdad sobre mi vida. Ese era el mundo del que había intentado escapar. Se mostraron educados y respetuosos. Jamás he visto mayor sentido del protocolo que entre las personas de ese mundo. Pero también se mostraron recelosos. Yo era la hija de McCluskey, Big Jock, que había muerto en circunstancias sospechosas. Los pecados del padre. Recordaba la voz que había oído de niña por teléfono: “Tu papá era un soplón”. Pero, por encima de todo, creo que era la superstición la que contribuía un poco al distanciamiento en su actitud. Yo traía mala suerte.

(Jake Arnott, Crímenes de película, Buenos Aires, Mondadori, 2011, pág. 240)

jueves, 4 de agosto de 2011

De manzanas y tiempos felices

—La pastilla se compró en un club de Basildon. Hay quien dice que estaba contaminada.

Beardsley niega con la cabeza.

—No. No era una pastilla adulterada. Lo sé con seguridad. Era una manzana. Sabes lo que eso significa, ¿verdad?

Las manzanas eran una nueva remesa de éxtasis procedente de Amsterdam. Extrafuertes. Beardsley había introducido un cargamento de contrabando hacía tan solo un par de semanas.

—Significa que pueden seguir el rastro hasta nosotros.

—Sí, hasta nosotros o hasta la gente de Tony Tucker. Ellos también están traficando con ellas. La poli de Essex querrá culpar a alguien de esto y no nos dará respiro hasta que encuentre a un culpable.

—¿Y…?

—Y vamos a tratar de pasar desapercibidos hasta que todo esto pase. Sí, y a lo mejor alguien debería darles un soplo. Que la gente de Tucker cargue con el muerto.

—¿Estás diciendo que debemos delatar a alguien?

—Bueno, no tiene por qué ser así, ¿no? Se puede hacer, digamos, indirectamente.

—¿Cómo?

—No lo sé. Ya se nos ocurrirá algo, ¿eh?

—Sí.

—Una cosa está clara: los tiempos felices han acabado.

—Beardsley —digo—, los tiempos felices acabaron hace mucho tiempo.

(Jake Arnott, Crímenes de película, Buenos Aires, Mondadori, 2011, pág. 87)

lunes, 1 de agosto de 2011

Aquellos maravillosos 90

Crímenes de película, Jake Arnott

Tercera entrega de la trilogía iniciada con Delitos a largo plazo y seguida por Canciones de sangre, llega la esperada (al menos por mí, sí, y mucho) Crímenes de película. Y una vez más, Arnott mantiene alta la vara con una novela de las más entretenidas que he leído en los últimos tiempos.

Tenemos nuevamente tres relatos en primera persona, ambientados en los años 90.

Primera historia: la de Tony Meehan. Tony fue el periodista de tabloides que cubrió el caso principal de Canciones de sangre, y que escribió un libro-fracaso sobre aquello. Y también fue un asesino que mató para robar unos diarios íntimos comprometedores. Actualmente Tony es el “negro” literario que escribe las memorias del ladrón Eddie Doyle. Condenado por el robo de unos lingotes de oro y recién salido de la cárcel, Eddie nunca vio un mango de aquel golpe. Pero ahora quiere ir por lo suyo, y arrastrará a Tony en el intento…

Segunda historia: la de Julie McCluskey, actriz de segunda línea, con una profunda insatisfacción con su vida, marcada por la pérdida de su padre cuando era una niña. Claro, las circunstancias de aquella muerte también importan: una mansión en Marbella, un cadáver flotando en la pileta, una madre que recibe la visita de unos hombres muy serios. Julie está de novia con un aspirante a director de cine, Jez, un niño bien fascinado con la low life de los barrios bajos de Londres. Juntos van a ver Pulp fiction y en la cabeza a Julie se escucha un click: decide averiguar lo que pasó con su padre. No con ánimo de reconciliarse con su pasado, sino más bien porque la consume el deseo de venganza.

Tercera historia: Gerry “Gaz” Kelly. El Tronco Gaz es un verdadero desastre que camina. A lo largo de los años entra a la cárcel varias veces, y siempre lo descoloca la moda que encuentra al salir. Ofrece servicios de seguridad en discos y bares, pero en realidad vive de la venta de drogas. Bah, de toda aquella que no se mete dentro. En los 90 las drogas de diseño y las raves clandestinas están que arden. Hasta que a esa chica se le ocurre morirse y salir en los diarios…

Toda esta gente tiene un nexo, alguien que a su vez es el eje de esta trilogía que recorre su vida a lo largo de tres décadas de historia del crimen londinense. Sí, claro: es Harry Starks, el gran personaje de la saga.

Las tres historias son tan atrapantes que me costaba esperar hasta el próximo momento de lectura. Arnott logra voces bien distintas, y retrata con eficacia una época, especialmente en las historias de Gaz y Julie. En la primera, por todo el asunto de la evolución del consumo de drogas hasta la llegada del éxtasis. Y en la segunda, por el auge de una cinematografía concebida bajo la enorme influencia de Tarantino (que alguien me discuta que Jez y su ópera prima Bulldog de desguace no son Guy Ritchie con su Juegos, trampas y dos armas humeantes).

Entretenimiento asegurado y de alta calidad. ¿Qué más se puede pedir?

Traducción: Ignacio Gómez Calvo

7/11

jueves, 28 de julio de 2011

En el camino del infortunio

Quien haya viajado alguna vez desde Puerto Barranqueras hasta Noguera pasó por Estero del Muerto, una zona solitaria de calurosas llanuras algodoneras. Bordada de árboles de ramas dramáticas, palmeras cobrizas y arbustos, Estero del Muerto, desde la ruta de macadam, muestra una extraña belleza quieta. Tiene una atmósfera simple y su aire apenas es cruzado por hombres y mujeres perseguidos por sombras nítidas y duras. La vista se extiende hasta muy lejos y crea una sensación de irreparable infinito. Todo parece dormir bajo el sol: el caserío, los campos, los animales, el rictus reseco de los arbustos y el aire que flota aletargado. En época de cosecha, los campos blancos se ven asaltados por esporádicas espaldas que avanzan curvadas entre el lento oleaje del algodón, como si fueran los caparazones de enormes insectos, una plaga incansable que lo devora. Ya en marzo, cuando la tierra y los tallos fueron removidos hasta parecer viejas heridas de carne oscura y mortificada, los cielos cambian, se tensan y reciben las primeras nubes coléricas del otoño. Los soles se debilitan y la luz cae como chorros de acero derretido. Así es el principio de la primera helada del año. La mayoría de los habitantes son gringos, europeos que llegaron a Estero del Muerto para hacer más fácil el camino del infortunio. Altaneros, secos y con las bocas infectadas de silencio, crearon el pueblo y las chacras.

(Miguel Ángel Molfino, Monstruos perfectos, Córdoba, Recovecos-Cuna, 2010, pág. 11)

lunes, 25 de julio de 2011

La educación criminal

Monstruos perfectos, Miguel Ángel Molfino

Supe de esta novela y de este autor por una auspiciosa crítica de Guillermo Saccomano publicada en Página/12. No abundan en nuestra (por argentina) literatura contemporánea los buenos autores de este género, de modo que me aboqué a la búsqueda de Monstruos perfectos. Descubrí que no se la podía encontrar en las grandes cadenas de librerías de Buenos Aires. Finalmente —ventajas de tener un blog—, me dejaron la dirección de la Librería de la Paz, en pleno San Telmo. Allí la encontré, ansioso, una fría mañana de sábado.

La historia de Monstruos perfectos es la historia de Miroslavo Hordt, y de cómo pasa de ser el adolescente algo retrasado y tímido que contempla atardeceres desde el techo de un galpón, al proyecto de delincuente que se ve envuelto en operaciones ilegales y tiroteos. La asombrosa transformación comienza cuando dos hombres —que me recordaron a los asesinos del famoso cuento de Hemingway— llegan a la casa de Karel y Marcelina, padres de Miro. La visita termina con unos disparos. Miroslavo los escucha desde cierta distancia, antes de caer desmayado de terror, escondido en el galpón.

Al día siguiente, con la ayuda del fiel indio Veinte Pesos, Miroslavo entierra los cadáveres y huye. Sabe que tarde o temprano van a buscarlo como sospechoso de los asesinatos. Comienza así un periplo en el que, con el despiadado comisario Velarde y sus agentes pisándole los talones, Miro no tardará en cruzarse con Hansen, un violento traficante de armas que lo iniciará en la vida delictiva. Mientras tanto y cerca de allí, el corrupto abogado Maciel organiza un golpe a un camión de caudales. El azar hará que las historias de todos ellos se crucen en una cruenta noche a orillas del Paraná…

Monstruos perfectos es una novela que me produjo sensaciones encontradas. Es una novela que no me ha gustado del todo, pero que aún así debe ser celebrada. Empiezo por enumerar los puntos altos que le encuentro a esta obra. Primero, el escenario: la poética descarnada de Molfino logra retratar la brutalidad de esa naturaleza hostil del Chaco, la marginalidad y la miseria de los que sobreviven a la vera de un río sucio de barro y de sangre. El primer capítulo instala al lector en medio de ese paisaje perturbador con una eficacia muy meritoria. Por otra parte, la trama tiene todos los elementos que hacen a una buena historia del género: el joven Miro fugitivo —iniciado en las armas por el peligroso traficante Hansen, y en el sexo por la voluptuosa Lucrecia—; los policías que, sabiéndose impunes en una tierra sin ley, arrancan confesiones y vidas a fuerza de golpes de picana; el Dr. Maciel y su banda de delincuentes cuasi aficionados; los mafiosos paraguayos, chinos y ¿¡mexicanos?! Molfino logra, además, una muy correcta reproducción de época. Por un lado, se apoya en los elementos más “fáciles”, casi costumbristas: marcas de cigarrillos, de ropa, de autos, Lucrecia como un homenaje a la Coca Sarli. Pero por otro —y acá está el verdadero mérito— reproduce un clima de época a través del lenguaje de algunos personajes, a través de la presencia ominosa y opresiva del poder militar, a través de la mención de las armas en juego: todos elementos que transportan al lector a una época de la Argentina en la que se estaba gestando el período más negro de nuestra historia reciente.

Sin embargo, hay algunos aspectos que deslucen estos puntos buenos. Por empezar, hay demasiados pasajes de la novela que parecen “descuidados” por el autor —¿o debería decir por el editor?—, en cuestiones bien técnicas del proceso de escritura. Me refiero a problemas de punto de vista, o a espacios activos ausentes o mal utilizados, o el uso algo caótico de las bastardillas reemplazando a los que son lisa y llanamente líneas de diálogo. Todos “detalles” —lamentablemente, cada vez más se los considera meros “detalles”— que incomodan la lectura, y que podrían perdonarse en una edición de autor, o en un primera publicación, pero que desmerecen a una novela con las aspiraciones que tiene Monstruos perfectos. Le cuestiono también algunos lugares comunes —el malo Uría, un millonario más propio de Bel Air que de Estero del Muerto; los contactos políticos de Maciel— y un coqueteo con el humor que desentona, que resta en vez de sumar, y del que Molfino no sale indemne.

Sin embargo, reafirmo lo dicho más arriba. Monstruos perfectos es una novela que, aún con sus defectos, debe ser celebrada porque no abundan novelas así: de color bien negro y de identidad bien argentina.

7/11